
Carta de Eva
Querida Flor,
No tengo ganas de bajar a casa de Teté. Ella ya no está y he pasado de cogerme sus pañuelos para seguir teniendo al menos su olor, a entrar y salir de la casa, sin querer tocar nada de nada, como si ella fuera a volver de la tumba a hacerse unas berzas. Y lo malo, es que en vida no quiso legar y lo que sí hizo fue confiárnoslo todo y dejarse cuidar por nosotras. Lo hizo como pudo: con sus despistes, sus concentraciones. Me sale nombrar nos dejó cuidarla «de esas maneras». Lo de las «maneras», «esas maneras», me trae una expresión de nuestra otra tía Esme. La decía con rentintín y reproche, y ahora mismo me hace gracia, me resuena precioso y realista, cuando de joven me molestaba esa forma de criticar. Se me pasó eso de juzgar a los demás cómo te enseña a hacerlo el estado, la televisión, el colegio… considerando a cualquiera un plausible dirigente de la ONU, con la potestad de actuar en general con equidad y justicia. Ahora más crecidita ya sé que más de la mitad de nuestras vidas, en verdad, adolecemos de estados de conciencia alteradísimos por emociones que apenas podemos procesar y más bien somos monos con pistolas bastante patéticos.
A mí me gustó cuidar de Teté en su vejez, me gustó retornarle lo que hizo por Carmina, nuestra abuelitina. Aunque en su momento su cuidado lo sentí como un robo y un secuestro. Carmina pasaba seis meses con nosotras en Valencia. Al empezar el año descendía de ese ALSA maravilloso y comenzaba nuestra buena vida de comer como ángeles y diablas y aprender de la elegancia y la agilidad de las mujeres de campo. Fue una vieja sexi, la mujer a la que he tardado en reconocer, imito cuando quiero estar guapa. Me erotizan las ancianas, con su gris perla y sus chaquetas de angorina, flexibles y seductoras, duras e infinitamente tiernas. A Carmina la tengo grabada en un casette, con esa voz de niña, porque la entrevisté a mis 17 años, en una declaración de nieta enamorada que no me atreví a escuchar hasta la muerte de nuestro primo Manuel. Esa fascinación luego la tuve con Teté, que en resumen era como su madre en casi todo. Las dos y papá aprendieron a seducir para conjurar los fallos alcohólicos de su padre Urbano, el capataz del Fierro, Don Federico, el malvado dueño de todo en San Esteban cuando llegó el carbón.
Ahora nos toca gestionar el legado de Teté, nos corresponde porque su hijo murió demasiado pronto y demasiado traumáticamente. Y al morir él, desapareció la conciencia de su padre y al poco toda su existencia. Tete les sobrevivió impensablemente una década bien abundante. Hasta ahora que nos ha dejado solas para decidir que es a lo que menos nos enseñan. Luego nos pasan las cosas y parece que es otro el culpable de nuestras vidas. Todo mal porque la culpa sirve de nada si no crees en un poder superior y yo no creo. Yo creo en la vida, asumo no dominarla y procuro amarla para poder hacerme cargo de lo vivido con más potencia. La vida si amas, te da más. Eso es lo único que sé.
A Teté le devolví que cuidara a Carmina cuando en verdad de adolescente yo odié que la quitara cuando enfermó. Luego lo entendí, como ahora comprendo que Teté nos dejara con ese legado sin cerrar hacia su nieta nacida tras la muerte de su hijo. Vamos lo que viene siendo un marrón de libro, ¡otro más que asumimos en un más difícil todavía que en fin…! Y para peor papá está malito, muy malito. Ahora entiendo cómo se me ocurrió decirte eso de ¡Flor vamos a hacernos un Telma y Louise de viejitos este verano… y nos los traemos a Asturias en coche! 950 kilómetros con un enfermo terminal y una nonagenaria, prometen. En fin que mis maneras están también para echarles una miradita… Y al escribir esto me doy cuenta que es una ida de olla. Me va bien; más que escandalizarme de lo de los demás, prefiero revisar mi patio trasero. Cuando lo hago, flipo del absoluto desafío que es amarnos y respetarnos. Lo bueno es que lo logramos, la mayor parte del tiempo, porque sino no nos jodería la muerte de nuestros vaqueros con pistolas. De todas y cada uno. Y joden. Joden todas las muertes, pero un montón.
Yo creo en la vida, asumo no dominarla y procuro amarla para poder hacerme cargo de lo vivido con más potencia de vida. La vida si amas, te da más.EVA
Carta de Flor
Querida Eva:
Me escribiste esas letras hace unos días cuando te marchabas en tren hacia Asturias tras sentirnos atravesadas por una foto de nuestro primo Manuel vestido de vaquero, con unas cartucheras a la cintura y pistolas en las manos, mientras una sonrisa angelical le ilumina el rostro. Lleva unos pantalones a cuadros que seguro que cortó, embastó y cosió Teté y con un jersey que también debió tricotar ella. En esa foto él tenía cinco años y Teté nos la envíó a Arévalo, donde vivíamos nosotras entonces. Por el texto que nos escribió Teté junto a la foto, Carmina y Urbano (sus padres) estaban con nosotros e imagino que fue cuando el güelo Urbano estaba en tratamiento de su cáncer y Carmina iba en tren a Madrid diariamente desde Arévalo para acompañarle en el hospital.
A raiz de tu carta y de tener a Manuel vestido de vaquero frente a mi he pensado en cómo hubiera sido la muerte de Manolo y Teté si su único hijo les hubiera sobrevivido. ¿Cuánto nos tendríamos que haber hecho cargo de ellos? ¿Cómo lo habríamos vivido? ¿Te habrías mudado a vivir cerca de ella dejando atrás Madrid? La verdad es que no tengo respuestas claras y algunas son tan duras que me da miedo escribirlas. Le dimos tantas vueltas a su muerte repentina, al colapso vital que fue para nosotras aquel 22 de diciembre y aquella navidad… la más triste y oscura de nuestras vidas.
Hoy por teléfono me decías que escribiera sobre esa caligrafía de Teté, estable, sólida y acogedora como ella. Y mientras miro esas letras pienso en si vamos a ser capaces de subir a los papás este verano a Asturias, con toda la fragilidad que les acompaña, a habitar esa casa sin que ella esté allí. Me imagino en un coche de alquiler cargado con ellos y sus sillas de ruedas. Nos veo tratando de conseguir otra gesta épica que podría suponer para ellos una inyección de vida y para nosotras volver a estar los cuatro juntos, vivos, en Asturias cuando el año pasado fue imposible porque papá no se sujetaba de pie. Llevo un tiempo bloqueada, escribiendo poco y ocultándome la vida con libros, reels y noticias porque cuando pienso en los papás o Teté, lloro y se me cierra la garganta. Siento tristeza no sólo por la muerte de Teté, sino también por las pequeñas pérdidas que cada día percibo en papá, sus despistes que se acercan peligrosamente a los de mamá, su delgadez, sus pocas ganas de hablar. Aparece a ratos la rabia por la desaparición del padre idealizado que tuve. Aún así agradezco esa ternura que me despierta su fragilidad y que me ha ayudado a perdonarle sus miserias y su chulería machista. Ese enternecimiento que me empuja a seguir cuidándole de la mejor manera que sé.
Siento tristeza no sólo por la muerte de Teté, sino también por las pequeñas pérdidas que cada día percibo en papá, sus despistes que se acercan peligrosamente a los de mamá, su delgadez, sus pocas ganas de hablar. Aparece a ratos la rabia por haber perdido ya al padre idealizado que tuve.FLOR
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