
Carta de Flor
Querida Eva,
Mamá toma un gran tazón de leche para desayunar. Lo hace de forma lenta, mojando cada mañana tostadas con aceite y mermelada mientras intenta atinar con la cuchara para recoger los restos de pan flotante y llevárselos a la boca. Todo eso lo hace después de ser levantada, duchada y aseada. Tras ese desayuno traga pastillas para controlar su corazón, su coagulación, su tensión, su colesterol, sus tiroides y su avanzado deterioro cognitivo. Hay que vigilar ese momento porque muchos días alguna de esas cápsulas acaba en el suelo, en el delantal o olvidada en el cacito donde se las ponemos.
Mamá ya tiene noventa años y un mes. Hoy, día de la madre, en este blog dedicado a ella que iniciamos hace más de tres años me pregunto cuántas madres he tenido a lo largo de mi vida y a cuántas celebro hoy. Reviso como ha ido variando mi relación con ella a lo largo de estos 58 años. No sabría muy bien fijar mis primeros recuerdos de ella y por eso quiero dejarlos aquí. Quizá uno de los más tempranos está en aquella habitación doble que compartimos tú y yo hasta que tuvimos cuarto propio y que es la misma estancia en la que ahora ellos duermen cada noche. Ella solía ponernos el uniforme para ir al colegio pero aquel día una chinche apestosa se había metido dentro del jersey de cuello de cisne completamente pegado al cuerpo que yo acababa de enfundarme. Empecé a gritar muerta del asco sin saber qué hacer mientras ella mantuvo la calma y consiguió quitármelo. Con mucha tranquilidad me explicó que seguramente el bicho había volado hasta el tendal y ella al recoger y doblar el jersey no lo vio y allí quedó pegado hasta que yo lo aplasté contra mi cuerpo. Todo lo hizo con calma. No recuerdo que a lo largo de aquellos años perdiera los nervios o la invadieran nunca la depresión ni la tristeza. Nos ofreció una solidez y una estabilidad que cuando observé otras familias vi que no era tan habitual. Nos contagió su independencia pese a las dificultades que tuvieron las mujeres de aquel tiempo. Siempre la han acompañado sus ganas de vivir que todavía mantiene cuando apura hasta el final todas las comidas que le ponen por delante. Nos demostró el amor a un oficio que treinta años después de dejar de ejercerlo no ha olvidado. Y, sobre todo, nos legó una sororidad que mantiene viva cuando a diario busca por casa a su hermana catorce años después de muerta.
Ella también ha sido correa de transmisión del silencio hasta que, poco a poco, fuimos abriendo cajones y venerando libretas que pusieron palabras a nuestra historia familiar. Un proceso largo que nos ha ayudado a entendernos y abrazarnos después de transitar miles de inseguridades escondidas bajo un manto de mudez tejido por ella y quienes la precedieron. Silencios que les permitieron seguir vivos pero que llegaron hasta nosotras. Ella fue una superviviente más de la guerra, del hambre, del miedo, de la pobreza, del señalamiento. Pese a todo consiguió ser nuestro norte magnético con esa seguridad infalible de que el amor por su familia era lo que guiaba su vida.
Hoy celebro a esa madre callada, a esa madre sólida, a esa madre que perdió su discreción cuando el alzheimer empezó a devorar neuronas y sacó a la niña preguntona que llevaba dentro y a la besucona que le atiza un beso a cualquiera que se le ponga por delante. También festejo a la incontinente verbal que es capaz de decir lo que se le pasa por la cabeza o meterse en cualquier conversación ajena cuando la llevas en la silla de ruedas por la calle. Pues sí, a todas esas madres celebro hoy.
Hoy, día de la madre, en este blog dedicado a ella que iniciamos hace más de tres años me pregunto cuántas madres he tenido a lo largo de mi vida y a cuántas celebro hoy.FLOR
Carta de Eva
Querida Flor,
¡Cómo amo leerte! Cada día más. Es raro, nos escribimos para querernos y lo hacemos público. Sé que hay amigas a las que incomoda nuestro blog. A mí también, a veces, pero crecer es ampliar el terreno de lo amable. Por otro lado, los me gustas de las redes son feos. El inmediato más sencillo no lo detona la erótica de la vida cotidiana no por más peleada y constante menos inaprensible y delicada. La complacencia rápida, el me gusta de scroll lo asegura la rabia, la queja o la venganza. No la sanación cotidiana de dos hermanas que escriben juntas para soportar sin miserabilizarse el envejecimiento, el deterioro, el fallo de esas personas a quienes deben su existencia. Menos mal que mami nos enseñó cada día a amar ensanchada, cotidiana, insistentemente la vida.
Yo recuerdo su celebrarlo todo constante. Cada rayo de sol por más asegurado que estuviera. Ese empeño suyo por ayudar a las demás personas, por celebrar el reparto equitativo y, sin duda, generador de riqueza que ella veía en todo gasto que hacía. Mamá sobre todo fue una dadora de todo. Una mujer muy poco propietaria. Incluso su marido era el amigo de todas las mujeres de la oficina y ella tan pancha con sus otras mujeres amigas propias, más como ella, más valencianas, algo más mayores, cuatro, cinco, siete años más, porque ella era más mayor y más gorda que papá, también algo más reprimida. En ese tiempo llevarse casi cinco años suponía haber vivido otro franquismo, otra represión y a ella y a su hermana hubo que reprimirlas a lo bestia para que no anduvieran encasquetando un besín a quien pasara cerca.
Sí mamá era, es y sigue siendo un portal a las ganas de vivir. La energía de sus padres, su impresionante apuesta por el hacer comunitario no se lo quitó nunca nadie, ni nada. Y es que el poder puede lo que puede y es menos de lo que nos hace creer. Son cada día nuestros comportamientos lo que nos produce orgánicamente. Por eso tú y yo nos escribimos y lo compartimos. Guste o no. Sabemos que lo importante no es la representación, sino el hecho. Sabemos que cada día el desafío se abre delante de nuestra cara cuando aún nos queda seguir sosteniendo su envejecimiento con el nuestro y las de quienes vendrán. Escribimos y compartimos como quien cultiva una huerta, procurando atinar con cómo cuidar mejor nuestras vidas. Se trata de discernir qué hacemos con lo que nos hizo y nos hace. Porque somos lo que hacemos cada momento.
Estos días he recordado cuando después del ictus comentamos con papá lo que no recuperaba. La rabia que me dio un día verla triste porque nos había escuchado sobre que ya no podía contar, ni medir, ni ordenar. Nos dijimos qué mierda estamos haciendo buscándole el fallo; está viva y quiere vivir y eso basta. Mamá me enseñó a no tenerle miedo a la enfermedad y sí tenerle un miedo inmenso a cualquier cosa que me impida celebrar la vida cada mañana en cada tazón del desayuno; en cada migaja de pan que atrapa con su destreza nonagenaria para tragársela aunque se atragante. Pues sí, el ictus le dejó el lado derecho más lento que el izquierdo y los dientes le bailan en la boca, pero una vez más mami ha tragado y lo agradece y la boca se le ha despejado lo suficiente para pronunciar mejor o peor ¿me das un besín? Claro mami, infinitos besines. Todos y siempre.
Escribimos y compartimos como quien cultiva una huerta, procurando atinar con cómo cuidar mejor nuestras vidas. Se trata de discernir qué hacemos con lo que nos hizo y nos hace. Porque somos lo que hacemos cada momento.EVA
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