Una lupa y un escritorio

Carta de Flor  

Querida Eva,

Llevamos más de un mes de bloqueo de escritura. Los cuidados de papá, el fin de curso y la graduación de Laia, la vuelta del Erasmus de Deva, las tareas domésticas, las gestiones para mi matrimonio civil, mi vida laboral, tu proyecto de los oficios del mar y la tierra, tus ferias de libros, la recuperación de tu intervención… En definitiva mil y un pretextos para parar estas cartas. Y es que a veces me resulta difícil encontrar ese momento de calma, esa mesa despejada que refleje también el necesario orden en mi cabeza para discernir qué es lo que quiero dejar aquí. 

Y hoy me he despertado pensando en la lupa que tiene papá en su escritorio que se ha convertido en mi territorio del desconsuelo. Cada vez que me acerco a esos estantes y al tablero que ya no se sujeta, se me viene papá sentado ordenando sus papeles allí. Hace tres semanas me armé de valor y rebusqué en esos estantes el libro de familia que le unía con Teté. Tardé varios días. El primer día que me enfrasqué duré dos minutos. Nada más hurgar tropecé con una caja en la que papá guardaba las cartas que les escribí desde Irlanda durante los tres meses que allí residí… Me asaltaron las lágrimas y me alejé. Me di cuenta de que ese escritorio contiene su vida, sus objetos, sus cosas y me volvió a la cabeza aquel libro precioso de Agamben, «Autoretrato en el estudio», que leí hace años por recomendación tuya.

Ese escritorio almacena sus colecciones de sellos, el reloj de su padre, su vida laboral recogida en decenas de documentos que datan sus cambios de puestos y de destinos dentro del cuerpo de telegrafistas, cartas y telegramas anunciando fallecimientos familiares, cornamusas que narran la evolución gráfica de Correos y Telégrafos en los últimos sesenta años… Enfrentarme a eso teniéndole postrado entre la cama y el sofá, cada día más débil, más delgado, con la mirada más fuera de este mundo me oprime la garganta y me vacía la vida. No quiero que con su muerte se me escape todo el amor que le tuve y quizá por eso trato de retenerlo. Tú llevas semanas diciéndome que le estoy aguantando con vida, no dejándole irse alentándole a comer y beber. Yo quiero pensar que mientras abra la boca y coma y beba, quiere seguir viviendo y me resisto a dejarle en la cama para quizá acelerarle la partida. Me agarro a lo que queda de lo que fue, cuando todavía nos hace algún comentario, bromea con Ivonne, o le dice a Deva que está guapa y nos guiña los ojos. Otros días, cuando en sus delirios me pide que le saque de la cárcel a la que se lo lleva la policía también interpreto que todavía no quiere marcharse. 

La verdad es que no sé cuando voy a estar preparada para aceptar su muerte. Me sobresalto pensando que tengo que tenerlo todo previsto. Hago una lista mental, busco el último recibo del seguro de decesos, su DNI, planeo qué hacer con mamá en el momento en que él se vaya. Pienso en que me encantaría decirle todo lo bueno que ha hecho en su vida y que se vaya tranquilo. Muchos días quiero contárselo pero me aterra que note que me estoy despidiendo de él. Así que ya sólo pido cogerle la mano y abrazarle cuando parta para que no sienta que se va solo.

Hoy pienso que nos lega esa lupa con la que miraba sus sellos para que amemos mejor el mundo y agrandemos esos detalles que lo mantendrán siempre vivo junto a nosotras. 


Y hoy me he despertado pensando en la lupa que tiene papá en su escritorio que se ha convertido en mi territorio del desconsuelo. Cada vez que me acerco a esos estantes y al tablero que ya no se sujeta, se me viene papá sentado ordenando sus papeles allí.

FLOR

Carta de Eva

Querida Flor,

Acabo de leerte tras días ronroneando entre libretas. Manuscribo para calmar un daño gordo. Me anulo y es la escritura la que me recuerda con palabras que sirve para procesar lo insoportable. Le llamo uso generativo, metabólico. Esta vez ha sido incluso regenerativo porque el dolor me inhabilita el cuerpo. Anteayer casi quemo una cazuela con leche, estando yo en la misma cocina donde sucedía. Con la espalda tan tiesa no me giré a ver el humo tras de mí. Lo olía y se lo achacaba al desayuno de los vecinos. Hay un daño que se me pone entre la nuca y el hombro izquierdo, como si me hubieran colgado de una cuerda con una pinza gigante por esa zona del cuerpo y no hay medicación que me suelte de ese dolor. Es como un pellizco ensañado que se detona de repente y cuando llega me toca pararlo todo y apenas tirar de letras, suspiros, de ronroneo. Aviso a los demás de que no sirvo para nada y entre cuadernos me intento dar lemas, ánimo, disculpas, claridad. Procuro explicarme para quererme aún en ese estado y no odiar todo y romperlo todo; que es lo que haría: puñetear almohadones o romper a patadas lo primero que se me caiga de las manos.

Me pregunto si fue la foto que nos mandó Ivonne por el chat en que nos mostraba a papá guapo. Tú te alegraste y a mí me puso tristísima. Me dije si con este aspecto, lo celebran, ¡cómo debe estar! En principio, si no pasa nada antes, en poco estaré yo sustituyéndote para que puedas irte a Pirineos como todos los años. Yo entre tanto, en la Asturias donde vivo, me hago a que no vayáis a venir nadie, ni Deva, ni tú, ni ellos. Tampoco queda ya Teté. Menos mal que vino Luisa, y vendrá Gerardo a la casa de Teté un poquito para ver a Laia que al fin está viviendo un verano feliz. Con todo hay penares con hondas de expansión muy grandotas y tenerlos a raya es casi imposible.

Contra las indicaciones de Simone Weil, me demoro con lo malo sin saberlo. De hecho hasta que no ha llegado tu texto no he reconocido que estaba disimulando cierta autocompasión. Quizá por ahí venía el pedazo de dolor de cabeza, nuca, hombro, brazo que me invadía. Leerte sin embargo ha destensado la pinza. He llorado rabiosa y se me está yendo el emponzoñe. Creo que ya puedo reconocer que odio lo que nos está pasando: no quiero ir a Valencia cuando os vais, tampoco quiero pasear por el muelle y que no estemos allí juntos. Te digo que le estiras la vida porque lo que están viviendo lo sostienes tú, así, como está sucediendo. Cuando te sustituyo, te imito, me hago pasar por ti. Sé que hiciste con su cuidado lo más parecido a respetar la que fue su voluntad, pero no tengo tu fuerza para hacerle querer seguir viviendo y eso me asusta.

Detesto lo naif, pero no soporto vivir sin amor por lo que tengo delante. Y ahora mismo, no sé cómo querer algo de lo que les pasa. Papá está fatal y me he de ir a llevar la compra y hacer como si no nada estuviera pasando. Estoy cansada de aprender a soportar otra casa más que vaciar, otra muerte más. Me desborda seguir cuidando vidas que concluyen y hacer altares con sus pertenencias. A llorar comencé nada más ver las fotos que proponías para lo que habías escrito sin haberlo siquiera leído. Has inmortalizado nuestros bodegones de papeluchos en estanterías que, me cago en la madre que me parió, ¡no quiero tocar! Tampoco quiero que los toque nadie que no sea papá. Y papá no va a ser. Esta es la única verdad de todo este texto.

La vida a veces es bien jodida de querer. Ir al centro de lo jodido, para mí, suele ser la forma de conseguir querer seguir viviendo. Al menos, lo estamos nombrando, consiguiendo mirar de frente. Cuando me mandaste las fotos que encabezan este texto, ya me di cuenta, que nos está doliendo lo mismo. Cada una hacemos lo que podemos, que es poco. Papá se nos está muriendo entre los dedos y no podemos evitarlo. Yo escribo, tú te empeñas en que él beba y coma y se levante. Él a ratos teme que se lo lleven unos bicho grandes. A ratos siente que está en una cárcel cuando duerme y quiere que lo saques de allí y a ratos no quiere que lo saques de la cama porque le duele el culo sentado y andar para él es ya un milagro que a veces aún sucede.

No tengo idea de cómo me irá esta vez. La última contra todo pronóstico me hizo muchísimo bien sustituirte. Ivonne me ayudó con su fe y su fortaleza de mujer dura. Gracias Flor por ayudarme a querernos entre tanto daño. Confío que nos merecemos un buen pasar. Fácil no es. Sirve escribir. Y hacer fotos como solo tú sabes.


Me anulo y es la escritura la que me recuerda con palabras que sirve para procesar lo insoportable. Le llamo uso generativo, metabólico. Esta vez ha sido incluso regenerativo porque el dolor me inhabilita el cuerpo.

EVA


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