
Carta de Flor
Querida Eva,
Papá sigue en todas partes: en lo que leo, en lo que veo, en las lágrimas que me arrasan cuando pienso en que no voy a volver a tener sus manos entre las mías, que no podré enseñarle mi cicatriz en la muñeca, ni hablarle de ese horrible hormigueo que recorre mi pulgar izquierdo. No podré contarle que romperse un brazo es una lesión que puede cambiar tu rumbo. Ni sabrá que su muerte ha venido acompañada de un nuevo dolor que nos ha detenido y que ahora acompañamos su llanto de un malestar físico que nos obliga a aceptar nuestra fragilidad y nuestros huesos rotos (mi radio con su placa atornillada y tu metatarso con su clavo).
Estos días me he dado cuenta de que nunca he comprado pañuelos de tela y ahora estoy usando los suyos para secar mis lágrimas. He recogido los que él siempre tenía a mano. Le gustaba que estuvieran bien doblados, con las esquinas planchadas y de un blanco impoluto. Nunca los olvidaba al salir de casa. Incluso cuando fue perdiendo autonomía los reclamaba siempre cerca. Compañeros inseparables de su vida que ahora son consuelo para la mía.
Además de con sus pañuelos, durante estas últimas semanas también he compartido mi orfandad con varios libros de duelo. Despret, Ngozi, McDonald, Inoue, Gospodinov, Toews y Vásquez han velado mi dolor y me han ayudado a recuperar conversaciones como una de las últimas que tuve con papá volviendo del hospital. El, con la voz ya bastante débil, rememoró nuestros enfados de cuando éramos pequeñas, los motivos de nuestras discusiones y como, muchas veces, su mediación conseguía disolverlos. Son libros que me están ayudando a procesar su ausencia y a responderme la pregunta de cómo cambia nuestra vida cuando quienes poseían nuestros recuerdos de infancia y adolescencia desaparecen…
Ahora las rosas secas de su corona fúnebre adornan el recibidor de mi hogar. Las saludo cuando entro y me despido de ellas al salir. Las siento como ese periscopio secreto de la muerte que me conectan con su primer día yaciendo fuera del reino de los vivos. Y como me ha dicho Vinciane Despret me impongo que nuestros muertos sigan gozando de buena salud y seamos capaces de mantenerlos entre nosotras por mucho tiempo para así calmar nuestra pena por su marcha. Estos días de tanto dolor tengo que obligarme a seguir celebrando su historia y prolongando su vida a través de este blog y de todos los relatos que atados a él puedan venir para seguir dándole vida allá donde esté. Y en eso sigo aunque sus pañuelos tengan que secar mis lágrimas…
Los muertos convierten a quienes quedan en fabricantes de relatos. Todo se pone en movimiento, signo de que algo, allí, insufla vida.
VINCIANE DESPRET «A la salud de los muertos»
Carta de Eva
Querida Flor,
Nos rompimos con tres días de diferencia. En un funcionamiento simbiótico, mi «niña” disfruta malamente de hacer las cosas contigo. Y aquí la prueba… Tú te rompiste la muñeca izquierda y yo el pie derecho. A la gente que me pregunta al verme ¿qué avería sufrí?, les respondo ¡y mi hermana también! No añado que acompañar la muerte de papá, me fulminó. Venía costándome más de lo que podía sostener, desde que al salir de la tumorectomía, se cayó por el implacable avance del Parkinson y hubo que ingresarlo en una residencia para rehabilitar sus vértebras. Todo aquello terminó y también su anterior trabajadora y también nuestro papá gordito, al tiempo que averiguamos de su tumor y de la imposibilidad de reparar su cáncer.
Así pues tras año y medio larguísimo encadenando sucesos truculentos, una vez me atreví a decirme esa frase de “hay que morirse”. Se nos ha olvidado que la muerte es una obligación no por ineludible menos apabullante. Yo procuro acostumbrarme a su presencia, haciéndola más chiquita y más constante. A pequeña escala es de hecho un suceso frecuente. Pero es verdad que cuando muere a quien amas, quedas desvalida e inútil para un mundo que nos programa para manejarnos con prepotencia entre lo que podemos dominar. Mayoritariamente ejercemos de idiotas presumidos de tres o cuatro victorias contables.
Con papá, igual que con Esme, saber que habían de morir por su propio bien, no facilitó significativamente nada; la muerte te deja completamente inválida, huérfana y jodida. Jamás pasa cómo, ni cuándo necesitas, ni nada de nada. Por más que lo prepares, como con papá o Teté, muriendo como más o menos habían creído querer; es insoportable. Pasamos días con su cuerpo en estertor sin comprender nada, ningún gesto, ni ninguna palabra… la cara de papá hacía muecas involuntarias, emitía sonidos indescifrables. He acompañado, sin prepararme para ello, dos muertes este año: una de media hora; otra de cuatro intensísimos días.
Cuando no me preocupé por pisar el escalón preciso, justo estaba pensando que no había pasado por el cementerio a mirar las flores. Mi atender a los vivos, incluida nuestra madre nonagenaria que ahora pende de mi organización, me impedía hacer un duelo que necesito. Porque hay que morirse y hay que hacer duelo: para celebrar lo vivo en mí de papá. Necesito celebrar sus manos, sus pies. También a su mujer, y a nosotras, sus hijas y a sus nietas. Quedarme sin pie derecho, sin muela derecha, con el dolor funcional de esta rotura, de la cicatriz que no va bien y hierve; el ir a saltitos o jodida pisando clavos, placas, todos los hematomas, y el pie a reventar que sufro hace más un mes me está sirviendo. Sé que soporto el dolor, el daño sirve, te deja dolerte y no festejar; el dolor acalla, aplaca, obliga a templar, a inutilizarte mirando una y otra vez su móvil, el mío, para ver videos de papá antes de que tema mirarlos o se me haga raro. Ahora dos por tres le doy besos a través de la pantalla de mi teléfono, roto como yo.
En cuanto pueda me voy a cambiar a su móvil, lo usaré como uso su coche, absurdo pero precioso. Quiero sobrevivirlo hasta que me muera yo: sentir su orgullo frente a mi existencia, y también todos sus reproches, advertencias, sus amenazas, sus desprecios. Quiero amarle con justicia y para eso lo voy a revivir, porque esa es otra cosa que sí que no admito de cómo nos relacionamos con los muertos. No admito lo rápido que les queremos matar, como si con el cuerpo de alguien se fueran sus obras, su herencia, su memoria en nosotros. Necesitamos reparar lo que nos queda de él. Aprovechemos todo, por roto que esté, para hacer exactamente ese ejercicio de bricolaje.
Hay que morirse y hay que hacer duelo: necesito celebrar lo vivo en mí de papá. Necesito celebrar sus manos, sus pies. También a su mujer, y a nosotras, sus hijas y a sus nietas.EVA
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