Encarnar el trauma de la despedida

Carta de Eva  

Querida Flor, te escribo dirigiéndome a papá, te he forzado a escribir porque mucha gente nos pregunta cosas y no estamos pudiendo coger el teléfono… y cuando murió papá, sentí que esta escritura nuestra, hace bien y cuida a más gente que a nosotras mismas. No quiero que enmudezcamos. La muerte también hay que honrarla. Y hay que averiguar su épica. La épica de la muerte.

Papá te escribo desde este blog en que hablamos de mamá. Muriéndote me enseñaste que mamá es a quien llamamos cuando morimos.

Ayer, papá, balbuceé ante unos vecinos sobre cuándo moriste. Dije recién, dije perdí la precisión, qué día es hoy. Comencé a estar contigo tras despedir a Flor el viernes 24 de julio y te moriste el 31, más o menos a la misma hora que llegué. Una semana después. Nos regalaste un fin de semana increíble: a mami, a Ivonne y a mí. Resucitaste, Flor me lo decía desde Pirineos, que era increíble: tú tomándote tragos de cerveza y rosquilleta, sentado y con tus propias manos, lo registré, menos mal.

Luego para respetar vuestro funcionamiento me tuve que ir cuando llegó tu otra trabajadora de entre semana que no me quería en casa. No tardó 24 horas en llamarme para decirme su padre está mal. Cuando llegué estabas con mucha fiebre. Alcancé a darte un aquarius con un paracetamol que te tomaste del tirón, luego me vine arriba procuré darte un yogur y ahí ya te atragantaste. Ella me dijo: su padre se está muriendo… y yo me dediqué a abrazarte. Ella no lo quería acompañar y me dijo hay que llamar a urgencias, le dije que avisara a los de hospitalización domiciliaria. Llamó, me dejó su teléfono y se fue. No te moriste aún… tardaste tres días más.

Esperaste que Flor pudiera llegar para velarte, tras una noche en que ya el de paliativos me dijo que acabaría en sedación y que tirara de la morfina y lo sustituí por contarte historias de cuando navegabas en el crucero Canarias, al día siguiente avisé a Flor para que viniera del Pirineo Francés. La de paliativos de la mañana ya te chutó morfina sin dejarme opinar, y fue bendición porque dormitaste hasta que llegó Flor a la que creo recordar que le llegaste a decir vente. Habías dejado de beber con el Aquarius el martes tarde y así seguiste tres días enteros. Aguantaste como un jabato, con la cara de joven picaron, tu cuerpito de escasos quilos y saturando al 90 casi hasta el final. Moriste guapo y te dimos mil besos.

No pusiste muchas palabras, solo entendí: mamá, y quizá ayuda y agua, pero no podría asegurarlo. De la sedación te fuiste al poco de oírnos hablar con Cristela, nuestra amiga médico que como solía en el último tiempo, te visitó. Diste el último suspiro y fue precioso. Con Flor, mientras yo en el baño le decía a Laia y Alfonso que no bajaran a Valencia, que arreglaran Asturias para llevarte a los eucaliptos. Y lo hemos hecho todo, nos trajimos a mami, Ivonne nos lo posibilitó, nos acompañó, nos cuidó, nos cuida. ¡Bendita sea! Tú la adorabas. Y mamá también le pide matrimonio. Yo no necesito, sé que nos quedaremos ahí Flor y yo, con ella, unidas a sus fotos de ti, y las nuestras y a lo que aprendemos juntas, unas de las otras.

A Ivonne y a mí nos dolió dejarnos sustituir ese lunes, pero no hay que hacerse las imprescindibles para sostener la vida de nadie. Con todo te hemos llorado e Ivonne nos ha acompañado a enterrarte y fue a tu segunda misa en San Esteban, tu pueblo asturiano, donde andaban todos de excursión y los que te quisieron, te celebraron mejor así. Al principio pensé que era mala suerte, luego no. En Valencia mucha gente vino a despedirte. Y te compraron una corona los compañeros de Correos con unas flores que no voy a olvidar: girasoles, y unas margaritas rosas… A Flor y a mí nos amó tantísima gente en el tanatorio que pensé que había que celebrarlos más y no connotarlos tan feamente.

Al final papá me quedo con tu elegancia, con lo poco que pediste nunca a nadie, con tu empatía y tu dureza, con lo que nos dejaste besarte, horas y días enteros. Tu partida nos ha fracturado. ¡Hemos encarnado el trauma! Flor se ha roto el radio de la mano izquierda y dos días después, yo me he roto el quinto metatarso del pie derecho. Me digo que puede ser buena suerte, así nos podemos dedicar a dolernos, cuidar solo lo imprescindible e imaginarnos en el futuro. También me quedé pensando que en nuestra familia las muertes las queremos resolver en las casas, así hemos hecho para cumplir vuestros deseos; pero hay que tener cuidado, el impacto es muy profundo. Me alegra pensar que los hospitales existen porque eso es así y que quizá convenga tirar de ellos más de lo que he pensado hasta ahora. La semana que viene Flor y yo lo vamos a comprobar.

Sentí que esta escritura nuestra, hace bien y cuida a más gente que a nosotras mismas. No quiero que enmudezcamos. La muerte también hay que honrarla. Y hay que averiguar su épica. La épica de la muerte.

EVA

Carta de Flor

Querida Eva,

Llevábamos tiempo preparándonos para el final, pero nunca sabes del verdadero dolor hasta que la irreversibilidad de la muerte se pone delante. Me escapé a Pirineos suplicando que se obrara otro milagro como el de abril, aunque llevaba semanas llorando y atesorando frases de papá porque presentía que podían ser las últimas. La tarde antes de salir a Pirineos nos dijimos plenamente conscientes que nos queríamos mucho. Yo me había enfadado un poco con él porque llevaba días sin salir de la cama y no me dejaba cambiarle de posición con lo malo que era para su úlcera, a pesar de su colchón antiescaras… Cuando ya me iba a marchar me volvió a llamar y me dijo que le pusiera de lado, que me hacia caso…le abracé, le besé, le dije que le quería muchísimo y me devolvió varios te quiero y una mirada de amor infinito. Salí de la habitación con lágrimas, lloré al llegar a mi casa, os lo conté porque no quería olvidar la escena. Fue su último momento consciente conmigo y solo tuvimos palabras de amor.

La siguiente vez que le vi habían pasado cinco días pero ya no hablaba y solo abrió los ojos cuando comenzó la sedación, ese momento durísimo en el que nos abrazamos a la enfermera y las dos nos derrumbamos en su hombro. Ella nos dio un cálido abrazo, nos dijo que hacíamos lo correcto, que era lo mejor para él. Yo tuve tantas dudas de si era la única opción, de si deberíamos haber forzado un antibiótico que le bajara la fiebre antes de llegar a la sedación. No quería verle sufrir, ni respirar con dificultad, ni intentar hablar y no poder… pero al tiempo quería que volviera un poco mas. En ese momento en que sin saber bien si nos oía, las dos le dimos las gracias por darnos la vida, por guiarnos, cuidarnos y querernos, por haber sido el mejor padre y abuelo del mundo. Abrió los ojos e intento hablar pero no pudo. Le dijimos que estuviera tranquilo, que todo estaba bien, que sabíamos que nos quería y que fuimos lo mejor de su vida. Luego los volvió a cerrar y ya no se abrieron hasta que comenzó a dejar de respirar, minutos después de que nuestra amiga Cristela, que había venido a verle, se marchara. Con ella en la habitación hablamos de las aventuras con sus hijos y con sus pacientes, también tratamos de lo divino y lo humano, del momento final de su padre… No sabíamos si papá nos escuchaba, pero quiero pensar que le hicimos menos duro ese tránsito final. A ratos le tomábamos la saturación, su respiración ya era muy fatigosa y el médico de paliativos de esa tarde ya nos dijo que no quedaba mucho y así fue.

Me vuelve estos días el momento en que le pregunté a una de las enfermeras si papá ya sedado nos escuchaba y nos dijo: «nadie ha vuelto para decírnoslo». Esa frase fue un dardo letal para mi. Albergaba esperanzas de reversibilidad: que de repente bajara la fiebre y recobrara las constantes y abriera los ojos. Quería agarrarme a volver a hablar con él, tener un poco mas de tiempo… Eva, menos mal que estuvimos juntas, que llorábamos y le velábamos en fases alternas, que empezamos a pensar en su despedida y su funeral, a planificar su último viaje a Asturias para reposar eternamente en el cementerio de Muros junto a los eucaliptos, como siempre pidió. En ese panteón que llevamos visitando desde pequeñas y que tanto nos imponía porque ya llevaba su nombre y su primer apellido: Urbano Fernández, que fue el mismo que el de su padre y su abuelo, primer dueño de aquella tumba.

Lo único que me ha reconfortado en estos días tan duros ha sido ver la cantidad de gente que le quería y nos quiere. Ese velatorio en Valencia que pese a ser sábado, 1 de agosto, estuvo tan concurrido que recibimos decenas de abrazos. El cura del tanatorio que le hizo una misa preciosa y Maruja que pudo leerle en la iglesia. Y en esa despedida previa a la incineración, en la que no nos salía la voz, pero que pusimos fotos suyas y la canción de «La gent que estimo» de Oques Grasses para hacer presente a Laia que no tuvo tiempo a llegar desde Asturias pero que le pudo despedir en San Esteban.

He sido tan afortunada con él que he podido borrar los escasos momentos oscuros que descubrimos cuando le debutó el parkinson. El y yo nos enfadamos mucho en mi adolescencia, tú lo sabes bien, pero en cuanto crecí vi en papá un ser humano respetuoso con nosotras, que siempre trato de protegernos pero defendiendo nuestra independencia. Una persona querida por quienes tenía cerca, generosa y bondadosa, que nunca supo mandar y que para muchos compañeros y compañeras de trabajo fue un oso de peluche, siempre dispuesto a hacer favores sin pedir nada a cambio. Fue un buen conversador al que le encantaban los niños y niñas y no perdió nunca oportunidad de jugar con ellas, de disfrutar de sus ocurrencias y tramar travesuras. Laia y Deva atesorarán para siempre centenares de recuerdos con él y ese es uno de los mejores regalos que nos ha hecho.

Ahora las dos añadimos al dolor de su ausencia dos fracturas óseas: yo de radio y tú el quinto metatarso y entraremos en quirófano la semana que viene, con un día de diferencia y a ochocientos kilómetros de distancia. Parece increíble. A ratos pienso que es tan grande el vacío y tal el desafío de vivir estos días que nuestros cuerpos han buscado un dolor físico que nos obligara a pararnos y darnos tiempo para hacer su duelo e ir cerrando la herida con nuestras palabras y su recuerdo.


Me vuelve estos días el momento en que le pregunté a una de las enfermeras si papá ya sedado nos escuchaba y nos dijo: «nadie ha vuelto para decírnoslo». Esa frase fue un dardo letal para mi. Albergaba esperanzas de reversibilidad…

FLOR


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