
Flor
Llevamos ya casi tres semanas en nuestro refugio climático y familiar. Ese espacio en el que año tras año, desde hace más de medio siglo, compartimos durante unas semanas convivencia familiar y disfrute de este lugar mágico donde el río, el mar y la montaña se funden en un juego de reflejos infinitos.
Aquí percibo más que en cualquier otro lugar cómo la vida me ha ido cambiando. Cada vez que subo las escaleras junto a nuestra antigua casa me asalta la adolescente que fui. Aquella que ascendía peldaños con la emoción de toparse de bruces con los primeros amores, aquella que salía emperifollada y dispuesta a beberse el mundo bailando cumbias en las verbenas del Carmen. Ahora las subo como la canosa que soy, acarreando comida o medicinas para los octogenarios y feliz por seguir subiéndolas año tras año. Me agoto más pero sigo contagiando a quienes traigo conmigo el amor por esta tierra.
Este espacio es el Cicely de mis sueños y yo me siento como Chris, que sin emisora de radio pero con ventana abierta a través de este blog, dejo mecer mi pensamiento entre graznidos de gaviota agradeciéndole a la vida volver a estar aquí y que todos los míos, vivos y muertos, me sigan acompañando.
Eva.
Con el tiempo me voy dando cuenta que soy muy cíclica. Me gusta lo que se repite, me sorprende más que lo nuevo. Es como una segunda oportunidad de apreciar la inmensidad de lo vivo, o una tercera o una cuarta. La mente de mamá tras su ictus, con su demencia, me tiene fascinada. Yo cada vez que la veo que va a comenzar a hablar me pregunto quién será ahora… Ella está constantemente habitada de sus sujetas anteriores: de la niña de Pedralba, de la hermana de Esme, la trabajadora de Telégrafos, la jubilada reciente que se iría al cine en un ratito por la tarde, o a la playa sin lugar a dudas o a París. El otro día estuvo aquí la amiga viajera de Laia y quería ir a todas partes con ella, a Roma, a Ámsterdam…
Lo que me va pareciendo es que, con o sin demencias, nos habitan en presente las personas que hemos sido. A mí cuando llegasteis, me volvió la hermana pequeña que es una blandurria. Tú dormiste dos noches perfectamente en el colchón del suelo donde yo tendría que hacerlo durante las siguientes y la primera noche no conciliaba el sueño. El puto reconcome de no ser capaz de lograr lo que tú consigues fácilmente me jodió la noche. Tras cierto trabajo de ajuste de tuercas me dormí dejándome de consecuciones heroicas y sabiendo que lo escribiríamos aquí juntas y podríamos disfrutar de este delirio familiar que montamos y que nos permite querernos aún, a pesar de los achaques que asedian esa vida juntas y revueltas que disfrutamos ya más de medio siglo.
¡La duración es un privilegio —ya lo dice Rauw— «quedan pocos viejitos, que nos digan sus truquitos»!
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