Longevidad

Flor

El verano en San Esteban supone sumergirnos en un veinticuatro siete con la familia extensa en una casa no demasiado grande. Nos turnamos para preparar desayunos, comidas, medicinas, lavadoras… y tratamos de encontrar tiempo para nosotras. Es un periodo de completa dedicación a los cuidados. Percibimos la fragilidad a cada paso. Nos pasamos el día tratando de ubicar a mi madre que este año está convencida de que esto es un hotel y de que a cada rato tenemos que abandonarlo. Intentamos que mi padre no pierda su norte vital y que la descendencia que nos acompaña continúe más o menos con sus vidas digitales y reales sin saturarse demasiado de tanta familia alrededor.

Son días de ajustar tuercas y tornillos para que el engranaje siga funcionando. La temperatura y el paisaje son aliados incondicionales. Nunca fallan. Ver salir la luna roja por detrás de los eucaliptos proyectándose en la ría nos deja a todos en un éxtasis mágico que ayuda a aguantar cualquier cosa. Disfrutar de la entrada de las tormentas desde el mar oliendo a guisado de carne o escuchar el ronquido de los viejos mientras la lluvia azota en los ventanales te enseña a apreciar la vida. En este lugar el tiempo lo marcan la llegada del tren y las campanas de la iglesia. Aquí la vida y la naturaleza se funden poniendo en orden la sucesión de las horas y los días.

Eva
En mi 24/7 de papás, que para mí será de un mes, este año añado que mamá duerme en la que viene siendo mi cama desde hace un año. Ella cree que es un hotel y yo la veo como la propietaria con derechos de uso que me niego a que deje de ser. Sin embargo, cuando todo el rato pregunta de quién es la casa, le digo que suya; pero eso no le cambia la convicción de que ella no es la dueña. La adultocracia del recuerdo propietario me lleva a pensar que espera verse a si misma entrando por la puerta en el momento que compró la casa.

La longevidad es violenta, desconcertante y comiquísima. Mamá pasa por todas las edades en un ratito. De repente quiere llamar por teléfono a sus padres y a Esme, y no hay quien la convenza de que murieron, da igual que sumes y salga que su padre, si siguiera vivo, tendría 129 años. De nuevo a ella, como a la yaya Josefa, nuestra abuela, pasamos horas recordándole la muerte de sus seres queridos. Yo, como hija suya, me quiero «persuadir» de no hacer demasiado duelo por la muerte de nadie, porque a la que me descuide, acabaré resucitándoles.

Y es que los tornillos y las tuercas se enroscan y desenroscan. Aunque se nos olvida: ¡también se desenroscan! Los engranajes se alteran y no es tan grave. El orden muta, nos desordenamos y no es tan grave. Eso es lo que yo aprendo aquí cada verano. Me violenta aprenderlo. Pero me lo exijo. Estoy segura que me hace más atenta a la vida no olvidarlo.


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