Ganar dignidad y las fotos de Ivonne

Carta de Eva

Querida Flor, 

Lo que más me gustó de la residencia Selegna en la que papá se recuperó de su gran caída fue esa consigna de «deja que lo haga él aunque lo haga mal. Deja que coja la cuchara y se lleve la comida a la boca aunque se manche». No estuvimos de acuerdo en sacar a papá de allí. Ese ganar independencia es ganar dignidad era lo contrario de lo que les ofrecía la anterior trabajadora que tuvieron que hasta les movía el azúcar de la taza en el desayuno. Luego vino la hecatombe con ella y pasó de consentirles todo a amenazarles y ahí seguimos. Aunque de los quince años en los que han tenido trabajadoras domésticas asalariadas es la primera persona con quien nos ha salido mal. Ahora ella está de baja y la pidió después de solicitarnos un finiquito que ningún asesor justificaba. La seguridad social considera que ella merece esa baja y me lo quiero creer, aunque no paro de pensar que está sólo de baja para nosotras porque nos han llegado rumores de que está trabajando en alguna otra casa. Yo sé que la guerra no pasa solo en un sitio, la miseria tampoco, y lo de compartir y respetarse se está volviendo un arte que exige destrezas que mucha gente no logrará desarrollar, quizá ni tan siquiera nosotras.


Hace años que lo que peor he llevado de su dependencia ha sido ese lidiar con las trabajadoras que primero fueron escogiendo ellos y que después les fuimos buscando. Para mí, una consigna era que su dinero fuera a garantizar lo que querían. Y no hay duda que es estar en su casa. Yo también les amo en ese sitio donde tengo mis primeros recuerdos, en ese sofá donde murió Esme, desearía que muera papá… como murió Teté en su cama. Para mí, también, los objetos importan, los objetos nos sujetan, somos nuestro mundo de cosas también. Se nos ha enseñado a darle respeto al dinero pero no a las materias. Sin embargo, para mí la materia vibra atronadora. Ahora en la casa de Teté miro el elefante de Senegal que le trajo Manolo cuando se conocieron hace setenta años y necesito no tirarlo. Es como el coche desusado de papá, lo celebro. Yo jamás lo hubiera comprado pero me satisface congratularme de su gusto. Atender a sus apuestas aún activas porque es verdad que mamá a pesar de su avanzado grado de demencia cuando llego a nuestra casa me dice ¿has visto que casa tan bonita? y luego añade y ¿tú por qué te vas tan pronto? ¡Es una pilla!

El desastre con la anterior trabajadora no nos ha restado la apuesta por Ivonne, que tan poderosamente les cuida ahora y que les hizo los fotones que ilustran este post en su balcón, bajo el sol valenciano. Les supo ver así de preciosos y quiero celebrarlo contigo y al tiempo agradecerte todo: que papá ya tenga la atención hospitalaria a domicilio garantizada. También quiero agradecer a Ivonne sus cuidados y compartir esas fotos y nuestra suerte… de ser leídas, de existir, de equivocarnos, de fracasar mejor y con otras. El otro día leyendo a Walter Benjamin en Breve historia de la fotografía arranca buscando sincronías. No un inventor sino varios buscando casi lo mismo y desarrollándolo casi en simultáneo. Con la escritura me fascina cuando descubro que otra y otros escriben casi lo mismo que nosotras y que leernos nos alivia. Tu empeño por ponernos también en Substack está permitiendo que más personas nos lean y sientan que se leen a si mismas. Es maravilloso. Escribimos y dejamos de estar solas… podemos compartir que es la manera más amable de vivir que existe.


Con la escritura me fascina cuando descubro que otra y otros escriben casi lo mismo que nosotras y leernos nos alivia. Es maravilloso. Escribimos y dejamos de estar solas… podemos compartir que es la manera más amable de vivir que existe.

EVA

Carta de Flor

Querida Eva,

Hace unos meses leí aquí a Cuca Casado, a la que conocimos por Substack, citando el libro Tiempo de cuidados de la filósofa Victoria Camps. Como este asunto devora nuestro momento vital me propuse recorrer este texto para encontrar nuevas claves. Victoria tiene 85 años y escribe desde su conocimiento y su experiencia vital. Es un libro que enlazo ahora con tu carta y que me dejó dos ideas esenciales. Una que «cuidar a un ser humano es sobre todo tenerlo en cuenta, no expulsarlo del espacio común». Y la segunda es que «no debemos acercarnos al envejecimiento con la lógica de hacernos cargo sino de acompañar, saber escuchar y ver a alguien de quien aprender» pese a las ya muchas limitaciones que conllevan el deterioro y la edad. Yo me he empeñado en respetar su voluntad de seguir en casa pese a la enorme dificultad de atender todas sus necesidades en ese espacio y los problemas que durante tantos años de dependencia han ido surgiendo por residir en su domicilio y no delegar su cuidado en una residencia. Es posible que en mi lectura de Tiempo de cuidados haya habitado el sesgo de confirmación, pero revisar ese texto me ha hecho pensar que, aunque no hay opciones perfectas, mantener su dignidad y sus decisiones a salvo debe ser prioridad absoluta.

Y porque papá me lo pidió, el Día del Padre le cociné pote de berzas. Y lo hice con las berzas que tenía Teté en su congelador y que me traje a Valencia después de perderla para siempre. Mientras escachaba la patata tal y como Teté me enseñó la hice presente. Poco después papá se relamía con su plato favorito y pensé que aquellas berzas en algún momento habían pasado por las manos de su hermana, que nos estaría mirando con ternura desde el lugar que ahora habite.

Papá comió con dificultad. Le pasa que ya muchas veces no atina y el contenido de la cuchara acaba resbalando por su barbilla. Antes él disfrutaba aplastando el compango contra el pan antes de llevárselo a la boca. Ahora el pan se le hace bola y ni lo prueba. Lo miré comer con mucha atención y cuando acabó el plato, se dejó una última faba perfecta, estuvo un rato observándola y la elogió diciéndome: «mira que buena faba y con la piel intacta sin romperse durante la cocción». A continuación la masticó para concluir aquella comida especial que hicimos los cuatro juntos, papá, mamá, Eli (una de sus actuales cuidadoras) y yo. Al acabar de comer me desbordó la ternura que me producen sus manos, sus uñas que se le ensuciaron durante la comida, la gota de caldo en la barbilla y las comisuras sucias.

Hago duelos con ellos a diario pero a la vez busco aprendizaje y belleza entre tanta fragilidad. Y, por encima de todo, celebro estos textos que quedarán para que no olvidemos ninguno de los detalles de estos momentos que, a menudo, pienso que serán los últimos que disfrutaré con ellos.

Aquel que envejece enseña al que le acompaña. Y el acompañante puede dar claves de comprensión y velar por suministrar el marco de vida más llevadero posible para vivir su envejecimiento.

Acompañar es una buena palabra porque, aunque lo haga solo nominalmente, corrige la desigualdad entre la persona que cuida y la cuidada. Y porque, en muchas ocasiones, cuidar no es nada más que estar al lado del desvalido, estar presente y dispuesto a permanecer cercano.

VICTORIA CAMPS. Tiempo de cuidados: otra forma de estar en el mundo


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