Nuestro invencible verano

Carta de Flor

Querida Eva, 

Papá cumplió 86 años a finales de enero. Dos meses escasos y se nos ha hundido su mundo. Perdimos inesperadamente a Teté y hemos tenido que tomar decisiones vitales además de velar sus noches pensando en lo peor. He echado la vista atrás y me he dado cuenta de que en estos tres años de correspondencia hemos escrito mucho sobre él, pero no hemos celebrado su cumpleaños en este blog. Quizá porque pudimos soplar las velas todas juntas a su lado y este año no ha sido así. Sus 85 años fueron un infierno para él: la caída en marzo, la entrada y salida de la residencia, el primer año de su vida sin pisar Asturias. A eso súmale varias hospitalizaciones, innumerables pruebas médicas y el duelo por su única hermana. Y, si no hay un milagro, 2026 no irá mejor…

En la semana de su cumpleaños yo acabé de leer «El Verano» de Albert Camus. Un libro que es una lucha contra la desesperanza y un canto a esos espacios y momentos a los que soñamos retornar. Unas páginas leídas como si abriera una ventana y me impregnara de ese mar que acompaña toda la infancia y adolescencia del escritor pintándola de alegría y belleza.

«El verano» me ha inyectado vida y optimismo en estos momentos difíciles. Y he pensado en lo importantes que son los libros que se nos quedan prendidos, aquellos que siguen resonando en nuestras cabezas y en nuestras libretas. En esa lectura vibró también el legado del yayo y su «Aora ce estamos a tiempo». He sentido que para nuestro abuelo en la oscuridad de su celda, imaginar aquella fabrica de hielo y un futuro en armonía debió ser como para Camus aprender que en mitad del invierno, por fin encontraba dentro de él un verano invencible repleto de luz, de mar y de recuerdos.

Esos días en los que papá cumplía años y mientras los médicos nos auguran para él un futuro muy incierto, yo leo a Camus y sólo pido atesorar unas cuantas imágenes más de estos 86 años de papá. Quedarme con él en la peluquería bromeando con Raquel o contándome en el coche, cuando volvíamos de su última transfusión, cómo éramos tú y yo de adolescentes. Esos momentos y estas cartas son ahora mi verano invencible y espero que esa calidez se mantenga e ilumine mi futuro.


…las ruinas de Tipasa eran más jóvenes que nuestras obras o nuestros escombros. El mundo empezaba allí cada día con una luz siempre nueva. ¡Oh, luz!, ése es el grito de todos los personajes enfrentados, en el drama antiguo, a su destino. Ese último recurso era también el nuestro y ahora yo lo sabía. En mitad del invierno aprendía por fin que había en mí un verano invencible

ALBERT CAMUS. El verano.

Carta de Eva

Querida Flor,

Hace unos días Laia lloró al descargarse los videos de la vieja cámara digital de los papás que ahora Deva usa en Italia. Yo ya no poseo la contundencia de su llanto. Sorprende ver en esas fotos, que estuvieron congeladas en la memoria de la cámara, a nuestra tía Esme con pañuelo de quimio junto a otras en las que aparecía espléndida en Asturias. En pocos meses pasó de parecer una cincuentona neurótica a quien nadie hubiera echado los ochenta que tenía a convertirse en una enferma terminal. El otro día discutimos tú y yo cuánto duró su convalecencia en casa de los papás. Yo la recordé de al menos tres años, tú de mucho menos. Poco antes mamá había tenido un ictus… lo sé porque yo estaba embarazadísima de Laia cuando sucedió y acaba de cumplir 16. Han sido 16 años plagados de enfermedades y muertes sucesivas. Luego de Esme, llegó Manuel que eso sí que no lo previmos, de inmediato Manolo, y ahora Teté... que murió enseñándonos a cuidar a su hermano.

¡Qué bien lo hizo la Terina, nuestra Teté! ¡Qué templanza, qué convicción, qué falta de miedo para sostener su propósito de morirse en su cama! De hecho nos lo puso tan fácil que todo el mundo se sorprendió. ¡Pero si estaba tan bien! Y yo me digo, estaba tan bien como aprendieron a presentarse en sociedad ella y papá. Estaba entera y disimulando una procesión que iba por dentro. El corazón enorme ensayando muertes. Tantas veces se me había quedado sin aire que la última ni me asusté… le di besos, la felicité por conseguir morirse cómo quería. Luego la pusimos guapa, le dejamos los anillos y la besamos mucho, Laia y Alfonso y Fabiola y yo. Como una muñeca buena, guapa, preciosa, así está sobre Manolo en el panteón familiar bajo el nombre de Urbano Fernández.

Al enterrador le dije que cambiara el mármol para que abrirlo de nuevo sea fácil. Los eucaliptos esperan a papá que anda matando a todo el mundo al tiempo que se nos va muriendo él. Es curioso que cuando empeora se preocupa por las muertes de todo el mundo a su alrededor. Y sí, decidimos no operarle porque los médicos aseguraban que iba a morir en el quirófano y que a quienes amas, mueran, no es buen plan para nadie. Por mi parte, no tengo previsto asumir más muertes que las justas. Me quedan las fotos, los aprendizajes, las promesas que les hice y cumpliré. Les instauro, les sigo hablando y les hablaré, les daré las buenas noches todas las noches y como mamá, el día menos previsto, me los pienso traer de visita a mi vida cotidiana para que coman conmigo o incluso me asusten, si pueden aunque miedo me queda poco.

Camus editó a Simone Weil. Yo sin Simone Weil no viviría como vivo cada día. A Camus no lo he leído pero ya tengo el libro dispuesto en mi mesilla. Ruina, obra o escombro… todo hace invierno y es semilla para el verano. Gracias mi vida por este texto que me ha arrancado de nuevo la escritura.

Por mi parte no tengo previsto asumir más muertes que las justas. Me quedan las fotos, los aprendizajes, las promesas que les hice y cumpliré, les instauro, les sigo hablando y les hablaré siempre, les daré las buenas noches todas las noches y como mamá el día menos previsto me los pienso traer de visita a mi vida cotidiana para que coman conmigo o incluso a que me asusten, si es necesario.

EVA


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