Cartas para Teté

Laia, Teté y Deva. San Esteban, 2021.

El 8 de febrero se nos detuvo la vida y nos brotaron las lágrimas. El enorme corazón de Teté, la única hermana de mi padre, el reservorio de nuestra historia familiar, dejaba de latir mientras ella permanecía agarrada de la mano de mi hermana Eva.

Deva, mi hija, estaba a dos mil kilómetros, yo a seis horas en tren. Salí disparada para abrazar su cuerpo inerte y verla entrar en el panteón junto a aquella persona que tanto quiso, Manolo, que yacía esperándola en la tumba hacía casi ocho años.

Empezaba nuestro duelo. Y en esta despedida definitiva y mientras leíamos entre lágrimas estas cartas y los casi cien mensajes de pésame que nos llegaron convinimos que Teté seguirá en nosotras. Eva la pondrá en el abeto de la huerta que cultivó Manolo. Yo la situaré en el chasquido de las patatas al preparar su pote de berzas y mantendré vivo ese recuerdo de la leve risa que Teté esbozó tras aquel fatídico diciembre de 2015. Hacía un día que habíamos enterrado a Manuel, su único hijo, y que la pena nos paralizó. Era 24 de diciembre. Laia, hija de Eva, tenía cinco años y tras buscar sus regalos de Papá Noel riñó a mi hermana por no saber dónde los había escondido. Teté ocultó su inmensa pena por acabar de perder a Manuel, su único descendiente en la flor de la vida, y fue capaz de reír junto a Laia y abrir sus regalos. Ella supo que la vida de los demás tenía que continuar y nos lo intentó poner fácil. Nosotras aprendimos con ella que hay personas invencibles y Teté era una de ellas.

Deva y Laia saben que Teté las acompañará para siempre y le han escrito estas dos cartas. Nosotras desde aquí deseamos conservar este homenaje de quien también fue madre para nosotras.

Carta de Deva

Querida Teté:

Me da mucha pena pensar que no voy a volver a hablar contigo y que no te he podido despedir como a mí me gustaría y supongo que a ti te hubiera gustado, pero la vida es así… viene como viene. 

Me hace muy feliz haber compartido la vida contigo, haber aprendido de ti, de tu fuerza y de tu poder para seguir hacia adelante en cualquier situación, de tu forma de cuidar y de querer. Siempre voy a llevar esas cosas conmigo aunque ya no estés. Siempre voy a recordar lo bien que nos has cuidado, la fabada y las berzas que nos hacías y que son las más buenas que me he comido en el mundo entero. También recordaré todos los veranos cuando íbamos por la tarde a pasear y a tomar algo con los güelines; y cuando bajábamos a casa a comer y que después siempre hubiera flan o arroz con leche o cuando me decías de pequeña que era Miss Universo, la más lista y la más guapa. 

Has sido como una abuela para mi y eso es gracias a que tú me has tratado como una nieta y te voy a estar infinitamente agradecida por ello. 

Eres la mujer más fuerte que he conocido en mi vida y serás infinita en nuestro recuerdo. 

Te quiero muchísimo, Tete. 

Eres la mujer más fuerte que he conocido en mi vida y serás infinita en nuestro recuerdo. 

DEVA

Carta de Laia

Querida Teté:

Supongo que la vida nunca te prepara para un hasta luego o para un hasta siempre, depende de cómo lo mires. 

Quizás te prepara para sentir que vas a dejar ir o para soltar, pero en verdad nunca estás preparada. Hay personas que simplemente hacen falta, esos comentarios, esas historias que nunca volverás a escuchar. 

Teté me has enseñado muchísimas cosas, pero el cómo va a ser la vida desde este 8 de febrero no me lo has enseñado, ni cómo soltarte sin sentirme tan vacía. Sinceramente, nunca pensé que fuera a tener que aprenderlo tan rápido. Supongo que no llegué a pararme a pensar que esa posibilidad pudiera pasar.

Para mí siempre has sido esa persona eterna y hasta que te vi en tu cama, tumbada con los ojitos cerrados pero esta vez para siempre, no ha habido un momento en el que pararas de serlo. Y creo que aunque te has ido, vas a seguir siendo eterna. Porque conseguiste irte sin convertirte en un “adiós” con miedo de que fuera el último, porque no me has dejado otro recuerdo de ti aparte que el de esa mujer fuerte que ha podido con todo sin rendirse. Porque Teté, ese momento en el que me arrodillé al lado de tu cuerpecito ya muerto, no me transmitiste dolor ni miedo, me transmitiste paz, una paz inmensa de saber que después de tantos años pidiendo morirte en tu cama y poder volver con Manolín, lo conseguiste. Lo has peleado como la luchadora que fuiste y eres. Y te lo merecías, joder que si te lo merecías.

No te lo voy a negar, Teté… te voy a echar tantísimo de menos. Ya me haces falta y hace un día sólo que la casa está vacía. Nunca pensé que te fueras a ir tú la primera, estuve tan ocupada despidiéndome de los güelines que no me has dado la oportunidad de guardarme el sabor de tu pote de berzas, de tu flan o del queso, ni de memorizarme la última historia que me contaste o el último cumplido que me hiciste, ni de pensar que ese “hasta mañana si Dios quiere” sería el último, ni de reírme de ese último «ese chico tan guapo con él que te vi, ¿dónde está?», que por cierto Teté es una chica pero la hubieras adorado. 

Agradezco que me hayas dado el privilegio de vivir con la tranquilidad de que tú no te ibas a ir nunca, y el privilegio de enseñarme que los momentos duros de la vida no tienen porque ser un punto, sino una coma.

Has sido una abuela para mí que me ha dado la oportunidad de ver también lo bonito de envejecer.

Sé que no te has ido Teté, que sea donde sea que estés ahora mismo, me vas a seguir cogiendo de la mano para darme esa fuerza tan tuya. Espero que te hayas sentido al menos la mitad de querida de lo que me has hecho sentir a mí todos estos años. Te quiero infinito, gracias por todo.

Laia.

Agradezco que me hayas dado el privilegio de vivir con la tranquilidad de que tú no te ibas a ir nunca. 

LAIA

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