
Carta de Eva
Querida Flor,
Tal cual me fui de Valencia, tras quince días, dormí mucho y me desperté con unas frases que anoté en el móvil y copio tal cual. “Es la vida cada vez la que te trae lo que has de saber”. “No hay conocimiento genérico que valga”. “Tu hermana mayor está maternando a tu padre. Él la llama mamá y llora. Lo has visto, acurrucarse como un niño y decir: ¡mamá me duele!”
Recién llegada a su casa de Asturias corro a la libreta y añado: hay periodos de la vida cruciales. La encrucijada radica en que no hay dos opciones, hay una y no va de acertar. Eso lo aprendí con la tía Esme: quise prevenir un daño e ¿infligí otro mayor? Temo causar dolor y para poder tan poco, prefiero apostar menos. Dar solo cuando el otro me requiere claramente. O piden o no doy.
Por mi parte, me parece bien casi todo. Morirse también. Dejar morir también. Incluso me parece bien cómo trata la medicina a papá, aunque sea encarnizamiento terapéutico. Por eso te advertí cuando te empeñaste en prepararle la segunda colonoscopia: nos lo podemos cargar, está demasiado frágil.
Tú dijiste: hay que hacerlo y tuviste razón. Te pertrechaste de valor y esponjas jabonosas y empapadores y yo te flanqueé los lados, y me quitó todo el sueño. Recuerdo la carusita de mamá, cada vez que entrábamos a la habitación, inasequible al desaliento pedía darme un besín. La besábamos y de ahí pasábamos a limpiar los litros de defecación a su marido. Una noche larga, bendiciendo esas camas de hospital que conseguiste para nuestra casa, medicalizada hasta las trancas porque quieres que mueran ahí, como Esme. Él también quiere y por eso te deja que hagas. Tú no te arredras fácil. Tienes terquedad de mula. Yo, sin embargo, soy papagaya. Lo cierto es que fue hasta bonito. ¿Para qué vamos a engañarnos? A ratos papá pareció divertirse y hasta se reía en tan dantesca situación. Bebe, caga, bebe, caga, darme un besín. Lo más importante que ¡estuvimos los cuatro! Hacía demasiado que no estábamos activos los cuatro en una causa común. Y quién sabe si habrá más.
Y sí, está el encarnizamiento terapéutico y está también que lo de morirse sin medicinas también puede ser muy encarnizado. Mira el brazo de la tía Teté ennegreciéndose hasta que oncología vino a sanar. A papá, al menos en la prueba, le encontraron un pólipo grandote que, bueno no puede ser, e igual palían o alivian o a saber… Una internista antes nos dijo de parar, era de la medicina esa privada a la que accedían como funcionarios. Ahora han llegado a la medicina pública y ahí hay un equipo de jóvenes que hablan solo de curar y curar aunque curar, mate también.
Yo ya he aprendido a no tener la solución ni apenas de lo mío. Así que esperaré y apoyaré a quien ahora materna a quienes le cuidaron. Tú silba y yo acudo. En año nuevo animé a brindar sin, por primera vez, lograr articular una frase. Tú dijiste: ¡por un 2026 en que no discutamos! Me sorprendió porque hemos discutido poquísimo, pero es cierto que lo que vivimos no facilita acuerdos. De lo que no tengo dudas es que lo importante es querernos y estar. Creo que puedo incluso querer lo que no esté. Hemos de poder.
“Es la vida cada vez la que te trae lo que has de saber. No hay conocimiento genérico que valga”.
EVA
Carta de Flor
Querida Eva,
Somos una familia escasa en número de miembros. En nuestro brindis de año nuevo no hace falta andar buscando copas en el otro extremo de la mesa porque nos basta con alargar un poco el brazo. Y es verdad que yo inauguré 2026 pidiendo no discutir. También creo que dije que deseaba que lo que tengamos que vivir juntas seamos capaces de hacerlo lo más bonito posible, por duro que sea. Igual no lo dije así, pero sé que lo pensé. Esa noche repasamos todos los sobresaltos del 2025 y concluimos que todo podía haber sido infinitamente peor. Así que yo al llegar a casa me propuse celebrar en 2026 la más mínima alegría y aquí estoy hoy feliz de que en urgencias tras ver la radiografía de mis pulmones el médico haya dicho que estaba todo bien y que sólo tengo una bronquitis aguda que sanará con inhaladores, antibiótico y expectorantes. Podría estar amargándome por llevar días con fiebre y sin dormir con una tos que despierta al vecindario pero prefiero pensar que como decía Katherine Mansfield en su diario «Todo está bien». Además en la farmacia he podido pagar los casi 60€ que han costado los medicamentos recetados. Mi privilegio me lo ha hecho más patente un chico con aspecto de bichicome que, delante de mí, compraba el Frenadol de 12€, dejando un reguero de monedas sobre el mostrador.
Ya ha concluido esta Navidad que comenzó con la segunda colonoscopia de papá y que todavía nos tiene a la espera de un diagnóstico que despeje incógnitas sobre su salud. No ha sido nuestra mejor Navidad pero yo que, hasta hace unos años, era un Grinch, a mediados de diciembre adorné mi casa mejor que nunca para recibiros a Deva y a vosotras. También busqué como loca un pequeño árbol de Navidad para decorar la casa de los papás. Conseguí que allí también se instalara por unos días ese espíritu de ilusión y candidez del que antes tanto renegaba, quizás porque la vida era demasiado fácil y podía permitirme desdeñar esos pequeños momentos porque sabía que se repetirían. Ahora ya he aprendido que no será así y que como me escribía Bego hace unos días «mientras están los padres todo se ve de una manera y cuando se van esa mirada se va con ellos». Tú me dices que estoy maternando a papá pero siento que en el fondo lo que me pasa es que no quiero dejar de ser hija, de sentir que todavía tengo alguien por delante que me recuerda quien fui. A veces, aunque parezca loco, todavía siento que sus palabras me protegen de la intemperie.
Quizás porque la vida era demasiado fácil y podía permitirme desdeñar esos pequeños momentos porque sabía que se repetirían.
FLOR
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Deja un comentario