Sobre el error, el amor y la muerte

Nuestro padre, Urbano, en el mirador del hospital jugando a que mira el teléfono.

CARTA DE FLOR

Querida Eva

Hoy es catorce de diciembre. Han transcurrido ocho días desde que atravesé la frontera de los 58. Lo hice muy bien acompañada y con la caminata que el año pasado no pude dar por la DANA y la aparición de una vulnerabilidad nueva situada entre las vértebras L5 y S1. Así que os agradezco a Ivonne y a ti el permitirme pisar las montañas de la Tierra Alta de Tarragona y visitar escenarios de la cruel y desigual Batalla del Ebro de 1938. En la exposición sobre las Comunicaciones durante la guerra, en Pinell de Brai, el destino volvió a poner delante de mí un aparato de Morse rodeado de mensajes, cartas y soldados escribiendo para escapar a través del papel de aquella durísima realidad.

De los ocho días que han transcurrido desde que cumplí años, cinco los he pasado en el hospital acompañando a papá, con treinta horas inenarrables en el área de urgencias. Y es aquí donde se libra otra batalla entre la vida y la muerte, especialmente en esos boxes de urgencias que son el tránsito hacia la funeraria, una habitación de hospital, o si hay suerte la vuelta a casa. 

No estoy enferma pero este año he pasado demasiadas noches en hospitales velando el lento deterioro de los papás y preguntándome: ¿cuándo te deja morir este sistema de cuidados?, ¿hasta dónde hay que prolongar la vida?, ¿qué queda de mi padre en la persona que está tumbada en esta cama junto a mí?, ¿morirá cuando me rinda yo o seguirá viviendo?, ¿seré capaz de tomar la decisión de no intentar mantenerle vivo? Desde luego si algo estoy aprendiendo es que el sistema médico no toma decisiones de ese tipo y alarga y alarga… 

Estos días para seguir animada he escuchado mucha música y contemplado la vida a través de los miradores inmensos de este hospital. Desde ahí he echado la vista atrás para rememorar al padre que tuve hasta que aparecieron la vejez y todas sus miserias. Hasta aquel momento en que yo empecé a ser una desconocida para él y él también lo fue para mí.  Hasta aquellos días en que me pregunté si iba a ser capaz de seguir cuidándole. Ahora me doy cuenta de que era una pregunta absurda porque no he sabido hacer otra cosa. Siguen pesando mucho más los cincuenta y cinco años anteriores a estos tres últimos. Años de apoyo mutuo, orgullo, compañía, de trabajos y aspiraciones compartidas que han inclinado la balanza a la hora de defender que sigan vivos. Aunque la mayor parte del tiempo actúan sólo como dos trozos de carne que come, bebe, mea, caga, respira y duerme, me alegra que mamá ya sea, de lejos, la más longeva de su estirpe. Papá tiene a la infinita Teté muchos años por delante. Yo suplico cada poco que los dos se vayan tranquilos y que yo pueda acompañar bien su partida compaginándola con mi vida sin romperme.

En el hospital leo, escribo y vuelo a cuando ellos eran jóvenes y jugaban a las cartas en partidas interminables mientras nosotras nos divertíamos escondiéndonos en el chalet de los tíos de La Cañada. Estos días también me ha vuelto aquel enorme Belén que papá montaba en el recibidor de casa con montañas de corcho y ríos de aluminio. Quiero quedarme con aquel Belén y aquellas partidas de cartas que hoy se convierten en un carrusel de pensamientos mágicos que me anclan a una vida arraigada sobre ellos. Desde esa vida y pese a todo sigo agradeciendo la belleza que me rodea: los abrazos de quienes me acompañan, la vuelta de mi hija en unos días y nuestras palabras para seguir trazando camino. 

Hasta aquellos días en que me pregunté si iba a ser capaz de seguir cuidándole. Ahora me doy cuenta de que era una pregunta absurda porque no he sabido hacer otra cosa.

CARTA DE EVA

Querida Flor

El día de vuestras urgencias infinitas, el de las treinta horas inenarrables, yo me desquicié a esos 950 kilómetros en que vivo ahora. Me pasa a veces, es tal la rabia que necesito pegarle al sofá. Me come la furia y enloquezco. Ibas contándome y no lo podía procesar: papá pasa de la neumonía silenciosa a una anemia brutal derivada de una medicación que le licua la sangre para que no le dé un ictus. Esa medicación se la pusieron en el anterior ingreso en el que le descubrieron la neumonía de la que se recuperó tan pancho. Ingresaste pensando que tenía una infección de orina pero fue neumonía. Ahora estás ahí por el miedo a un ictus en una persona que no habla, apenas, y tiene un Parkinson que lo ha estado demoliendo a golpes en caídas vertiginosas una tras otra durante tres años. Nos venía avisando Ivonne, que trabaja con ellos y es la que más sabe, que ese medicamento lo estaba fundiendo por la pérdida de sangre. La doctora de cabecera no dudó. En medio una huelga de médicos y en un pico de urgencias por la gripe que sale en los telediarios, dada la anemia, te manda a unas urgencias que dices que una enfermera equiparaba con Los juegos del hambre. Y ciertamente, debieron ser así porque dormiste de pie en la sala de espera, y te colabas para que comiera algo y recobrara la temperatura sin manta de repente y tirado en un pasillo. Quizá si no hubieras estado se habría muerto cuando se quedó en tierra de nadie, a la espera de cama en planta, por eso me conmueve tanto la conciencia que tienes de que aguantarán, lo que tú resistas… Quizá.

A mí de la furia me sacó un dolor de cabeza que me llevó a meterme en la cama para no reventar. Me acurruqué mientras me reconciliaba con el delirio de papá. Me dije mejor que crea estar rodeado de narcotraficantes y putas que de médicos y enfermeros que no pueden atenderle. Pensé mi mente misma también se afecta de delirios. Actuamos moralmente no bajo el dictamen de un tribunal de sabios descansados que calibra con justicia. Con frecuencia actuamos desde un cerebro frito de acontecimientos. El descalabro no es un error, ni reprobable a nivel ético, a menudo es la única opción posible. A veces pienso que lo de la perfectibilidad es un cuento. Mucho de lo que vivimos, no podríamos haberlo hecho de otra manera. Fue ni más ni menos lo que pudimos vivir.

Y bueno, yo procuro pensar en lo que puedo y ya te he dicho que no puedo más. Me rendí de conjurar a la muerte de ninguno de los dos poniendo mi cuerpo. Hago por emplear sus recursos en ellos. Cuido y respeto a las trabajadoras que han decidido quedarse, pero yo ya no puedo más. Cada vez me están costando más los recuerdos que hagan consistente en mí aguantar a ese niño pidón, algo despótico en que se ha convertido, con todo el cenicismo familiar desatado. Hoy sin embargo pensaba que esos buenos recuerdos que no me regalo, igual me los veta una especie de castigo que me auto infrinjo por no estar pudiendo cuidarle. No lo sé.

En todo caso hoy limpié la casa recordando su orden, su elegancia, su carisma pasando la aspiradora. También pienso que escribimos, que tú eres una mujer estupenda que estás mandando a tomar viento a la agazapada y hoy has escrito largo y tendido. Y yo ya no soy la chacha rebelde, estoy aprendiendo a cerrar los cajones antes de salir disparada a sumarme a otro delirio colectivo que no hubiera podido procesar y me hubiera reventado la cabeza y el alma. No nos merecemos soportar más encarnizamiento terapéutico tras quince años cuidando enfermos crónicos. Aunque sin duda, para ti, en esta nueva tanda de cuidado imposible al encarnizamiento le gana ese gesto: el de amor antes de la despedida. Un amor que conjura a la muerte. Y aunque dicen que es un error etimológico, me gusta pensar que el amor sea lo que hace que algo no muera, permanezca vivo.

A veces pienso que lo de la perfectibilidad es un cuento. Mucho de lo que vivimos, no podríamos haberlo hecho de otra manera.

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2 comentarios sobre “Sobre el error, el amor y la muerte

  1. Leo vuestras cartas y siento una inmensa empatía. Estoy pasando por el mismo camino de hospitales, urgencias que son un infierno y ver a un ser querido al que ya no sabes qué desear porque la enfermedad ineludible no lo abandona ni se lo lleva. Quisiera no pensar mucho porque el pensamiento me lleva al abismo. Os deseo la paz.

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