
Querida Flor:
Hace cinco días que tengo 55 años y hace quince llegué a Venecia porque Deva nos invitó y había vuelos desde Asturias. Llegué tensa, me aterroriza volar, volé bastante cuando fui asalariada, luego me retiré amablemente de viajar para no violentar mi energía y la del planeta. A Venecia, sin embargo, tenía que ir, me lo dijo Laia y yo ya lo sabía. Los primeros días me dolió algo la cabeza. Un dolor leve que fue bajando en toda la estancia hasta desaparecer del todo cantando en la ducha de nuestra maravillosa casa veneciana. Deva, tu hija, está de Erasmus en Italia. Cuando llamó para despedirse, lloré sin consuelo. Deva es fuerte y alegre y asustadiza como yo, aunque en la partida se mostró enterísima. La entereza requiere amor y yo, lo sabes, suelo amar llorando.
Hace cinco días que tengo 55 y hace 10 que presenté la tesis en Madrid. En mi defensa, ante el tribunal aparecí con unas pocas fotos, era desafiante porque llegué con la intención de improvisar mi defensa, la llaman. Necesitaba que mi investigación de diez años no pareciera un «contenido». Necesitaba expresarla para hacerla sentir como una vida, un mundo emocionando, haciéndose pensamiento, energía, naturaleza, tiempo. Y sí, imagino que es a eso a lo que te refieres cuando dices que el efecto papagayo nunca ha hecho mella en mí. No concibo la posibilidad de al hablar, repetir lo ya dicho. No podría, tendría que repetirse todo, las mismas personas escuchando, la misma disposición de mi ánimo, las mismas cosas en juego.
La tesis doctoral hace justicia con mi «contrato cultural» empezando por mi abuelo de quien tomé la frase que fue al título, su «Aora ce estamos a tiempo», con todas esas erratas. La justicia cultural se produce al habilitar bondad y belleza en la relación entre la vida y lo que obramos. Si no habilita bondad y belleza se desvanece, no en vano el saber que celebra esta tesis es frágil, como una pompa de jabón. Requiere gentileza, ingravidez. Al saber en que creo no le vale un texto que no acompase latido de vida.
Al llegar de Venecia a tu casa, todo iba tan bien que incluso tomé unas fotos para mostrar en la presentación en un pequeño power point. Fotos de mis libretas, de un girasol, del yayo dándome la mano, de mí misma pensando de niñísima. Parecía que iba a darse todo sin dolor de cabeza: habíamos celebrado las cuatro que crecemos cerca y lejos, los papas habían aguantado bajo custodia de Alfredo… aunque Ivonne había advertido que papá andaba algo alterado. Pero nada más fuimos a verlos, papá tuvo un pico de enfermedad que nos tuvo dando tumbos por las urgencias de Valencia. La cuidadora de entre semana nos había mirado con cara de «hagan algo» y yo tenía que irme a Madrid y el dolor volvió.
Estoy aprendiendo que a mí me duele el miedo y la ira inútil. Ya no podemos conseguir ni que papá mee en un vasito para ver si tiene infección de orina. Y tú tenías que volver a trabajar y yo que soltar un trabajo de diez años y esta vez no podía elegir fecha, como sí elegí la del parto de Laia. Hay cosas que no podemos hacer, que no podemos cuidar, amar. Ahora bien, escribe Simone Weil que «dejar que la imaginación se demore con lo malo implica una especie de cobardía, uno espera gozar, conocer, crecer con lo irreal» y añade «la irrealidad que quita el bien al bien es lo que constituye el mal» y termina «es bien aquello que da más realidad a los seres y las cosas y mal aquello que se la quita».
Me fascina Simone, lo sabes. A menudo me digo lo malo es lo irreal. Lo irreal acobarda porque resta realidad a los seres y las cosas. Así que ya no más. Bastó de regodearse con mal alguno. Hace cinco días que tengo 55 y cinco que soy doctora en estudios del arte y de la cultura. Y sé eso de «si lo quieres, suéltalo». Laia me lo ha dicho por escrito: «En la presentación iba a decirte algo, pero al final no me animé y es lo mismo que te dijo Mari Luz, suéltala mami, suelta esos textos, esas palabras, esas lágrimas mientras ibas descubriendo quien fue tu abuelo porque ahora mismo tú ya no eres la tesis, la tesis es tú. Y que lo sueltes no significa que dejes de sentirla, que dejes de llorarla, simplemente que lo hagas de otra manera. De una manera en la que digas, joder mi abuelo ganó, no una en la que llores por decir pensé que era una perdedor, o una manera en la que digas, esto lo he escrito yo y está bien hecho, no un nadie va a entenderlo, es un lío».
Así que sí, claro que sí que está siendo «aora, ce estamos a tiempo» todas para todo mi vida. Creo que acabé hablándoos de esa foto que encabeza esta entrada. Estamos con papá y mamá y el yayo en la Malvarrosa. Os lo intenté contar, que mi mano recuerda la energía de la suya agarrándome firme, valiente, poderosa. La memoria de su afecto es mi tesoro desenterrado, copioso como la arena del mar, el regalo más minúsculo, el más conmovedor. Naturaleza sin derroche. Pura plenitud.
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