La caja de Pandora

Carta de Eva

Querida Flor,

Con el patrimonio de nuestros padres estamos pasando del «podemos pagarlo todo» al «no queda dinero». Imagino que no seremos las únicas que lo experimentamos, lo llaman inflación, crisis sistémica. Para peor la ley de empleadas del hogar ha concluido con el oficio: ha convertido en empresarios vulnerables a viejos decrépitos que siguen vivos por los fármacos que toman, por nada más. Ya no es el paro como tentación para salir de un oficio esquizofrénico, son las bajas eternas o todo lo que pueden alcanzar a reclamar: esas horas de presencia que la hubieran hecho ganar más que la mayoría de la gente asalariada en este país sin tener jefes, ni generar recursos. Más de ocho horas al día la gente no debería trabajar obligado, y nosotras optamos por contratar personas de apoyo, pero ella no quería descansar, quería ganar más dinero. Y ni se cuidaba ella, ni les cuidaba a ellos.

Los tribunales laborales están a favor de las empleadas y la posibilidad de denunciar se ha disparado. Vivimos un país fundado en la denuncia: lo más sencillo del mundo se ha vuelto encontrar culpables afuera del propio hacer. Ser una víctima suscita apoyo, identidad: de género, de clase, de todo… Y la polarización ahora ha encontrado un filón creando bandos de víctimas y victimarios. En el delirio de esa ley progresista ahora las trabajadoras hasta van a fichar, no sé ante quién, ni cómo porque en el caso de los papás ni uno ni otra saben hace tiempo si quien está con ellos les cuida o les descuida. Y sí nosotras creíamos que solo ella que les conoció cuando estaban bien, les podría seguir cuidando. Nos hubiera dolido demasiado apreciar el cambio. Cuesta tanto, tantísimo percibir que tus padres ya no son, no están, no ejercen. La ley tampoco cambia la lógica principal: se depende de un empleador, se habita su casa veinticuatro horas al día de lunes a viernes, pero trabajas cuarenta a la semana y manejas lo que no es tuyo, como si lo fuera y luego pasa lo que pasa.


Yo llevo quince años sustituyéndolas gratis en los veranos. Hasta que me quedé sin dinero y cogía de la pequeña herencia de Meme, que no se llevó Hacienda, para los gastos de toda la familia. A mí lo de ir de «yo pago» me resulta obsceno. Dar a entender que yo tengo algo escaso, me afrenta. Servir no. Ambas hemos sido top en servir. «Tranquila, yo lo hago, no te levantes, ya voy yo, no me cuesta nada, tú tranquilo» son mis (nuestras) frases favoritas a la que junto un poquito de energía, con cualquiera, incluidas las trabajadoras de nuestros padres. Cuando fui jefa de gente también fui así. Bien visto mi genia de la lámpara maravillosa, Carmina, mi abuelitina, fue una criada. Teté, su hija a quien atiendo, dice que tengo su mirada, tan dulce…


Nuestra esquizofrenia ha sido que nuestros abuelos maternos eran anarquistas de los que fueron felices y plenos haciendo uso de trabajo y sus palabras. Sabes que lo que no consiento es que me mientan, manipulen o amenacen. Y a la guerra voy con todo. Y ahora estoy en guerra. Ante el desmoronamiento de nuestro mundo estoy en guerra contra el derecho, también el laboral, patriarcalizado, plutocrático. Las llamadas clases medias somos nietas de campesinas o criadas de ricos, pero eso no lo hemos trabajado como palanca de cambio. ¿Cuánto nos hemos protegido las nietas de las abuelas de la guerra de ser unas chachas de cualquiera? Muy poco. Parece que todas fuimos hijos de obreros industriales de los que elaboraron la semántica de una parte de la lucha de clases. Sacralizar los derechos laborales del trabajo asalariado es una patraña. En general lo de los derechos… se nos está quedando enano para un organización de la realidad tan impotente frente al desastre. Los derechos para todos, nos tienen todo el rato peleando por lo nuestro, como si lo nuestro no fuera del mundo entero. Un mundo al que nos debemos.

Llamamos a este blog #tehablaredemama porque de las madres se puede hablar, de los padres, menos y peor. No olvido que fue papá quien defendió a esta señora que nos ha traicionado. La defendió de que Deva comiera allí, la defendió de los celos de mamá, de nuestro hartazgo por su incoherencia, de sus acusaciones a todas las otras trabajadoras. Ahora queremos mantener el deseo del patriarca de estar tranquilo en su sofá sin que nadie le moleste como si por no moverse del sofá no le fuera a pasar nada… pero mientras Asturias, Orense, León arden, porque como dijo un bombero del Bierzo «la gente no se cree que un día arderán los Pirineos». Yo sí. Yo sé que sí. Que las tragedias no pasan en las casas de los y las demás, pasan en todas partes. Y es lo justo. La Gaza propia, la merecida… la nuestra.


Es difícil servir en un mundo que se desmorona y cuando no sabemos qué hacer destruimos. Vamos a tener que ser muy muy listas para poder seguir practicando la decencia. Nada jugará a favor porque solo nos han enseñado a acusarnos. A grabar a la vieja a la que cuidas por la noche para demostrar que no dormías, sin añadir que las hijas de tu jefe contrataron a otra persona para que descansaras. Contrataste a una amiga de otra amiga que está en ese limbo que la permitirá sacar papeles por un arraigo social que entre tanto a nosotras nos puede traer a la inspección de trabajo. La caja de Pandora de un sistema que busca sacarte dinero para tapar sus agujeros acusándote. El estado recaudando cual empresa privada irresponsable en sus cientos de caras b del infracuidado a la vejez a la que lo único que interesaba era sacarle cuartos y votos. Viejos, algunos, con nóminas que ningún joven sueña estabilizar. Pues sí… se ha abierto la caja de Pandora. Ahora nos tocará demostrar grandeza. En eso estamos.

La caja de Pandora de un sistema que busca sacarte dinero para tapar sus agujeros acusándote. El estado recaudando cual empresa privada irresponsable en sus cientos de caras b del infracuidado a la vejez.

Carta de Flor

Querida Eva,

A veces las decisiones a tomar se hacen montaña y yo trato de escalarlas pero el camino se descompone. Me paro e intento dejarme sentir qué es lo que hará menos daño y dejará vivir mejor a quienes me envuelven. Escribo listados, trazo horizontes y siento todo tan débil que, a ratos, veo absurdo sopesar, diseñar y marcar camino cuando, como ya nos ha pasado, lo que piensas en tu cabeza se sostiene escasos días. No paran de abrirse grietas insondables en las que mil factores ajenos e incontrolables van haciendo más profunda la fractura y es difícil encontrar un resquicio donde estar segura.

Yo no pienso que estoy en guerra y aunque siento furia por la traición me consuela pensar que debemos ser legión las personas que hemos caído en manos de trabajadoras que han dejado desplumados a aquellos de quienes cuidaban. Intento pensar que esta furia nos hará más listas y más cautas para la próxima. Me otorgo mi ración de culpa pues aunque papá dejó en sus manos gran parte de las decisiones de la casa, yo tampoco fui capaz de ponerle freno porque ello suponía perder una figura de confianza que a ratos me parecía insustituible. Ahora se ha demostrado que no era así en absoluto y, por supuesto, que nuestra confianza se basó en una cómoda ceguera para no generar conflicto ni con papá, ni con ella.

Estos días leía en este cuaderno de Molinos la historia de Greg Gulbransen quien encontró un propósito después de la tragedia de atropellar y matar a su propio hijo de dos años con su coche. Consiguió cambiar la legislación e introducir la cámara trasera para los vehículos y ha dedicado gran parte de su vida posterior al accidente a rescatar a jóvenes del Bronx en riesgo de exclusión. Imagino que encontró ahí su salvavidas para no acabar sumido en una depresión que no le dejara vivir después del atropello. Y cuando tú hablabas de la palabra grandeza, me vino esta historia a la cabeza.

Sé que el diapasón de nuestra escritura marcará los pasos de lo que venga. Y lo sé porque justo durante estos días oscuros he tropezado con la poesía de Begoña Abad. Y ahora sueño con que nuestro futuro se columpie en esta estrofa final de su poema Mater Amabilis «Mi madre y yo sujetamos recuerdos olvidados como podemos, a veces con dolor, otras con risas, siempre con esperanza».

«Mi madre y yo sujetamos recuerdos olvidados como podemos, a veces con dolor, otras con risas, siempre con esperanza».

Begoña Abad

Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo