
Carta de Flor
Querida Eva, gracias a ti estoy pasando unos días en la Vall d’Aran que se ha convertido en una sala de curas para mi maltrecho ánimo. Llegué aquí paralizada por el desastre que se ha desatado tras sacar a papá de la residencia.
Antes estuve tres semanas internada en su casa. Durante ese tiempo logré acomodar el espacio a sus limitaciones y facilitar su convivencia pero toda la estructura de cuidados que tenía prevista se ha derrumbado. La persona que lleva años ayudándonos en su casa y que tenía un contrato de interna ha iniciado un conflicto laboral y ahora estamos envueltas en un embrollo emocional, económico y legal que no fuimos capaces de prever ni anticipar.
A menudo pensamos que podemos diseñar el futuro y tomar decisiones sensatas pero lo cierto es que luego la vida, sus sobresaltos y sus tensiones son quienes marcan el camino, más allá de aquello que fríamente y sobre el papel nos veíamos capaces de abordar.
Durante estas últimas semanas nos hemos visto poco pero hemos hablado cientos de horas, valorando escenarios de futuro, meditando qué pasos dar, suavizando las culpas que una echaba encima de la otra, cauterizando nuestras heridas y buscando consensos. La palabra y la sororidad nos siguen ayudando. Las conversaciones con otros miembros de la familia nos ofrecen visiones desde fuera que nos influyen y nos ayudan, pero el peso de las decisiones sobre la vida que les quede a los papás sigue recayendo sobre nosotras y, para mí, eso es una pesada carga.
En este escenario desde el que te escribo, con miles de abetos observándome, trato de diluir tanto espesor. Busco el silencio del viento detrás de mi jadeo mientras alcanzo alguna cima o algún ibón que ponga punto final a mi caminata. Pongo atención a la oruga fosforescente que todavía no se tornó mariposa. Fotografío árboles caídos que siguen albergando a miles de seres vivos. Pero sobre todo deseo estar poseída por la ligereza de esa libélula azul que se posa sobre la flor de un cardo con la misma pasión y alegría con la que a mí me gustaría gobernar nuestra vida.
A menudo, pensamos que podemos diseñar el futuro y tomar decisiones sensatas pero lo cierto es que luego la vida, sus sobresaltos y sus tensiones son quienes marcan el camino.
Carta de Eva
Querida Flor, efectivamente aquí estoy en nuestra casa familiar. Me voy recuperando de lo poco que manejo mi existencia. Nada más llegar pasé a gritar a la trabajadora interna. No quería. Me había propuesto no interferir en lo que habías dispuesto porque tenía la impresión de que no iba a servir. Pero ni eso pude. Como te dije he llegado a mi límite de capacidad de gestión de la situación de los papás fuera del entorno residencial. La relación con las trabajadoras internas facilita la perversión. Demasiada vulnerabilidad de todo el mundo en juego: de las trabajadoras pero también y cada vez más de quienes las empleamos/emplean. El problema es que ahora además el empleador, papa, ya no ordena y somos nosotras las responsables de un oficio que sinceramente yo aboliría.
He hecho un recuento y en estos quince años desde que comenzó lo de mamá, pasando por Esme, Manolín, Teté he negociado con 19 empleadas después de haber atendido el envejecimiento de entre cinco y siete viejos. Mi relación además con los migrantes es complejísima entre otras cosas porque me empeñé en ayudarles como si fuera a saber hacerlo, como si pudiera. No sé qué me creí. ¿Europea, algo más rica? Desde luego sé que demasiado empeñada en dar soluciones. Mi conclusión es que con casi nadie a quien he resuelto ayudar, he acabado bien del todo. Algo bien, a veces sí.
La interna de los papas en los últimos seis años se había acostumbrado a mandar, le dábamos todo lo que pedía, papá la protegió para eso y ella cayó presa de su propia trampa de amparar dependencias fuera de límites soportables para ella misma. Venía tiempo dando señales de estar cuidándose mal a sí misma y desde ese lío en que está ahora nos quiere demandar… Que lo haga. Eso le dije. Hazlo pero no nos amenaces porque miedo no admitimos. Simone Weil escribía que el hambre y el miedo es lo que estamos obligados a no tolerar.
En nuestra familia he jugado mucho el rol de fusible: siento y cortocircuito lo que va mal. Por eso detoné la disputa. Cuando nos pusimos a hablar protocolariamente, ella me dijo mi abogado me ha dicho que no hable. Y yo empecé a gritar. Debí callar y no supe. No podríamos hablar y grité. He hecho memoria de mis gritos y he gritado cuando no me escuchaban, ni se escuchaban, ni recordaban. Cuando no podía hacer otra cosa. Grito cuando otro amenaza a quien quiero, grito, aunque no quiera. No manejo, no lo preveo, de repente grito. Ahora bien después de gritar a quien he gritado, que ha sido poca gente, curiosamente a mis jefes, mis parejas y conductores… suelo llorar, abrazar, hacer las paces, y aún así cambió el vínculo radicalmente porque si he gritado una vez puede repetirse y no hace bien a nadie gritarse. Hace un daño enorme a quien grita. Un acto de desamor impotente y patético. Ahora me toca callar, perdonar y perdonarme.
Encuentro en la casa todos tus intentos para no tener que meter a los papás en un residencia y me entra una angustia que no consigo que haga llanto: miro el espejo que compraste para que papá se afeite sentado en el baño, las sábanas de algodón para no suden tanto, las dos camas articuladas y el colchón antiescaras, el nuevo sofá, la silla de plástico para ir al baño, las dos sillas de ruedas, el andador, la nueva disposición del salón que nos tiene mirando por la ventana en vez de mirando la tele. Nada más llegar yo además mamá me volvió a decir: ¡que guapina mi casa! y mira esa de ahí soy yo cuando me casé (señalando el cuadro que les hiciste para celebrar las bodas de oro). Mamá con esa demencia eterna que parece no evitar que cuando necesita siga dando todas las puntadas que necesita con hilo. Anoche Ivonne, la trabajadora que ahora nos queda, me dijo que casi lloró contigo cuando papá te dijo que en la silla de ruedas no piensa salir de casa. Fue el primer punto de alerta de que igual todo tu esfuerzo no vaya a bastar.
No sabemos cómo acabará… pero sí sé que ni las libélulas ni las mariposas gobiernan su vida. Viven con «pasión y alegría» hasta que mueren. No dominan, viven. Nosotras también.
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vuestras cartas me traen recuerdos y una gran empatía. Situaciones vividas y situaciones presentes. El temor de no saber afrontarlas bien y la culpa que está al acecho para caernos encima.
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Muchas gracias por leernos, Marga… Nos pasamos la vida luchando para que temores y culpas no se nos echen encima.
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