
Querida Flor:
Este año, no hago más que corregirme. Sé que he de cambiar pero cuesta hacer lo nuevo. Me lleva doliendo el cuerpo una semana para decirme que no debo salir corriendo a volver a ser la hermana pequeña, la Evina de papá, a que mamá me diga que soy especial, más que tú. Nos quisieron bien pero también comparativamente. Fueron una generación atravesada por la meritocracia del «España va bien» que a día de hoy nadie nombra.
No debo salir corriendo, pero temo no hacerlo y por eso no lo haré. Este año he tenido un carcinoma in situ. No necesité tratamiento pero tengo una raja en la teta y soy de mal cicatrizar. Si me acaricio la herida me da respingo, escalofrío. Sano lento y me duelo largamente. Desde niña somatizo. Antes tomaba ibuprofeno, como mamá, hasta que un día dejó de hacer efecto. Sé que la naturaleza no derrocha y por eso atiendo a mis daños y a mis temores, ellos me indican cómo seguir. Aprendo a querer lo que desafía, como querer a papá y a mamá envejeciendo como pueden. Quiero agradecer que no recuerden, no anden, me traten como a una cuidadora. Es difícil pero enseñará a agradecer morirme yo, cuando toque.
Con la tía Esme, lo agradecí. En mi conciencia pesa la bronca del médico de paliativos: si un enfermo no quiere saber, no debes decirle. Yo respondí: ¿y si esa enferma, como no desista, acaba en una cama de hospital después de haber pasado un año muriéndose en el sofá de su hermana…? ¿Es eso justo para quienes le han cuidado cinco años más allá de sus propias fuerzas? El médico sobre el espesor de atenderla más allá de su intervención, no quiso opinar. Esme, a la semana de saber que no iba a curarse, suspiró una tarde viendo la telenovela y murió en un sillón que a día de hoy todas amamos. Escribo sobre ese episodio, a menudo, porque aún dudo si hice bien.
En unos días sacarás a papá de la residencia y he de dejarte hacerlo sin mariposear alrededor con un «no lo veo» velado mientras mal arreglo mis cosas como suelo. Cada palo con su vela, como acto de sororidad. Mi vela necesita sacarme de seguir enfadada porque me criaran castrándome tanto. Hay que soltar a los hijos y a los padres. Criamos como podemos y ni tus hijas son tus hijas siempre, ni tus padres terminan siendo tus padres. Somos un trasunto de lo vivo y lo que hay que saber es qué plan tiene lo vivo para ti.
Yo he estado los últimos quince años aprendiendo sobre ese «saber hacer lo que la vida requiera» pero no sé cómo compartirlo. Sé que he perdido el miedo político, y aunque EEUU haya atacado a Irán, no me asusta. Ya perdí el miedo social aprendiendo a respetar la pobreza, lo que me enseñó a querer poco y cuidar mucho. Ahora he de aprender a compartir lo que me vivifica, sin pretender salvarme yo ni salvar a nadie de nada, sin dominar, sin temer, agradeciendo cada día y cada gesto que hace que en un mundo destructivo en extremo yo vaya a «hacer lo mío» para poder seguir viviendo, cuidando, amando también a quien no me obedece, atiende o da la razón.
Querida Eva:
Es verdad que crecimos comparándonos. Aprendimos a manejar la rivalidad pero cuesta quitarse de encima la comparación porque los seres humanos aprendemos imitando mientras queremos ser únicos y tratando de casar ambas cosas se nos pasa la vida. Y cuando tienes una hermana cerca eso es más perceptible. He optado por armonizar en vez de rivalizar, por exprimir lo bueno en lugar de horadar en la envidia. He admirado esas capacidades que has desarrollado talentosamente: tu conciencia analítica, tu contundente elocuencia y tu potencia narrativa, tu dejarte llevar por pensamientos que sabes donde nacen pero no dónde terminan y que han construido mundos como este blog que ya lleva más de dos años alumbrándonos el camino.
Me dices que este año tú te corriges, mientras yo he ido optando por defender la alegría para aguantar todo lo que se nos ha ido viniendo encima: la dana, la operación de Deva, tu enfermedad, la de papá, la entrada en la residencia y la caída de nuestro último castillo de naipes que rematamos llorando mientras cantábamos a gritos con Ed Sheeran «Castle on the hill».
He decidido seguir sonriendo y celebrando, en primer lugar, que tu enfermedad ha pasado, que seguimos vivas y que, mientras pueda y me queden fuerzas, no quiero delegar los cuidados de los papás y quiero intentar que sigan en casa, viviendo con algo más acorde a la familia que económicamente somos. Sinceramente me sigue pareciendo una aberración pensar que por sus cuidados hay que pagar más de seis mil euros mensuales. Me pregunto ¿Qué familia se lo puede permitir? ¿Por cuánto tiempo? ¿Cómo lo encajamos cuando toda la vida se nos llenó la boca hablando de nuestra procedencia de barrio obrero? ¿Qué mundo tan loco hemos construido que hemos normalizado pagar tres mil euros al mes por atender a una persona mayor cuando la pensión media en España ronda los 1.300€ ?
Navego en un debate moral y económico con un timón cargado de emociones. Me resisto a perder el rumbo de sus cuidados, a no verles morir en casa, a dejarles en manos de una institución que decida qué comen, cómo duermen y cómo transitan el tiempo que les quede de vida. Es cierto que su casa ya no es la que ellos diseñaron y ni su capacidad ni su movilidad les permiten manejarse de forma autónoma pero siento que en ese espacio se les escucha, se conoce su pasado, quienes están con ellos saben cómo se llaman sus hijas y cuántas nietas tienen, cómo se ganaron la vida y cuál es su comida preferida o su color de uñas favorito. Además me gusta pensar que todavía algún objeto de los que tienen por casa les llama para viajar al pasado.
Aprecio el cuidado que a papá le han dado en la residencia. Valoro lo vivido en estos tres meses como un inmenso regalo, la maravilla que es rodearte de seres ajenos y observar de cerca las mil y una vulnerabilidades que acompañan la vejez. Con todo, sigo apostando porque esas lámparas que cuelgan del techo de nuestra casa y que iluminaron su primera vivienda hace casi seis décadas sigan siendo la última luz que se apague cuando cada noche cierren sus ojos.

Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Debe estar conectado para enviar un comentario.