
Querida Eva,
Hoy comenzamos hablando por teléfono sobre cosas rutinarias y acabamos llorando. Nos pasa a menudo. Llevamos un año complicado e intenso. Hemos dibujado muchos escenarios y cada poco se nos borran. Estamos recomponiendo nuestro último sueño roto. Desapareció el horizonte de la Casa del Telégrafo. También derramamos lágrimas de alegría en un descanso en la Feria del Libro de Madrid recordando que la palabra cáncer asomó la patita en enero pero que tras la operación el buen pronóstico se hizo realidad y nos permitió estrenar junio bailando a Ed Sheeran, con la salud casi intacta y celebrando la vida.
Pese a todo, no paramos de tomar decisiones difíciles con demasiado material sensible en juego. La mayoría de las veces pensamos lo mismo y no cuesta llegar a acuerdos. Otras veces nuestras posiciones son antagónicas pero logramos dejar fuera la furia, darle espacio al diálogo, respeto a las decisiones de la otra y cesiones para permitirnos atravesar nuestros procesos sin condicionar excesivamente la vida de la otra. No es fácil, pero casi siempre conseguimos salir sin demasiados rasguños.
Ahora hemos decidido que papá vuelva a casa. Nos concedemos una última oportunidad de mantener lo que teníamos, de que recupere su espacio. Aplazamos el duelo de desmontar el hogar en el que crecimos. Pasaremos el verano probando si es viable o si cerramos definitivamente esta etapa y abrimos el escenario residencia para el futuro. Agradezco infinito a Selegna estos tres meses de estancia que nos han servido para quitarle la sábana al fantasma de entrar en un geriátrico.
Flor, querida…
Pues sí hemos llorado. En mi caso porque durante medio siglo hemos pasado los veranos en Asturias con los papás. Perdurar en algo larguísimo, poder repetirnos, nos hace. ¿Me pregunto si nos destruye que dejemos de repetirnos? Diría que sí, por eso hoy llorábamos. En lugar de salvar las vacaciones, tú quieres salvar nuestro hogar de hace más de medio siglo. Es razonable, pero la estancia veraniega en Asturias la abandonamos y siento rabia. ¿Ya no seré más esa que iba a Asturias con sus padres en verano a ser cuidada primero y luego a cuidarles? Afirmo que papá no añorará, pero dudo porque la única vez que se emocionó al entrar a la residencia fue contándole a la psicóloga que él era asturiano. De repente se dio un salto de un siglo a ese comic de la posguerra y comenzó a hablarle de Pinín , que de Pinón ye sobrín, y de su primo Tito que había construido con madera la madreña helicóptero y bote de barco que hay en el Aeropuerto de Asturias.
Parece que se nos cierra una puerta de 50 años ¿se abrirá una ventana, un portal? Ha de ser así, aunque cuesta no ceder. Dan ganas de hacerse un Sirat —entregarse a la herida y bailar hasta secarse en el desierto—. Esa es la semántica que triunfa y sino que se lo pregunten al melenudo al que han dado el premio de la Crítica en Cannes tras grabar raves en Mauritania a la que se llega en camiones tipo tanque. No he visto la peli, hablo del trailer y de sus entrevistas cortadas en cachitos en instagram. Da gusto oírle, suena dulce, hablando suave de crisis, de neurosis y de la duda de la capacidad de construir algo que no sea entregarse a la herida bailando, ensordecer el fin del mundo…
No soportamos lo que no dominamos y no dominamos la vida. Cuesta confiar en un todo va a ir bien, confiar en que sabremos darle la vuelta a este dolor, porque sabremos cambiar. Sin embargo sabemos cambiar, porque si lo pienso bien, si atiendo a lo vivo, he de saber que nada se repite si no cambia. «Me sucedo a mi mismo» escribió en un poema Lope de Vega. Y sí, nos repetimos porque pasamos. Y uno solo se queda muerto —o eso decimos quienes no hemos muerto—.
Tú necesitas pujar, de nuevo, por la vuelta a casa. Papá lo ha hecho bien en la residencia pero no quiere que entre mamá con él y no podemos tenerles a cada uno en un lado, así que lo sacamos a él. Ha sido un campeón, y nosotras, y la residencia. Ha estado todo bien y estará sin que este año disfrutemos juntas el veroño asturiano. Sin más relato. El drama justo. Somos en la medida que habitamos todo, cualquier cosa. Y se trata de preguntarnos cómo construir en lo que habitamos. Sea lo que sea. Incluso cuando te deja desnuda de identidad. Me va a costar. Lloraré y lloraré… porque no voy a saber cómo habitar un verano sin vosotros. Lo tendré que pensar, me lo tendré que preguntar… y lo escribiremos. Eso lo dignificará. Cómo habitar debe ser pensado cada vez.
Termino repitiendo a Weil en La gravedad y la gracia y esa frase de «es bien aquello que da más realidad a los seres y a las cosas y mal aquello que se la quita». Tú crees que el bien estará ahora en intentar por última vez el hogar familiar y te voy a apoyar, aunque yo creo que metería a mamá en la residencia, incluso con papá opinando en contra y antes me los traería de vacaciones haciéndome un Telma y Louise de viejos en coche alquilado. Sin duda, lo tuyo es seguramente más lo que quieren vivir, si es que aún podemos pensar que quieren vivir algo en concreto y no, simplemente, vivir sin más. No importa. Todo lo podremos saber solo al hacerlo. Luego lo escribiremos y estará bien. Te quiero mi vida.
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Todo lo que escribís me trae recuerdos propios: Asturias, la casa, los padres…la residencia. Os deseo suerte y que no dejéis de escribir
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Gracias por leernos, Marga. Escribir nos ayuda a entendernos y a querernos mejor. Ojalá podamos seguir haciéndolo muchos qños y que vosotras nos leáis.
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