
Querida Flor:
Seguramente para que le quiera papá estos días cuando he ido a verle a la residencia, me ha pedido una libreta y un boli. Le llevé una cualquiera y sin embargo, al abrirla, los dos convinimos que era una obra de arte. Varias hojas con unos números perfectamente escritos se dispusieron ante nuestros ojos, maravillándonos. Se trataba de la cotización de unas acciones que papá tuvo durante poquísimos años de su vida cuando también disfrutó de barquito a motor. El efecto Solchaga del enriquecimiento simulado, en este insólito país, facilitó a alguna gente un comportamiento de nuevo rico.
Aunque lo importante son los números que escribía papá. Para mí son una caricia, un baile. Tengo presente su mano moviéndose rápido, deteniéndose los dedos como a pensar y lanzándose al trazo con una precisión absoluta. Le he mirado escribir muchas veces porque durante un tiempo estudiamos juntos: él para ser el patrón de ese barquito y yo para aprobar alguno de esos exámenes que hice entre los 3 y los 18, ese tubo de deberes obligados del que luego un día te sueltan, como si fuera tan fácil acostumbrarse a otra cosa. Pero bueno ese es otro cantar.
Sus números para mí son un horizonte. Nunca me han salido tan bien como a él, ni de lejos. Con las letras sí puedo encontrar una caligrafía que permite un baile mano-mente completamente generativo. Hay una letra, la de mis libretas, que es rítmica, cadenciosa, y hay otra, fea, la que hago cuando me apremian o estoy obligada malamente a anotar algo que no quiero hacer. Forma—función.
El otro día también papá volvió a escribir justo esta frase «Lo que quiero es ver qué cosas/tiene el baile de las mariposas». Le grabé un video haciéndolo, la letra le ha mejorado mucho en la resi, desde que entró que apenas pudo firmar el contrato. Es importante porque deteniéndome en su caligrafía me doy cuenta de que papá supo defender a una persona que producía esa letra preciosa en todos sus escritos. Seguramente necesitó más que yo ¡la buena letra! En su generación es cierto fue una virtud. Y ahora con su parkinson desatado la está procurando recuperar. Esa letra y todo lo demás porque quiere salir de allí, aunque aún no, cuando sea menos cara. Y yo me estoy reconciliando con él, porque el viejito enrollado y despótico con el harén de hijas y cuidadoras a su servicio, le dejaba en una posición infame. Bendita caída, bendita residencia y bendita vida. Enfermamos para sobrevivir. Me ha costado entenderlo pero es así, ¡para que la vida triunfe de otra forma, cumpliendo con otras funciones!
Querida Eva,
Tu carta me ha devuelto a aquel taller de La Tetera en el que tú nos incitaste a autor-izar nuestras escrituras. De mi cabeza ha caído hasta aquí el momento en el que Pili nos relató como descubrió a través de sus apuntes de universidad dónde estaba su futuro. Aquel deleite con la caligrafía y con cuidar al máximo sus anotaciones de estudio reorientó sus quehaceres hacia el diseño gráfico, oficio que desde entonces ha sido su principal sustento vital.
La letra de papá redonda, cuidada, perfecta es casi una tipografía, un cuadernillo de Rubio sin repeticiones. Siempre me asombró su homogeneidad y claridad, quizá porque mi letra es un desastre. Le hemos regalado varias libretas y recuerdo las últimas hojas que llenó hará dos o tres años cuando pese al incipiente parkinson todavía conservaba una ejecución preciosa.
En el pelotón de recuerdos veo su lápiz danzando sobre el papel hasta alcanzar la perfección que me muestra una vida dibujada a base de letras. Observo su mano diestra, sus dedos robustos de yemas arrugadas con uñas que apuntan al cielo. Le veo deslizándose por una libreta que ya es retorno y eternidad, caligrafía que une lo que fue con lo que es.
Habrá que proponer a los animadores de la resi que en lugar de bingos y concursos de domino organicen un taller de caligrafía. Seguro que a papá se le llena la solapa de medallas.

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