La Casa del Telégrafo

Querida Eva,

este 2025 que amaneció con calma se ha transformado en un tsunami que no dejará nada en su sitio. En estos momentos no tengo dibujo posible para los días venideros. Llevo treinta y seis años de mi vida con los horarios condicionados por trabajos asalariados. Desde que a España llegó el euro he llenado miles de neveras gracias a esas palabras a sueldo que parecen tener fecha de caducidad cercana. Durante las últimas semanas cada vez que entro en nuestra casa familiar hago un duelo. No veo a papá sentado en su sillón de siempre. Abro mi escritorio de adolescente y voy deshaciéndome de apuntes de la carrera con mi letra de los veinte años fosilizada. Me tropiezo con los informes psicopedagógicos que sobre mi emitieron las salesianas. Recupero cartas de mis primeros amores que deseo guardar y consigo desprenderme de otras muchas haciendo un ejercicio de cumplimiento de post y aprendiendo a soltar. Me digo que es hora de cerrar y volver a abrir. Las canas que me habitan mantienen a raya un vértigo que me atraviesa y lucho contra él repitiéndome que soy la ama de mi destino y la capitana de mi alma. Sé que casi todo lo que venga será elegido. Pese a ello a ratos tiemblo porque hoy vuelve a empezar todo. Agradezco el regalo que es la vida y los aprendizajes que la vejez que me rodea me devuelven. No quiero dejar que me ahoguen y a ratos dudo de si sabré hacerlo, de si seré capaz de poner por delante la escritura a los cuidados, de equilibrar la balanza para que sea justa para cada una. Nuestras ancestras lo consiguieron sin tanto drama ni tanta externalización de los cuidados, sin tanto miedo a la muerte ni a lo feo, sin alejar ni recluir todo lo no productivo en manos de empresas que hacen negocio con el deterioro y con la prisa. Me refugio en nuestros futuros talleres literarios, en esos retiros de escritura, en esa Casa del Telégrafo que es nuestro sueño y que, de momento, atisbamos en nuestro horizonte.

Querida Flor,

cuando me subí al tren, tras diez días en Valencia, necesitaba llorar unas cuantas horas. No pude porque dos espléndidos setentones ingleses se plantaron enfrente mía a jugar a las cartas. Íbamos sentados en una mesa de cuatro como la que nos permitió traer a los papás a Asturias el verano pasado contra viento y marea. Menos mal que también aprendí en otro momento nada fácil de mi vida a congratularme con su insoportable levedad y en lugar de llorar me he puesto a escribir esto.

Andamos asustadas con no poder jugarle una trampa al destino haciéndonos con la Casa del Telégrafo que empleó a papá cuando era apenas un adolescente. Creemos necesitar un nuevo escenario para soportar acompañar a los cuerpos que no pueden salvarse. Es duro acompañar la insostenible decrepitud, pero lo queremos vivir porque enseña a agradecer la muerte. Lo aprendimos con Esme y su larguísima convalecencia.

Las cosas son más tramposas, sin embargo. Ante nuestra corta vida biológica permanecen imperturbables y has de ser tú la que se arme de valor y traslade o tire la cubertería de la boda de tus papás del lugar que ha ocupado los últimos 52 años debajo de la licorería del mueble del salón comedor. Nuestras posesiones cuando ya no las podemos manejar, pasan a evidenciarnos ellas. Como a papá, que en su mesilla de noche guardaba todos los telegramas que recibió cuando murieron sus padres y también invitaciones de bodas de familiares. El otro día descubriéndolo, lloré y entendí ese daño que le hice, sin querer, al casarme sin su presencia, suponiendo que él comprendería que para mí una boda era un fastidioso trámite burocrático para saltarme la ley de extranjería.

Con todo, quiero dejar de abrir cajones para relamer mis heridas… El 2025 nos trae la posibilidad de abandonar no solo esa casa familiar, sino también, en tu caso, tu oficio y en el mío mi desoficio. Así pues quiero preguntarme contigo de qué nos puede servir hoy hablarnos de mamá. Y me respondo que sobre todo debe permitirnos encontrar el valor para en ningún caso reprochar a un viejo enfermo que no siga siendo nuestro padre, como si pudiéramos preservarnos a voluntad. También quiero creer que discernir qué cosas salvar, y cuáles perder sea una forma de aprender a amar el cambio. Estoy obsesionada con ser eficaz para escoger qué cosas salvar y para qué. Por ejemplo, las copas del salón tengo pensado estrenarlas, treinta años después, sin miedo a que se rompan al brindar. La Enciclopedia del Mar de Jacques Cousteau sueño con compartirla para su lectura analógica en tiempos de apagón, incluso el visor de las diapositivas que le acompañaba, me resulta una fantástica herramienta que solo necesita luz para aprender a amar a la vida marina. Sin embargo, la mesita redonda bajo cuyo seno habitan todos los Premios Planeta con sus tapas duras incluidas, me van a dar para una buena quema. En un sanador ritual para extirparme de cuajo la reverencia a esas ficciones sobre la insoportable levedad del ser… tanto drama de idólatras, narcisistas, cagones que nos han colmado de relatos donde enfermar o morir es gravísimo. ¿Gravísimo que enfermen o mueran dos viejitos maravillosos, que además ante los cambios están sacando bondades y agudezas tan graciosas y tiernas que noquean a la más pintada?

Pues sí hoy día de la madre no sabemos cómo, pero sí sabemos que hemos de seguir hablándonos de mamá… porque no nos ha pasado, ni nos sigue pasando nada mejor que la vida que nos traspasó y traspasamos cada segundo. Bendita seas mami. Y tú, papá también.


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2 comentarios sobre “La Casa del Telégrafo

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