
Querida Flor,
Hoy te escribo con un boli feo que permite escribir muy bien. Lo feo no hay que tirarlo. Estos días de esperas, de biopsias y punciones extractoras y llamadas de “tienes que” venir otra vez… mi cabeza se disparó. Compadezco a Stephen King por soportar lo que ha llegado a escribir sobre lo que teme, le aterroriza o asquea. Sostener el desacuerdo entre imaginación y acto es horrendo. Weil considera que es mejor reconocer que una sufre que decir «este paisaje es feo». Y sí, he sufrido inmenso. No concibo la palabra sin su inmediata afectación en mi cuerpo, comportamiento, todo. Opté por aceptar. Si todos estos mandamientos médicos te están aterrorizando, múdate a un mundo donde la enfermedad no asuste. Funcionó. Así que me he producido una ficción donde la vida se conjuga en pasado, donde la muerte no existe porque no existe la jerarquía.
También busqué leer lo que me calma: a Benoit Mandelbrot y lo fractal, sobre la ramita caída de la araucaria, la geometría cadenciosa de la naturaleza. Mandelbrot aseguraba que la imaginación se cansa antes que la naturaleza y me lo aprendí y supe que ganará el mar, el amanecer, la ría, el pajarito. También he cantado y leído en voz alta sobre todo a Weil que en su texto sobre el Mal dentro de La gravedad y la gracia advierte de que dejar que la imaginación se demore con lo malo implica una especie de cobardía, uno espera gozar con lo irreal. Para Simone, la irrealidad quita bien al bien. Weil es una barbaridad, no permite leerla sin incorporar sus palabras a tu vida y sin ofrecer plenitud a tu atención. También me hizo bien leer a Migue Martínez que justo me compartió un texto a propósito de cómo acompañarnos cuando enfermamos. Precioso libro será, no lo dudo.
Y nosotras Flor con Deva y Laia. Escribirnos ese quitarnos a nuestra madre de encima que igual un día es nuestro best seller. Entre tanto me quedo con otro fragmento de ese libro de Weil, El sentido del universo, en que propone: Asociar el ritmo de la vida del cuerpo con el ritmo del mundo, sentir constantemente esa asociación y sentir asimismo el permanente intercambio de materia por el cual el ser humano está envuelto en el mundo. Quiero traerte aquí, ahora, a esa bandada de pajarillos electrizantes que se posaron por unos segundos en un arbolito desnudo. Como hojas de una súbita primavera mis lágrimas saltaron también con ese baile de hojitas de pájaro mientras Alfonso a mi lado seguía construyendo su casa otra tarde gris, lluviosa, fría, pero tan viva, tan bella.
Querida Eva,
Simone Weil fue tu refugio y el mío fue pensar en todo lo que nos queda por hacer y en la fortuna de nuestra vida juntas.
Traté de aparcar ese destino genético que nos acecha. Intenté aplacar la inquietud con lecturas. Pensé en el cáncer lo menos posible y a ratos me maldije por haber hablado contigo demasiadas veces de ello. Se me antojó que deberíamos dedicar nuestro tiempo a hacer cabañas como yayabushcraft en lugar de darle tantas vueltas a la vejez y a la enfermedad. Me brotaron los dos verbos que te salvaron cuando te separaste de Gerardo: enfriar y apoquinar. Y congelé mi miedo para sacarlo de dentro sin que lo enfangara todo. Luego sequé mi cuerpo con trapos pintados de esperanza y de proyectos vitales. Y así hasta que unas horas antes de que se desvaneciera la incertidumbre, en la mesa de mi trabajo apareció la bolsa que ilustra este post. Me la enviaba mi querida amiga Charo con una preciosa carta. Su regalo me demostró que las casualidades no existen.
Al día siguiente saboreé que, como dice Carlos Risco en su «Objetos a los que acompaño» amanecer es la mejor noticia. Y vi un sendero de baldosas amarillas pisadas por dos canosas con zapatos rojos. Esa mañana tu foto del sol naciendo sobre la ría del Nalón se transformó en un renovado pasaporte hacia el futuro.
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