Trenzando miedos y propósitos

Querida Eva, la vida es un continuo sobresalto. Empezamos enero celebrando los 60 años de Alfredo y ahora respiramos sumidas en la incertidumbre que nos genera la espera de una prueba médica. Mi cabeza, cargada de esperanza la mayoría de las veces y de catástrofes en otras ocasiones, se ha convertido en un enjambre en el que zumban nuestros miedos. Me decías el otro día que en estos periodos hay que dejar que el cuerpo trabaje con esas emociones sin bloquear nada. Y yo, más miedosa que tú, le pongo freno al terror para que no me paralice y me lleno de listas de propósitos para 2025. Te veo leyendo la tesis en la autónoma rodeada de quienes hemos visto salir de tu cabeza ese maravilloso y revelador texto. También nos observo juntándonos para comer pasteles y pasear por Bustos deteniéndonos en la casa de El Pito que te acogerá tras sus ventanas. No sé cuántos cientos de palabras escribiremos juntas en este segundo año de blog pero sea el número que sea seguro que nos servirá para exprimir la vida y cuidar mejor a la progenie y a los viejit@s. Y a partir de ahí, ojalá ponerle voz a nuestros textos o grabar un podcast con esas entrevistas de juventud que reposan en las cintas de casette familiares. O abordar alguno de los libros postergados y que tantas veces aparecen en nuestras conversaciones.

Una vez concluida mi lista de deseos disfrutemos de las pompas de jabón y de esa fragilidad que da brillo a cada minuto de nuestra existencia y gocemos de que la primavera se acerca acompañada del sosiego de tus amaneceres frente a la ría. Sister, ya sabes que te quiero hasta el infinito y más allá…

Querida Flor, hoy estoy tan llorona que me doy risa en un enero con demasiadas cosas por hacer de las que no gusto en absoluto. Mi capacidad de fabular «cenicismos» varios, me dice ahora será cuando a perra flaca aparecerán las pulgas. Aunque puestas a dejar a mis miedos tomarse el relato he descubierto algunas cosas.

Fuera de atender a la gente que quiero y cuidar lo que me rodea, no haría nada. Tampoco me gusta terminar cosas y sin embargo he de depositar la tesis o me expulsarán de esa universidad a la que necesité interpelar cuando me quedé sinsentido hace unos años. Me enfada dar por concluido algo. Me pasó con la novela y ahora con este texto que he de depositar. Las dos escrituras respondieron a una crisis: la novela a la de juventud, la tesis a la de madurez.

Por otro lado, valoro las instituciones, algunas obras, pero soy de natural iconoclasta. Nulamente idólatra. Reverencio casi cualquier manifestación de la existencia —vamos que vivo flipada con todo— menos las que parecen importantes y terminadas. Más que esfera, pompa de jabón: como estos intercambios nuestros, tan ingrávidos y gentiles, pero cuyas afectaciones son palpables e inmediatas para nosotras que cada vez más recurrimos a la escritura para ayudarnos, como hice con Deva estos días.

Y sí, me violenta el discurso médico, sus pruebas pendientes y sus diagnósticos; pero, he de aprender que no puedo nombrarlo todo, por sencillo que me sea. Como he de conseguir subirme a un avión y no estar alerta a identificar todo ruido como peligro. No porque no maneje la máquina que me lleva he de alarmarme, eso es. Es curioso que sea la persona que conozco más obsesionada con luchar contra toda forma de dominio, justo porque dominar yo quizá sea mi pulsión más fuerte. Una sargenta Esmeralda llorona, eso estoy hecha… jajaja… Mucho bebé feliz requiere templar semejante «mandonismo» y muchas risas y llantos… y respiraciones. Todas las respiraciones. Gracias narizota y a Deva y Laia… que tanto nos cuidan.


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