Destellos de vida

Carta de Eva:

Flor, cielo, esta navidad llegamos a tu casa y lo habías preparado todo, incluso pusiste el árbol para Laia. Luego Alfredo tuneó vuestro calendario de adviento con nuevos bombones, poco antes de su cumple el 4 de enero.

Con Alf sigues arrejuntada, ni pareja de hecho os habéis hecho, ni falta que os hace, me digo, porque no os soltaréis nunca.

Las fiestas parecían imposibles, pero las vas haciendo. Tienes ímpetu de narizota desmedida y yo me apunto a un bombardeo como nuestra mami. Así todos los desafíos se han dado: las operaciones programadas, los desmayos, los ataques. Yo he estado llora que te llora, y cada ratito respirando hondo, hasta el cuenco vaginal como aconseja la que anima a cantar a María.

En fin, que aún con todo en nuestra contra nos hemos propuesto escribir en este blog sobre una celebración en una barraca valenciana y los amores de pareja, que es algo de lo que madres e hijas también debemos hablar.

Carta de Flor:

Ay Eva, han sido unas Navidades tan extrañas. La operación de Deva para reconstruirle el tabique nasal el día 23 de diciembre y papá con sus continuos desvanecimientos no han permitido festejar casi nada. Menos mal que la energía nos dio para celebrar el 60 cumpleaños de Alfredo, la persona con la que llevo casi media vida conviviendo.

En este blog hemos escrito pocas veces de esos afectos que no entran en el territorio de la maternidad, quizá por pudor o por no meternos en ese terreno con tantísimas aristas. Pero tienes razón cuando me dices que madres e hijas deberíamos hablar mucho sobre los amores de pareja, tengan la forma que tengan. Yo siempre he tratado de quitar foco de ahí. Tú sabes mejor que nadie que he puesto mucho peso en otros vínculos que no eran los de pareja y que hemos leído, en solitario o conjuntamente, libros que nos han ayudado a analizar este tipo de relaciones desde muchas perspectivas. Y a lo mejor ese es el secreto de la estabilidad de mi vida con Alfredo. No lo sé. Lo cierto es que llevamos juntos desde 1996, sin casarnos ni acabar de formalizar nuestra convivencia pese a las indicaciones de las abogadas que tenemos cerca, que no paran de repetirnos que deberíamos hacerlo ya… A mí me basta con que en estos casi treinta años de vida en común hayan existido muchos espacios de libertad y un profundo respeto por la vida del otr@. Tenemos intereses completamente dispares, energías vitales distantes, capacidades antagónicas y, pese a todo, seguimos juntos.

Yo misma me sorprendo cuando miro atrás y pienso en la cantidad de kilómetros pisados junto a sus botas, en las lágrimas derramadas por las pérdidas familiares o de amig@s, en los muchos conciertos bailados al mismo son, en las mudanzas, en la crianza compartida y en las miles de horas escuchando al otro: su respiración, su silencio, sus risas, su entusiasmo o su desesperanza… Todo ese acompañamiento vital me parece muy valioso, pero saber que podríamos vivir sin el otro ha garantizado tanta duración. Hemos crecido juntos sabiendo eludir las dependencias vitales excesivas. Todo ha sido orgánicamente fácil y los ajustes se han hecho de manera sencilla y sin meter mucho drama a casi nada.

Me fascina pensar que Alfredo acaba de cumplir 60 años y que gracias a ti y a sus hermanas fuimos capaces de festejar su vida rodeadas de huerta y cosiendo a nuestra memoria un destello de felicidad colectiva. Aunque fue imposible reunirles a tod@s, juntamos a muchas personas importantes para él, rememoramos su vida a través de imágenes sin dejarnos contagiar por la melancolía y brindamos para que el devenir del tiempo no consiga apagarnos las sonrisas de ese día. Hoy siento que algo debemos estar haciendo bien… así que ¡¡Un millón de gracias!!


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