
Querida Eva,
Hoy celebro mis 57 otoños casi sola, sentada, sin mochila ni caminata por la montaña. La maldita DANA se me metió en el cuerpo dejándome casi inmovilizada. Desveló una flaqueza que desconocía. Dos vértebras desgastadas por los años quedaron aplastadas por el barro y los trastos que quité en las últimas semanas hasta que el dolor me dejó paralizada.
Aún así, hoy celebro a la persona que debe aprender a vivir con esta nueva fragilidad. La celebro sobreponiéndome a la tristeza fangosa que nos ha dejado la DANA y poniendo atención en el cuidado de este cuerpo que sostiene mi vida.
Miro las fotos que pongo en este post y celebro la alegría de este año que cierro. Sé que inauguro mis 57 acompañada de personas que me quieren, como me dijo Laia, de aquí a la luna aunque sea a pasitos de tortuga como los que ya voy dando.
Querida Flor:
Todavía miro el billete para Valencia y me digo, me voy. Me planto en su casa y la abrazo doscientas horas, pero luego pienso: no. No hace falta. Ella sabe y yo sé. Y con eso basta. Como me bastó a mí en mi cumple. Ya escribimos juntas. Llevo toda la semana haciendo el bebé feliz, me pongo y lloro… y luego limpio la casa, miro la tesis, pinto donde Alfonso, lavo ropa… y respiro hondo porque tú malita, ya lo sabes, para mí no puede ser. No cabe. Y para más inri va a ser una navidad tan rara que yo en Asturias no he puesto ni el árbol. Mola cuando la vida se repite, pero es más ficción porque para repetir apagas muchos cambios y lo cierto es que nada permanece igual ni un segundo. A veces el cambio se impone con pinta de nariz deformada o de columna artrítica y en el fondo es mucho más pleno porque atiende a lo que hay, no a lo que tu comodidad cree conservar.
La paz que me dan los amaneceres me hace pensar en el cambio y en aprender a cambiar, saber cambiar, disfrutar de cambiar. Parte de la actitud ha de ser de entrega a aceptar la vida, sin saber que te deparará y buscando por todas partes lo bello. Lo que va a pasar podemos mirarlo como un amanecer que no sabemos bien cómo saldrá pero saldrá. Recuerdo el tiempo de la convalecencia de mi operación de pecho como un tiempo de aprender a asumir mis decisiones y calmarme. Luego llegaron momentos de mucha paz, ese entregarte a lo que duele de tu cuerpo, a cómo comportarte para calmarlo un poco y así concentrada en calmarlo ir constatando que pasará. Son tiempos importantes para cobrar valor y vivir lo que más miedo nos da vivir. Yo ahora, con mucho mimo, me dedico a vivir mis temores, mis miedos, mis ascos: lo hago dándome consuelo, enterneciéndome… El otro día fui a la revisión de mis tetas con el coche de papá entre los jabalíes, en la madrugada de una noche cerrada y temblaba y me perdonaba. Como las heroínas de las batallas importantes.
Bendita seas, Flor. Te quiero mi vida.
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