Memorias poéticas de un padre

Querida Flor,

Hoy he llamado a papá, me armé de ánimo como cada vez que descuelgo el teléfono últimamente. Sé que cuando me decido a llamar no debo esperar que lo cojan, para empezar. Hoy por ejemplo papá al descolgar, después de dos intentos, me ha dicho: ¡anda, si pensaba que llamaban a la puerta de abajo! Pero no, era el teléfono que reposa a su lado en el sofá el que proveía el sonido.

Tampoco puedo suponer que le vaya a apetecer hablar, y si percibo que hoy no toca, no me ha de importar. Ahora bien, si, como hoy, sí que tiene ganas y habla un cuarto de hora, hay que subirse a la ola y disfrutar. Incluso cada vez que te irrumpe mientras le hablas, para preguntarte: ¿y Layina? ¿Y bajáis a comer con Teté? ¿Y Alfonso? Hay también que precipitarse para meter una y así conseguir que me siga dando buenos consejos de, por ejemplo, dónde encontrar castañas y de cuántas comer, no vaya a ser que me engolosine y luego pase una semana con dolor de barriga.

Urbanín hoy incluso me ha dado infinito ánimo para construir las paredes de la casa, que es mi próxima misión imperante. Yo sé que el respeto a la albañilería lo llevo en el alma. ¡Cómo admiré al padre de Alfredo lo atestigua! La integridad de quien se sabe capaz de darse un techo es algo que quiero lograr y sé que eso implica mirar, por un rato, el mundo desde su perspectiva.

Cuando le contaba a papá cómo va la obra de la casa, concretamente me ha dicho: «hay que empezar con ritmo de victoria» y me ha parecido tan poético. Tan poderoso. Papá conserva la garganta joven, tiene el aparato fonador y la vista de un niño mayor. No todos los órganos envejecen igual. Es impresionante. Mamá casi no ve pero le funciona el oído con una agudeza sin parangón. Y así hay que saber quererse, entre los órganos que funcionan y los que no, sin miedo, usando del amor, de la confianza en su capacidad de conjurar a la muerte un ratito más y entre tanto darnos el respeto suficiente al coraje que aún nos quede a cada quien para aguantar la vela que nos lleva. Eso. Poco más.

Querida Eva,

Hoy hablando contigo por teléfono caí en la cuenta en el poeta que papá lleva dentro y que de vez en cuando emerge. También pensé en las pocas veces que le he atribuido la capacidad de fabular y, en cambio, ahora pienso que la tiene. Hace dos o tres años nos empeñamos en que escribiera diariamente como ejercicio de estimulación cognitiva y aunque no le apetecía mucho rellenó casi una libreta escribiendo a veces cosas absurdas e inconexas y otras veces algo que se parecía a unas memorias saltarinas…

Recuerdo cuando durante el proyecto de Abundancia les dimos voz en una asamblea del CCCC (Centre Cultura Contemporánea Carmen) y él disfrutó contándonos su vida y vistiéndola de color. Aquel día apareció el relator que llevaba dentro y ahora aparece el poeta. Estoy tan contenta de que sepamos verlo y disfrutar de ello, y que no nos dejemos apagar entre tanta enfermedad y tanta derrota, que seamos capaces de poner la mirada en esa potencia y no en el desánimo en el que naufragamos tras sus caídas y sus múltiples enfermedades.

A veces pienso en papá y mamá como en esos tocones que en los bosques son espacio para que arraigue todo tipo de vida. Esos árboles aparentemente muertos sobre los que emergen marciales formaciones de setas y helechos que yo me paro a admirar y que acaban siempre en mi cámara de fotos como si fueran los mejores modelos del mundo… y ahí siguen.


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