
Querida Flor:
Ahora yo llamo a los papás para hablar contigo que eres quien me coge el teléfono en su casa, porque mamá ya hace tiempo que no lo atiende y papá está a punto de tampoco hacerlo. El móvil ya nada, el fijo cuando le va bien y para contarme cosas del tiempo meteorológico, pocas y luego colgar. Yo la verdad que me conformo con todo. Me vale todo. Lo quiero todo. Y encuentro encanto en ver cómo lo que me da miedo, sucede y deja de darme miedo. Hace tiempo pensé ¿y qué haré cuando mueran y no les pueda llamar todas las noches a las nueve? Pues no ha hecho falta que mueran para que ya no les llame y me alivia. Lo que hago, cuando no les llamo, es recordarlo con ternura.
También me gusta pensar que hablamos nosotras y ambos lo saben. Me gusta que les digas: Eva os quiere mucho y que mamá diga: ¿y cuándo viene? que es lo único que le interesa, la presencia que la cuide. Me gusta de repente en medio de nuestra conversación, oírte preguntar ¿dónde vas mamá? Como si no supiéramos que suele ser al baño. Del sofá al váter en lo que vienen siendo sus únicos paseos diarios ahora. También imagino que les reconforta que tú y yo hablemos aunque sea por teléfono. Que nos queramos, que nos llevemos bien para nuestros padres es casa, es tocar mare (ese lugar donde se ganan los juegos).
Ayer hablamos para compartir visionados de películas como El pájaro de la felicidad. Yo la vi este fin de semana mientras procuraba coserme un bajo de un pantalón y conseguí hacerlo. Asturias me anima a cuidar esas cosas pequeñas, a vestir curiosa que dice Teté. Por respeto a mí misma y a las personas y cosas, cosí mientras miraba El pájaro de la felicidad y fui feliz. Comprendí que elegimos desafíos en el pasado para que nos guíen. El mío dejarme de autocompasión y cobardías retrospectivas varias, y acoger la soledad «esa farola certeramente apedreada». Y ganar la erótica de las bicicletas difíciles, las cestas de paja con fruta y pescado recién cogido en un mercado al lado del mar y la loza de cerámica. Ya me dices que te hizo ver nuestro Pájaro…
Querida Eva:
Volví a ver esa peli y caí en la cuenta de que la aspiración a vivir en una casa con vistas al mar me acompaña desde hace más de tres décadas. Es una película muy literaria, con una música preciosa y unos paisajes que todavía me persiguen. Me sedujo cuando la vi a los veintiséis y ahora con treinta años más me enterneció pensar en el ansia de independencia que tenía aquella joven que fui… Pienso que no he logrado vivir sola frente al mar, pero le digo a mi yo de entonces que mi mar está ahora detrás de esta pantalla y estas letras, tras estos instantes de calma que me produce la escritura. Después de verla le he dicho a aquella joven que el concepto de independencia no existe; que los seres humanos somos interdependientes y gracias a ello sobrevivimos. Y eso se aprende con la edad. Y eso no está reñido con ejercer un saludable cultivo de la soledad. También le diría que por mucho que proyectemos en nuestra juventud, nunca imaginamos lo que la vida nos depara y da igual. Lo cierto es que no cambiamos tanto… que en este cuerpo de cincuenta y seis continúa la joven que con treinta años menos ansiaba un horizonte de mar frente a sus ojos, aquella que quería leer y escribir hasta cansarse, que sigue dejándose deslumbrar por las palabras de Pío Baroja y Angel González, pero también por las que ha ido hallando por sí misma, y por las que ha encontrado en quienes la rodean.
Y aquí dejo guardadas las palabras que recitan de Baroja en la película:
Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente, siempre cambiando y buscando su
fórmula definitiva, veo mi existencia como una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.
Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos misteriosos del campo, ni el
graznido de las cornejas. Ahora conozco el árbol en que cantan los ruiseñores, y la estrella que
lanza su mirada confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del tiempo y
admirables las horas silenciosas del crepúsculo, en que una columna de humo se levanta en el
horizonte.
Y así, sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he elegido, cantando, silbando,
tarareando.
Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque pudiera protestar, no
protestaría…
(Pío Baroja. Memorias de un hombre de acción (6) La ruta del aventurero)
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