
Querida Eva,
Hoy recordaba aquellos veranos de juventud en los que no existía el aire acondicionado. Aquellos meses sin clases en los que un libro duraba pocos días en nuestras manos porque leer era lo mejor que se podía hacer para soportar la canícula. He reconectado con mi yo de los 19 en la terraza de la cocina de casa de los papás leyendo “Cien años de soledad” invadida por el amor infinito hacia Gabo y su Macondo. Me parece increíble que esa misma terraza en la que fui tan feliz hoy esté sólo habitada por ropa tendida y por un calor infernal que emana del compresor del aire acondicionado que es el mejor ejemplo de insolidaridad que puede existir: me refrigero la casa a costa de calentar el doble todo lo de afuera. Al mismo tiempo pienso que sin ese maldito aparato en estas fechas los papás ya no estarían vivos porque el calor de Valencia es cada vez más inhumano e insoportable para la gente mayor y las cifras de muertes por calor aumentan año tras año.
Este verano se me está haciendo eterno porque cuando tienes ancianos cerca y hace demasiado calor la vida se derrite, convirtiéndose en una lava espesa que abrasa y no avanza. Los días no pasan o lo hacen demasiado lentos y sólo ansías que todo empiece a refrescar y que la escasa brisa de las madrugadas aguante todo el día para poder vivir sin refrigeración artificial, conquistando otra vez la calle y el aire libre. La vida alrededor de papá y mamá está centrada en intentar mantener la casa a una temperatura razonable a costa de ir apagando y encendiendo el aire acondicionado; en secar el sudor de mamá, en cambiarla de ropa continuamente, en tratar de que no se duerma con una manta encima porque de repente tiene frío… en obligarles a beber y que no se deshidraten y en intentar entretenerles a la espera de que vuelva la temperatura que permita volver a la vida.
Ojala el próximo post ya haya concluido este calor infernal.
Querida Flor,
he tardado casi una semana en mirar este texto, tú ahora estás de vacaciones en los Alpes y yo me he venido de la otoñal Asturias a este calor infernal. Tenía poco tiempo y también sabía que tenía que tardar en leerlo porque no tenía puñeteras ganas de venir, pero no nos gusta -sobre todo a ti- dejarles solos en Valencia. Aunque trabajan para los dos, dos personas, suelo cubrirte las salidas. Cuando eso pasa me meto en su casa y cada vez que vengo, me sorprendo de cuánto me gusta. Tenemos maneras distintas de cuidarles, yo me hago intensivos, tú eres la constante. Yo me relaciono con ellos más como su chacha, tú más como su ama de llaves… Jajaja.
Como buena chacha, soy una dotora y me gusta mirar nuestros cajones y gastar todo lo que hay ahí dentro. Ayer me puse unas sandalias de mamá que ya nunca más usará y de repente se me descompusieron entre los pies. Sentí una felicidad, las podía tirar sin duda alguna. Pensaba en el placer que me da gastar. Lo de no querer gastar es una prueba de cuánto hemos asociado el valor al dinero, al símbolo, a la escasez y a la muerte y no, a la materia viva. No pensamos en las cosas como corrompibles, las vemos más bien como bienes eternos e intercambiables que además hay que conservar o que te pueden quitar. Sin embargo, la mayoría de las cosas se gastan, se desintegran, se convierten en un puto trasto; otras no, están tan vivas como ese libro, ese ventilador y esa cómoda del abuelo que sale en la foto.
Alargo la idea y pienso en nuestra vida o más bien la de nuestros órganos. Algunos se estropean y te matan a distintas edades. Algunos no envejecen nunca: el aparato fonador de papá por ejemplo. Mira que está decrépito pero en la voz sigue siendo un chavalín. Y lo más difícil todavía es que nunca sabemos bien qué es lo que nos deparará un viaje en el tiempo placentero o jodido, ni qué objeto detonará. Igual por eso aún nos llama la pregunta de qué te llevarías a una isla desierta… Yo me llevaría la casa de los papás… enterita, jajaja…
Por cierto, por ahora, no he puesto el aire. No sé si es que ha bajado la temperatura o que estoy animando un tránsito al patatús a alguno de estos dos seres incombustibles. Ya veremos. Te quiero mi vida.
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