El bolso de mami y tú

Carta a Flor:
Aunque a mamá la vestimos igual y reservamos el mismo espacio en el AVE fueron dos viajes completamente distintos. Me preguntabas si hice fotos y sí hice incluso un video. En el viaje de ida a Asturias, mamá no calló -ya lo escribimos-. Sin embargo, en el de vuelta, no la oímos. Me entran ganas de poner las fotos de ida y la de vuelta, y animar a quienes nos leen a encontrar la diferencia. Hubo cuatro: mami quedo en la ventana, papá fue al pasillo, apareció un bolso y tú sustituiste a una Laia leyendo con post-its desplegadas sobre la mesa en la que se sintió como en su casa. El viaje se demoró una hora y yo descubrí que el compromiso de puntualidad de Renfe ha hecho equivaler un cuarto de hora a una hora y media hora a hora y media para que te devuelvan la mitad o la totalidad del importe. Desde ahora amar el tren va a conllevar un inmenso compromiso con la paciencia, las decenas de paradas y los acelerones entre unas y otras detenciones. Mamá estuvo a punto de hartarse varias veces aunque lo bueno es lo rápido que se le olvida todo y lo cómica que es.


En el trocito de video que tengo mami se cuelga su bolso del cuello… como para bajarse… jajaja. Y lo peor es que desde ese día no me saco de la cabeza un monedero-bolsito que tuve de cuero marrón que no sé dónde pero sé que conservo y que ese sí se llevaba a modo de cadena o collar. ¿Cómo se llamarán esos bolsitos que se cuelgan del cuello? No lo sé, desde luego el de mamá es para llevarlo en bandolera que se dice… y ahora también me ha venido la mariconera de papá y una muy parecida que nos regaló la tía a ti y a mí de colores rosa fucsia, juraría.


Su bolso y tú y la ventana hicisteis la diferencia de una mujer en paz a una mujer inquieta. Eres la hermana mayor y las cosas vibran… nos son. No se nos puede olvidar. Aunque para recordar hay que vivir y poner a la cabeza a trabajar de esas maneras en que trabaja ella que te lleva de un Ave a los 54 a una niña en una iglesia de un bajo de un edificio de cinco plantas en el barrio de Barona vestida de domingo con su mariconera rosa recién estrenada, acariciándola como a un talismán. Nuestras cosas y su materia vibrante.


Carta a Eva:

Mamá tiene un bolso negro. Años atrás llevaba sus cosas en él: su documentación, su dinero, colonita, algún abanico y pintalabios. Cuando su deterioro avanzó el bolso se vació de contenido de valor. Sacamos de él los papeles importantes para evitar el riesgo de que desaparecieran y nos convertimos en las guardianas de su identidad. Ahora ese bolso tan sólo contiene pañuelos de papel, una pequeña botella de agua, bragas que últimamente hemos sustituido pañales. Para nosotras cosas sin importancia que solemos llevar en alguna de nuestras mochilas cuando nos desplazamos con mamá a alguna parte. No nos dimos cuenta de que en este viaje para ella la presencia del bolso era vital… ¡Qué torpes fuimos!


He comparado en este blog varias veces el envejecer con hacernos niñxs. Y esta vez he sido más consciente que nunca que ese bolso es como un chupete para ella. Vacío de contenido para nosotras pero repleto de seguridad para ella. Un bolso como una muleta o un salvavidas. De la seguridad a la intemperie. Esa diferencia hizo que en el mismo tipo de viaje mamá fuera una persona distinta. En el viaje de ida inquieta hasta el infinito, sin parar de demandar atención, metiéndose en las conversaciones de los demás, preguntando absurdeces a cada minuto… En el de vuelta logró dormirse, viajó tranquila, preguntó lo justo y normal para una persona de 88 años con un avanzado deterioro cognitivo. Seguimos aprendiendo y sin lugar a dudas este año nos ha quedado claro ese «No sin mi bolso»


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