Las faldas de mamá

Querida Eva,

Esta semana hablando con una compañera de trabajo sobre nuestras madres pensé en cómo ha ido paralelo el deterioro de las mujeres mayores con el retroceso en el uso de sus faldas. En toda España debe haber armarios repletos de faldas que quedaron colgadas por la falta de autonomía de sus propietarias. Hablo de ese ejército de mujeres que pasaron sesenta o setenta años de sus vidas vistiéndose de cintura para abajo con esa prenda que además requería ponerse medias o pantis, normalmente muy finos, que debían subir a diario con sumo cuidado para que no acabaran en la basura a la primera puesta. Todo ello les exigía vestirse y sentarse con una precisión y meticulosidad ahora perdidas. 

Me puse a recordar y pensé que a lo largo de la vida autónoma de mamá pocas veces la vimos con pantalones. La única excepción que recuerdo fue en un viaje a la Virgen de la Vega para pisar la nieve cuando nosotras tendríamos entre 11 y 14 años. Esa es mi única imagen de ella con esa prenda.

La falda ha vuelto a mí como metáfora de la autonomía perdida pero también como herramienta de imposición y sometimiento a aquel franquismo aterrador al que pocas se atrevieron a desafiar. Nuestras madres hablaban la lengua de las faldas, de aquellas prendas que no podían acortarse ni alargarse más de lo establecido sin riesgo de que quienes las vestían acabaran entre las mujeres caídas.  Todavía era más arriesgado llevar pantalones y entrar en competencia con el hombre de la casa… 

Me he dado cuenta de que crecimos pensando que habitábamos un mundo en el que las mujeres sólo podían llevar falda (las de mamá, las de Meme, las de nuestras abuelas, las de las monjas, las del uniforme). No sé muy bien cuando nos llegó la era de los pantalones pero diría que ya habíamos saltado a las dos cifras cuando se obró el milagro y nuestras piernas fueron cubiertas de manera independiente. Hoy me resuenan aquellas faldas, las que quedaron en los armarios de nuestras madres abandonadas en la percha de la sumisión o las que más tarde permanecen colgadas por la falta de autonomía de sus portadoras.  

Y es curioso que aunque ahora ella todavía reclama que le cuidemos las uñas o le pongamos algún collar, jamás menciona sus faldas… Y no sabes cuánto me alegro. 

Querida Flor,

Me has hecho dudar porque yo incluso en la nieve diría que iba con falda, medias finas y eso sí, unas botas. Aunque igual es verdad que una vez se puso un pantalón de chándal… Para mí era desconcertante verla vestida igual todo el rato. Y soportar todos los inviernos con esos pantis de color cristal que llevaba absolutamente siempre. Aunque he de decirte que yo cuando abro su armario y miro las faldas, me pregunto ¿qué haremos con ellas? Algunas tienen tejidos maravillosos.

Últimamente me ha entrado una compulsión por usarlo todo. Creo que tiene que ver con haberme venido a vivir a Asturias. De repente la naturaleza requiere del uso de todo, incluso del plástico. Para sacar brotes de plantones para la huerta de Manolín corto los briks de leche, los envases del kéfir. Varios usos para dar sentido a la materia me producen una íntima satisfacción. Desde ahí me pregunto esas medias que usaba mamá ¿para qué coño servían? Para que se helara, cogiera infecciones de orina, tuviera que depilarse todo el año. En fin.

En ese libro que amamos estar leyendo a la vez El elogio de las manos usan también casi todo. Es maravilloso gastar hasta transformar la materia o agotarla. Me pasa con el viejo coche de papá, lo conduzco feliz, queriendo ratificar además que eligió bien un coche, tan pesado y caro para hacerle 70.000 kilómetros recién jubilado. Gastarlo todo. Ahí me veo.

Y con las faldas, no sé. Quizá podamos coser una colcha de esas de patchwork. Daremos algunas, pero en otros tejidos quiero retener su elegancia. Lo que sin duda hemos ido tirando con gozo han sido esas putas medias que obligaban a las piernas bonitas sin varices ni pelos. Maldita dictadura que fíjate yo diría que nuestras hijas ya no experimentan. Aunque aún quede, me encanta que Deva me riña cada vez que digo que alguien está gordito. Nos llevan finas, por cierto, nuestras hijas. Laia también que nos ha mandado escribir más largo. Vine a entender que me señaló que estábamos siendo efectistas en los últimos textos. Esta vez yo creo que lo hemos conseguido y lo cierto es que me gusta leerte larga y tendida, jajaja. ¡Cuánto amor siento Flor cuando escribo contigo!


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