Querida Flor,
Laia y Deva nos leen. A veces le leo algún post a Tete. Las edades revueltas me parece un lujo de lo familiar. La cosa es que Laia leyó nuestro último post y me dijo que no entendió nada de lo que escribimos. ¿Y nosotras qué entendimos? Pues que no sabemos si se puede conseguir envejecer mejor que mami. ¿Algo así?
Hoy sin embargo quiero escribir sobre nuestras breves llamadas por video conferencia y los besos. Con los papás la cosa se está simplificando. Su vida se reduce a un sueño-vigilia, comida-cacotas, sentado-tumbado, pasitos cortísimos y besos a diestro y siniestro, besos de boqueo de pececillo que se ahoga o de niño que succiona la teta materna. Todo el rato besos, sin ton ni son o con todo el son y el ton. Yo me agarro a esos besos, me valen incluso los que no me pueden dar. Son la ausencia que permite como en el concierto de Lewis Capaldi que la multitud entone como si les fuera la vida en cada nota. En pleno ataque del síndrome de Tourette deja de poder cantar Someone you love y comienza el milagro.
Querida Eva,
¡Qué maravilla ese momento de Capaldi en el que la vulnerabilidad se hace tan evidente y se produce ese prodigio de miles de voces supliendo la ausencia! Y sí, nuestra correspondencia va a bandazos y como nos dice Laia, a veces la lectura no es fácil porque nuestras dudas hacen temblar la escritura. Ojalá Laia fuera como aquella prueba del nueve que utilizábamos para saber que la división estaba bien hecha. Una garantía transgeneracional que nos asegure el camino para entender a las jóvenes y cuidar a los ancianos.
Tu pones el foco en los besos que mamá te lanzaba el jueves a través del facetime. Y yo también quiero volver a los pequeños gestos. A esos momentos en los que mamá se empeña en que llame a sus padres para decirles que hoy no irá a cenar. A ese breve duelo que hacemos las dos cada vez que le recuerdo que sus padres hace décadas que murieron. A ese instante en que a ella le duele la ausencia y a mi me entristece esa enfermedad que borra de su memoria muertes y personas. No sabes cuanto agradezco que esa metralleta de besos, en la que a ratos se convierte mamá, me pida que la llame cuando llegue a casa. Ese gesto mantiene viva a la madre cuidadora que tuvimos y que todavía permanece. Quizá las cosas no cambian tanto y, es posible que gracias a este blog, algunas queden para siempre.
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