
Querida Eva, hace unos días estuvimos Sonia y yo escuchando a Anna Freixas, mientras se grababa un podcast de Manolitas a la fresca en Valencia. Adoro a Anna desde que hace muchos años leímos en La Tetera su libro sobre la menopausia que me dio muchas claves para vivir ese proceso con optimismo y sabiduría.
Ese día le compré a Heide el libro de Anna «Yo, vieja» que todavía no había leído. Y ahora lo traigo aquí para retomar ese asunto de la necesidad de tener referentes ya sean reales o imaginarios. A veces pienso que mamá envejeció mal porque le faltaron esos modelos. Otros ratos la disculpo pensando que la enfermedad es inevitable y que quizás es demasiado ingenuo creer que podremos mantener independencia y agencia hasta el final de nuestros días… Tengo un bosque con millones de dudas, pero encuentro un claro donde veo esos referentes y lo importante que es pensar e imaginarnos de mayores y trabajar para hacer reales esos envejeceres juntas, esas comunas de viejas con las que llevamos décadas soñando. En ese claro del bosque también me veo tratando de mantener un cuerpo sano y flexible. Y me animo a no postergar todas esas tareas y a leer y compartir esos apuntes de supervivencia que rompen estereotipos y cantan a la libertad. Sé que mamá escasamente se proyectó en la vejez y habló poco de ello con sus amigas. A nosotras este blog, además de a cuidarla, también nos labra el camino para vivir el envejecimiento con alegría, ilusión y esperanza.
Querida Flor, nos cuesta recordarla, ¿verdad? Aunque supo ser lista y se escaqueaba del asalariamiento para ser madre, trabajó infinito y un día la cabeza le estalló. A mí me aterroriza que me pase porque tengo su intensidad mental, su velocidad, su cuido todo y me olvido de mí. Sí recuerdo que se apuntó a yoga, por primera vez en su vida, al jubilarse y claro, a la tercera que se tuvo que levantar de la esterilla, una ciática la fundió.
De todos modos, considero lo orgánico por pura plenitud. Pero no fío mi futuro a mis esfuerzos del presente. Por eso detesto a saco la meritocracia y la autocomplacencia, casi tanto como el victimismo y la impotencia. Lucho por celebrar los momentos en los que hacemos lo que podemos por la vida. También creo que cuánto más conversemos más podremos «poder». Más mentes juntas piensan mejor, eso lo he experimentado tantas veces… Sin ir más lejos el otro día con Sonia en Alicante cuando conversando de su «Nada que no sepáis», aquel muchacho pidió la palabra para hablarnos con tantísima ternura de sus abuelas.
Hay que aprender a envejecer entre la viejambre y también entre jóvenes perplejos con las normas obtusas de los adultos e incluso hay que aprender a envejecer como hacemos nosotras entre los viejitos decrépitos que por poco modélicos que sean, son unos amores, pillos y seductores, divertidos y pelmazos.
Te lo escribo aquí, sumergida en ese sofá entre los sillones donde los papás dormitan. El sitio del que nunca hubiera querido irme, dejando allí tus piececitos fríos y pequeños entre las mantas.
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