Ochenta y ocho años

Foto del verano del 2011

Flor:

Mamá acaba de sobrepasar dos infinitos tumbados. Lo celebramos el pasado domingo y su soplido tuvo fuerza para apagar las velas de los dos ochos con los que sobre una tarta de manzana le deseábamos un feliz cumpleaños. Comimos pote de berzas y le quitamos la bata para que estuviera más guapa. Hace tres años que es la más longeva de su estirpe y aunque a menudo pensamos que no habrá más cumpleaños, su fortaleza lo va venciendo todo: las caídas, los hospitales, la insuficiencia cardiaca, su marcapasos, su tensión, su degeneración macular, su alzheimer. A su manera, se va rebelando contra todo lo que quiere apagarla. 

Es zalamera con quienes la cuidamos pero cuando se empeña en algo pelea con todas sus fuerzas hasta que, por hartazgo, acabas rindiéndote ante esa fuerza descomunal que tienen las personas que olvidan lo que les has dicho tres minutos antes. 

Esta tarde en su casa jugaba con ella a levantar las cartas de un memory infantil para reconocer lo que en ellas veía.  Y mientras jugábamos pensaba en como su vejez es un retorno a la infancia: tiene los ciclos de sueño de un bebé, las habilidades de una niña de pocos años y la inconsciencia y la bondad de una criatura  balbuceante. A eso hay que añadirle sus pañales y su precario equilibrio al caminar que es tan tambaleante como el de los primeros pasos.

Me pregunto casi a diario cómo evolucionará. Y rueda por mi mejilla una lagrima viendo a esta mujer centenaria  que pese a su deterioro mueve las manos en una danza prodigiosa cosiéndose a la vida a través de la costurera que fue. Quizás mamá vuelva a subir puntos de media o a darle sonido a nuevas palabras creadas con los puntos y las rayas del morse. Sea cómo sea lo que nos traiga el mañana… ¡Feliz cumpleaños, mami!

Y gracias por tanta vida y por este blog que cumple un año hablando de ti y de nosotras.

Eva:

Mami 88 y un mes antes Teté cumplió 90, que serían como dos ceros pero al primero se le abre un huequito por abajo. A ratos me pregunto ¿saldremos del binarismo y llegaremos a los tres números con alguno? De los tres abuelos que nos criaron no pasó ninguno de los 83. Y el más joven, que es papá, parece ir más rápido en empeorar… aunque quién sabe. Apabulla porque no queremos que mueran, pero hemos de imaginarles donde no los supusimos.

Quizá por eso últimamente, más que cuidar, gestionamos y les disfrutamos. Me he dado cuenta que o dejo de poner su vida por delante o me quedo sin presente propio. Ellos piden, o el sistema pide por ellos: su marcapasos, su sintrón, su macula, su tiroides, sus tumores tranquilos; sus vacaciones, también; y no las mías. Este mes Laia se plantó y el cumple de mamá me obligó a ir a París. Bendita sea porque debo atender mi presente para tener futuro y, también, para que me resulte justo, seguirles queriendo a los tres.

Me consuela que no lo hacemos a posta. Mamá no se escoge en esa mujer que da besos a diestro y siniestro o golpetea. Teté tampoco eligió ser la mujer que resiste todo, todo y más y mientras dice a cada quien lo que quiere oír. Mi tope de desconcierto es ese Urbano: en plena caída y alegre y optimista como no lo habíamos conocido. El otro día te decía que para procesar todo esto he optado por tratarles como si fueran mis mejores amigas. Les cuento lo que necesito, que son pillos y seductores e iniciamos divertidas conversaciones sin roles victimarios. Tomo esa ternura que escribes y sí, igual que Laia al criarla me puso a bailar, los viejitos pasados de vueltas, liberan y achican el miedo; recuerdan que la vida no se deja dominar y que hay que dejarse de dramas anticipados —mi especialidad— básicamente por su falta de rigor.


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