
Eva:
Vinisteis al cumple de Laia y Deva escribió en este blog eso de actúo mal, sin querer, porque no lo pienso. Me resonó lo de la banalidad del mal de Hannah Arendt que tanto amo e hizo valer que la violentara a repensar en la incondicionalidad de nuestro amor y cómo atendernos. Me dio fuerza. Crecen: Deva va a la mani del 8M y lleva ese cartel que es el título de este post. Ahí está: ¡conjurando a la agazapada que le podemos haber legado! Es lo que más duele ¿verdad? Cuando percibes sus cuerpos afectados por lo que a ti te constituyó y te asquea de ti misma.
Me dijiste que ibas a ver el documental «No estás sola» de la manada. Lo vi también sabiendo que me iba a remover. Todo ese movimiento tan masivo me generó rechazo. Me inquietaba la energía puesta en dirimir lo del ¡consentimiento!, en focalizarse en el proceder de esos cinco monos con escopeta y unos jueces cavernarios, que categorizan de abuso, una violación obvia a todo sentido común. A mí además me esperanzó el sometimiento de la joven que decidió cerrar los ojos y confiar en que pasara rápido. Esa generación nueva de mujeres que actúa para salvar no la honra, sino la vida.
Viéndolo, sin embargo, me di cuenta que actuaba en mí la sometida escurridiza que soy. Ese «viola y vete rápido» que yo me preservaré. Sigo temiendo disputar el dominio de frente, cara a cara, señalando al agresor y confiando en ganar. El documental muestra que hay mujeres, incluso partes del sistema que se empeñaron en castigar a esos pervertidos. Siguen presos y les queda. No sé cuánto reparan más años de cárcel. Ganar derechos a costa de quitarlos con todo me suena a escasez. Ahora bien justificar agresiones por sometimiento aprendido es profundamente perverso.
Y fíjate pienso que la clave me la vuelve a dar Deva… porque no escribe en su cartoncito «calladita estás más guapa». Lo que Deva enseña es «calladita no me veo». Calladita no me sé, no me puedo mirar, no me reconoceré. Y sí, yo tras ver el documental, lloré, sentí miedo, rabia, impotencia y también lo supe respirar, y te lo puedo contar que ya no me dan asco, ni me producen fascinación esos degenerados. Y que no les tengo miedo.
Flor:
Eva, leo tu honesto texto y también siento dentro de mi ese miedo que, a veces, justifica lo que más daño nos hace. Un miedo que me lleva a proteger a Deva advirtiéndola de los peligros de caminar sola por la noche o de salir a correr en solitario cuando ya no hay luz. He perdido la cuenta de la cantidad de ocasiones en las que le digo que tenga cuidado cuando sale de fiesta. Quiero que se sienta una mujer libre pero, al tiempo, no dejo de avisarla de que el machismo campa a sus anchas y que a veces es más inteligente callar que provocar. Le recuerdo a menudo que muchos hombres piensan que nuestros cuerpos están en la tierra para ser utilizados a su antojo y que la violencia todavía es el único lenguaje para muchos. Siempre he tratado de buscar ese equilibrio difícil entre empoderarla y protegerla pensando que la balanza se escora más hacia lo segundo que a lo primero. Y ahí reconozco que la miedosa que me habita casi siempre gana, aunque luche contra ella.
Sabes que desde bien pequeña traté de que Deva buscara referentes más allá de los cuentos de princesas, que intenté que pusiera en sus amigas su foco de libertad y seguridad, que recorrí con ella sus primeras manis del 8M… Y estos días me alegra verla en esa foto rodeada de sus compañeras de facultad, conscientes de que reivindican una sociedad igualitaria y sin violencias contra las mujeres. Cuando me apareció en Instagram con ese cartel pensé que nuestra conjura contra las agazapadas había calado más allá de nosotras mismas. Y deseé que seamos capaces de conseguir, en el tiempo que nos quede de vida, que los silencios de nuestra estirpe se acaben con nosotras.
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