Lo que pasa, conviene

Eva:

Ya solo veo la tele en casa de los papás y fue allí en diciembre donde de la boca de Buenafuente escuché esa frase: «lo que pasa, conviene». Fue en un programa de la tele con Mercedes Milá y una youtuber con ánimo intergeneracional. Me pareció un buen lema para dar sentido a la realidad. Soy demasiado tendente a inventar y lo necesito.

Nada más comenzar enero, sin embargo, mamá cogió la gripe, se cayó dos veces, se amorató tipo herida de guerra hasta el punto de que la caída le provocó una anemia que junto con la insuficiencia respiratoria de la gripe la tuvo hospitalizada a ella y a ti con ella. A mí en simultáneo se me rompió el ordenador y la prótesis dental y, para peor, al pedir ayuda sentí que a quién yo ayudo, no me sabe ayudar a mí: o no quiere, o no puede, o se venga por haber necesitado —sé que suele ser molesto depender de otro, para qué nos vamos a engañar—. Y no solo no me ayudan sino que me acusan de falta de previsión ante desgracias —que para lo lista que soy, debería haber visto venir—.

Conclusión: paso de benefactora a timadora en un plis, plas y enfurece. Y bueno para concluir te diré que para que convenga todo esto que me está pasando lo único que me está funcionando es respirar profundamente. Tirarme al suelo y solo respirar, está siendo la única manera de retirar la maledicencia, la desdicha, que es una desgracia redundante que resta toda gracia a la gravedad. Resuena Weil y su libro La gravedad y la gracia que, por cierto, te lo regalé primero y te lo robé después.

Flor:

Eva, hemos tenido un fatídico comienzo de año. Pensábamos que este invierno nos librábamos de hospitales, pero no. En una semana volví a viajar dos veces en ambulancias con mamá tirada en una camilla. Hace diecinueve años subí por primera vez en una ambulancia. Iba de acompañante de una amiga y he de decir que, entonces, le encontré su gracia. A ella le dieron el alta en pocas horas y aquella experiencia me pareció de lo más excitante: viajar con las sirenas sobre mí sin que corriera peligro la vida de nadie parecía de película.

Ahora he subido en tantas ambulancias que ya he perdido la cuenta y odio tener que salir corriendo de mi vida, con el corazón encogido para sumergirme entre batas blancas que nunca solucionan nada. La primera ambulancia de 2024 fue por la caída de mamá y a las pocas horas pudimos regresar a casa tras comprobar que no había fractura y sí un hematoma monumental, con riesgo de encapsulamiento en la zona del trocánter que requería vigilancia médica. A los cuatro días llegó la segunda ambulancia. Fue a media noche. Llamada de teléfono: tú madre se está ahogando y gritos de terror de mamá pidiéndome que fuera enseguida. Llegué yo y, a los pocos minutos, una ambulancia que tras una leve exploración y toma de constantes decide volver a trasladarla al hospital. Y otra vez tres días de ingreso para tratar de secar a mi madre a base de diuréticos, dos transfusiones para reparar la sangre perdida con el hematoma y vuelta a casa con la consiguiente desubicación y trastorno. Noches interminables con una madre que grita y desespera a cualquiera. Si a eso le sumamos un padre cuyo deterioro también avanza; una cuidadora profesional saturada; la búsqueda de nuevos apoyos; la conciliación con la vida familiar… Vamos que enero ha sido el mes del colapso perfecto.

Es cierto que todo ha ido a mejor, pero estamos tan cansadas de vivir situaciones similares que cada vez se hacen más cuesta arriba. Llevamos más de catorce años con gran parte de nuestras vidas girando en torno a nuestra eterna familia anciana (padres, tías… ). He visto caer tantas gotas en esos goteros que continuamente me pregunto qué será lo que conviene que pase y hasta dónde seremos capaces de seguir sosteniendo tanta fragilidad sin rendirnos.


Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Descubre más desde

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo