
Eva:
Llevo toda la noche diciéndome cosas. Los oídos me zumban y pienso que los demás van en contra mía. Desafectada diría que es puro estrés. Me he dicho frases preciosas que no recuerdo; iban de los papás. Es mi tema ahora. A menudo miro en bucle las fotos que nos manda Elda: papá tirado a los pies de la cama, mamá delirando desnuda por la casa. He atendido siete procesos de envejecimiento desde Carlos e Irma, con episodios durísimos en los últimos trece años desde el ictus de mamá, el cáncer metastásico de la tía Esme, la orfandad de Teté y Manolo y en el último tiempo papá.
No me quejo. Lo elijo. Y desde que nació Laia no me he flipado con poner nada más por delante como obligación social. Hemos ido aprendiendo a hacerlo aunque el desafío continúa. Te convierte un poquito en apestada rodearte de enfermedad. Hablar de la opresión tiene más glamour, pero no se dan videoconferencias con tu madre detrás con el pañal en la mano.
Y bueno, quiero encontrarle la gracia: su gesto Chaplin. Ahora estoy trabajando para lograrlo. He empezado a dibujarme un camino del héroe, estilo El hobbit, con sus etapas y todo y lo voy a seguir. Se trata de quererlo todo, también que mamá dance desnuda por la casa de noche y sola, y papá salga y choquen en el pasillo y caigan. Empiezo a valorar que acabemos llevándoles a una residencia y nos amiguemos con las trabajadoras explotadas de esos manicomios de la decrepitud, las más éticas de las cuales prefieren hacerse putas a maltratar así a los y las abuelas que los demás les hemos soltado como una patata caliente. El sadismo delegado de esta sociedad.
Gestionar decadencia, de eso se trata, no de esconderla. Me cuesta decir que después de tanto… justo con mi madre no puedo más, aunque sé que nadie debe tolerar opresión y cuando una no puede hacerse cargo de lo que hace a los demás debe ser aislada. No es poca la gente a la que sus padres se les llevan casi, o sin casi, por delante. No es poca, lo que pasa es que esa gente no escribe libros.
Flor:
Precisamente hace unos días me senté en un círculo de mujeres para hablar de la familia. Nos habíamos dado unas pautas: poner nuestras vidas en el centro, no manosear las experiencias de las otras, respetar los silencios, no dar consejo a no ser que nos lo soliciten y, sobre todo, escuchar. De ese círculo brotaron lágrimas pero las palabras compartidas menguaron el dolor. En ese contexto relaté mi impotencia por nuestra actual situación y la incertidumbre de no ver ningún camino claro ni saber cómo abordar este momento del proceso.
Ayer mientras merendaba con los papás, aprovechando que parecían estar lúcidos y tenían ganas de hablar, les pregunté cómo pensaban que podrían estar mejor. Les planteé qué va a pasar si se marcha la cuidadora que lleva cinco años trabajando con ellos y que nos ayuda a mantenerlos en casa. Les planteé la dificultad de encontrar un espacio común donde seguir conviviendo con ellos, también hablamos de la posibilidad de buscarles una residencia. Pero los dos se niegan a cambiar y papá empleo varias veces la frase “esto es lo que toca hasta que mamá vuele con las mariposas»…
Se me viene a la cabeza la película «100 días con la tata» de Miguel Angel Muñoz. Un documental que reflexiona sobre la vejez, el amor a nuestros viejitos y cómo acompañar estas últimas etapas vitales. Igual que le pasaba al actor, muchos ratos siento que el cuidado de los papás vampiriza mi energía pero al mismo tiempo sé que desentenderme y alejarme de ellos me hace daño. También pienso en los escasos referentes que tenemos sobre estos periodos vitales que nos puedan ayudar a vislumbrar ese camino del Hobbit.
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Debe estar conectado para enviar un comentario.