La escritura que amo no miente

Flor:

Eva, acabé de leer el libro de Alfons. Esa novela que aborda un silencio similar al nuestro. Ese «Otro mundo» del que tanto hablamos cuando estuvimos en su casa de Gestalgar y que tú y yo todavía no habíamos leído. Yo me había emocionado con otros libros de Alfons y con sus artículos en prensa. De hecho sé que el nacimiento de “mi memoria familiar” tiene una gran deuda con su ensayo “Yo no voy a olvidar porque otros quieran”.

«Otro mundo» es una herida abierta por el gran silencio del padre de Alfons, una novela que sitúa la memoria como única tabla de salvación. Traer al presente una ausencia que, en nuestro caso, tiene el color de la libreta del abuelo, germen fundacional de Abundancia y de muchas de nuestras palabras. 

Me parece precioso como a lo largo de esta novela aparece varias veces la pregunta de para qué escribimos. Y aunque la respuesta de Alfons apunta en muchas ocasiones hacia la incertidumbre, en las páginas finales aparece una frase luminosa que da sentido a todo: “Tantos años después te digo que sí, que la escritura sirve -al menos a mí me sirve- para querer más a la gente que amamos».

Sobre esa escritura que no miente, atravesada por nuestros miedos, por la inquietud de no saber cómo vivir, cómo cuidar… sobre esa escritura no financiada sigue avanzando este blog y nuestra correspondencia. Y qué gusto caminar junto a las palabras de Alfons y junto a su inquietud por contar las ausencias y darle voz a los hiatos. 

Eva:

Miro la cara del padre de Alfons en la foto sobre tu cuaderno y la recuerdo enmarcada en su casa. ¡Ese gesto! Me pregunto ¿hace falta algo más? A menudo me afecta saber que no admitir una derrota de la cultura implica sentirte mirada por una obra. Por años me he sentido observada por esa libreta que nuestro abuelo escribió, preso en la cárcel, tras sus gestas libertarias.

El padre de Alfons y nuestro abuelo hicieron de la cultura un verbo: ¡culturaban! Su éxito residía en el hacer. En la miseria de mundo que consintió el franquismo fue el mejor actor de La Serranía. No lo dudo. ¿Quién podría dudar que el portador de ese gesto es el mejor actor del mundo?

¡Ese gesto y esas manos! ¿Hace falta algo más que esas manos? ¿Esas manos que cada noche hicieron el pan para que la gente no comiera «mierda»? Un día Laia me dijo que quería ser panadera y pensé: ¡bien! Laia sabe qué es lo importante. Alfons también, se lo enseñó su padre.

A los anarquistas les vencieron en lo que pudieron; pero en el teatro, ¡no! Tampoco en la determinación de qué es lo importante. Les hicieron un daño inmenso; al jovencísimo padre de Alfons, irreparable. A Carambolita la derrota le pilló con casi cuarenta años. A lo mejor por eso cuando le apresaron tras la guerra y casi le matan, escribió dos veces esa frase de «aora ce estamos a tiempo» hemos de volver a ganar.

Con su padre Alfons vivió: «La maldita constatación de que solo existe lo que no se dice». Ese «Otro mundo» infinito que Alfons abre nos tendrá escribiendo por años. Mientras en bucle recordamos al padre de Alfons preguntar si lo que su hijo escribía «servía para algo», y leemos que Alfons le contesta «para querer más a la gente que amamos».


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