Las noches raras

Flor:

He vuelto a mi escritorio después de tres días sumergida en la casa que nos vio crecer, velando las noches de mamá, acostándome a su lado. El neurólogo nos ha dado vía libre para subirle la medicación y controlar ese deambular nocturno que ha llevado al límite a quienes duermen a diario con ella. 

Han sido noches raras, en las que me he peleado con ella, le he chillado y la he sujetado a la cama para impedir que se levantara. Cuando me sentía muy triste pensaba que no era mamá con quien me enfadaba sino con esa carcoma neuronal que se ha llevado por delante a la madre que cuidó de nosotras. 

Quiero pensar que el aumento de la medicación la apaga pero le impone cierta calma y quizá nos dé una tregua para seguir disfrutando de ratos de luz que nos devuelvan su fina ironía y la ternura con la que nos acogía en su regazo en esta foto.

Eva:

El desafío de una madre que no duerme ni deja dormir interesa a casi nadie. Yo puse en google -ingenua de mí- instrucciones para retener ancianos en la cama y por ahora no he encontrado nada útil. Las muertes en las residencias durante la pandemia, despiertan interés; pero no hay dónde aprender a facilitar el descanso a ancianas con demencia que se resisten a mearse en la cama.

Mamá no es peor porque no te deje dormir. Te acaricia la mano igual, con los mismos dedos largos, vibrantes; la incontinencia urinaria -un «defecto» de nuestras madres que las ha condenado por décadas a un dormitar interrumpido- comienza a tratarse ahora. Ha hecho falta mucho feminismo pero ese avance a mamá no la beneficiará.

La pauta de medicación del neurólogo no ha funcionado. Así que tras diez días nuestras victorias han sido: introducir el pañal, respetar aún más a su trabajadora interna y apreciar que no resta un ápice de amor a tu madre que la ates a la cama, ella se resista y desistamos. Ni una milésima.


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