
Eva:
Flor, cielo, comentamos ayer de aprovechar que estás con los papás para escribir y que les muestres el blog. Y me apetecía volver al asunto de Muface y sus resonancias. El otro día me decía una amiga es que tenían que ser de la Seguridad Social… y yo le daba la razón, qué decepción sentí al descubrir que justo los funcionarios tenían sanidad privada.
Sin embargo luego me dije: mejor comprender que juzgar y me salió la palabra economato. Me los imaginé conociéndose en Madrid, viviendo en pensiones, con un dinero que apenas les daba para comer; ella la cebolleta sanadora y él, el golfillo ligón; ella, la hija del anarquista; él, el asturianín crapulilla, el hijo del capataz. Nos han hablado de lo poco, poquísimo que ganaban.
Ahora leo que Muface nació cuando nací yo. En los 70. En la web de Muface leo «Aunque ahora resulte difícil de imaginar, el colectivo de empleados públicos no disponía en aquel momento -1975- de un sistema unificado de Seguridad Social, aparte de que el 90% del colectivo presentaba una asistencia sanitaria deficiente, muy inferior a la del resto de los ciudadanos». Me preguntó: ¿qué utilidad tienen los juicios genéricos, las constantes tomas de posición para batallas que no podemos dar? ¿Merece algo negar el valor de la posición del otro? Y me digo: ¡en nuestra escritura eso nunca! Pregúntales Flor por el economato y sus médicos de Madrid.
Flor:
Eva, hice lo que me pedías: preguntarle a los papás por la asistencia sanitaria que tuvieron en los primeros años de su vida funcionarial, cuando sus caras eran las de la foto y se conocieron trabajando en el Palacio de Comunicaciones de Madrid. Papá me confirmó lo que tú apuntabas: carecían de cobertura médica y cualquier gasto en salud agujeraba sus bolsillos pues no existía la seguridad social ni nada similar para los funcionarios hasta que llegó MUFACE, bien entrados los años 70.
Además corroboró lo de los escasos ingresos. Cuando papá empezó a trabajar en Madrid ganaba 700 pesetas, de las cuales 600 se destinaban a pagar la pensión donde vivía. En esas circunstancias las horas extras se convertían en la única opción para financiarse algún capricho. Unas horas muy mal pagadas y que generaron una pequeña rebelión que casi acaba en despidos.
Ya subidos a lomos de su pasado rememoramos la época del economato, la cantina y la peluquería que existían en el edificio de Correos de Valencia. Y metidos en ese relato volví a habitar aquel espacio que, para mí, es la vida y sus instrucciones de uso. Una «Casa», como ellos la llaman, que es la narración de tu vida, el lugar al que perteneces y el símbolo de una profesión, el telégrafo, que creció y murió entre sus manos. Donde el salario emocional casi siempre compensó la escasez del sueldo y la mutualidad fue un logro solidario.
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