
Flor:
Este verano estando juntas, a ratos, dejamos de hablar de mamá y hablamos de lo contentas que estábamos por atrevernos a publicar nuestra intimidad a través de este blog, luchando contra ese miedo a mostrarnos que llevamos taladrado en el hipotálamo y que, yo diría, arraiga en la cárcel del abuelo.
Este verano pensábamos incluso en la posibilidad de dar un paso más y hacer volar nuestros textos con las alas de nuestro órgano fonador. Ese ponerle voz a la letra escrita que a ti tanto te fascina y que ocupa bastante espacio en tu tesis doctoral.
Este otoño no sé si seremos capaces de arrancar esos cambios, pero sé que hemos llegado a la entrada número veinte en algo más de cinco meses. También sé que ese dos veces diez lleva detrás el aliento de nuestras hijas, la lectura a saltos de nuestro padre, el apoyo de nuestras hermanas de escritura, cientos de visitas a nuestros post y, sobre todo, el ánimo de quienes nos empujáis a seguir buscando belleza entre tanta vejez y tanto desconcierto.
Eva:
Cuando en este proceso de escritura me dices, he dejado unas notas en borradores, nada, tres tonterías que se me han ocurrido… sospecho. Esta vez cuando lo leí y miré la foto que has elegido donde yo soplo la vela de tu alegría a cámara, todo mi cuerpo se ha enternecido de la potencia y el contento que tu texto reconoce y convoca. ¡Cuánto agradecimiento Flor hacia ti y la atención que nos presta y regala tanta gente preciosa!
Estamos logrando que la escritura nos repare de no poder hablar de lo que nos da plenitud. ¿Comenzó cuando nuestros abuelos nos enseñaron a acallar todos sus logros? Siendo adulta he presenciado esas largas pesquisas a los abuelos de nietas más niñas o adolescentes ya. Escenas de averiguación que ríete tú de la Gestapo esas que he atendido entre Laia y Luisa y recuerdo entre Deva y papá…. ¡Nuestras preguntas taladradora a los yayos tuvieron que darse! Y o mintieron -que no creo- o nos contaron y también advirtieron que luego de saber, calladitas íbamos a estar más guapas.
El otro día me detuve en la escena que más proyecta lo que me he atrevido a desear hacer. Voy andando y de repente me pego un triple salto mortal, no necesariamente para salvar un obstáculo. La gente flipa de mi acrobacia pero en la admiración suscitada se congela la escena. El episodio dura lo que una foto de esas del live, ¿cinco segundos? La proeza física tampoco deriva de un esfuerzo, ni tiene futuro alguno. Una hazaña como un estornudo. Un logro sin pasado que no construye nada. Eso es lo máximo que me he atrevido a desear… ¡Pues va a ser que no, que narizotita uno y narizotita dos, no lo vamos a permitir!
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Debe estar conectado para enviar un comentario.