Pura vida loca

Eva:
Flor querida estos días juntas nos silenciaron. Cómo hablar de mamá cuando la teníamos al lado y no callaba. El porcentaje de silencio es bajo porque si dormita también musita. Así es ella: un jolgorio constante de pedir, instarnos a asuntos insólitos, preguntar cualquier cosa, inquietarse o quererte en cualquier momento del día.


Cómo reaccionar frente a tal demanda ha sido nuestro desafío imposible. Yo opté por suspender casi toda respuesta emocional, lo que quizá le llevó a desarrollar una finísima ironía para llamar la atención o quejarse o repetirse mil veces de forma distinta. Un auténtico ingenio el suyo, la verdad, que me ha descubierto una risa cómico-trágica que quiero traer aquí.


Sobre todo, la tuve el día que ya no podía más con ella ni conmigo. A mitad mañana le di menos de media quetiapina. Estaba intentando quitar la de la noche porque se desorienta demasiado a veces, pero de repente el ponme agua, ponme más agua se volvió insoportable. Mamá tienes agua en el vaso. Que me pongas, te he dicho, que estás para eso. Mamá no la ves, mira el vaso, por favor.


Manía angustiante leí en el prospecto y tal cual fue tragar la pastilla y prácticamente entró en un modo heroinómana que mantuvo todo el día. Mientras yo me iba riendo por cualquier lado en que no me viera nadie. No me quería reír, pero no sabía parar. La llaman risa tonta. En la adolescencia salesiana la viví y me acabaron expulsando de clase y aún en el pasillo seguía riéndome. Equiparo las situaciones por el exceso de represión.


Sin duda no me permito no soportarla, desearla atada a la silla o a la cama, como a los profundos que vi en el Cotolengo… y la risa viene al auxilio. Todo ha de terminarse y mi madre también y mi paciencia de hija infinita. Eso es lo que hace tan grandioso lo que hemos vivido este verano y te quiero agradecer que lo acompañaras y auspiciaras tanto. Pura vida. Pues sí.

Flor

El avión aterrizó y al día siguiente me di cuenta de lo afortunadas que fuimos. Llegamos a Valencia esquivando el reventón térmico y el temporal que tomó dirección hacia Baleares. Y menos mal, porque imaginarme sola con las dos sillas de ruedas y los viejitos tirada en cualquier otro aeropuerto era peor que cualquier peli de terror. Recordé a Maruja Torres cuando habla de lo valiente que hay que ser para envejecer… y pensé que también hay que serlo (y mucho) para acompañar de cerca el proceso.

Durante el vuelo me asaltó una reflexión sobre cómo la excesiva demanda de las personas dependientes aminora nuestra capacidad de escucha. Cuando mamá empezó a encontrarse mal en la cabina del avión comenzó con su repetitiva demanda de querer comer. En primera instancia, no le hice caso y traté de disuadirla, pero viendo que no era posible reclamé al azafato algo que echarle a la boca para calmarla. Mágicamente en cuanto empezó a roer las rosquilletas compradas, se fue tranquilizando y su cara recuperó color. Pensé en la falta de atención que tengo con ella, aburrida como estoy de tanta demanda, y también en que viajar con una viejita deteriorada es como volver a tener que cuidar de una niña de dos o tres años.

Y justo leía ayer este post de Amador Fernández-Savater sobre el libro «A qué hora pasa el tren» en el que Jean Oury y Marie Depussé conversan sobre su experiencia en la clínica psiquiátrica de La Borde. Según cuenta Amador ellos afirman que para trabajar con locxs es vital no abandonar el asombro, ni la capacidad de escucha, ni el amor… un amor por lo singular, el misterio, la gracia y la tragedia de cada uno. Leyendo su post pensé que nosotras también hemos pasado el verano en el castillo de las locas esperando que pasara nuestro tren y utilizando el amor y la palabra para nuestra propia sanación. Y así seguimos…


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