
Flor:
Durante los últimos meses he invertido muchas horas de los fines de semana restaurando a mi manera esta cómoda de los abuelos. Sacarla de la casa de la Esme se convirtió en una odisea. No cabía en el ascensor que llegó a su finca décadas después de que el mueble ocupara la habitación de los yayos. Pensé encargar una mudanza y llevármela a través del balcón pero me pareció excesivo. Al final entre Alf y yo conseguimos desmontarla y bajarla a trozos por la estrecha escalera.
Las dos sabemos que hay objetos que nos contienen. En este caso fue dentro de esa cómoda donde permaneció durante años el bolso de la yaya, sus gafas, sus pañuelos y ese olor a algarrobas que todavía conservan sus cajones y que es el de la Serranía valenciana. También fue aquí dentro donde se nos apareció el estruendoso silencio familiar que nos vinculó con la guerra civil y la represión.
Ese mueble, que fue casi el único patrimonio de mis abuelos, luce ahora en un espacio privilegiado de mi hogar. Su presencia me devuelve una parte de ellos. Esos cajones dieron lugar a aquel blog que abandoné demasiado pronto. A través de los textos en este nuevo espacio común vuelvo a honrar la vida de los que nos precedieron y a darle valor a lo que parece no tenerlo. Hoy pienso que «Te hablaré de mamá» es como esa cómoda: el lugar desde el que poner a salvo lo que más queremos.
Eva:
De niña, los cajones y yo éramos uno. Aún ahora entraría en las casas de la gente y les pediría que me dejaran averiguar qué cosas esconden, atesoran en sus cajones. Imaginarme haciéndolo, me trae a la niña que fui, a la que consentían y regañaban dulcemente como a alguien inofensivo. Además los abuelos nos dejaban meter mano en su cómoda. Y era fascinante porque en la casa del todo a cien y las baratijas estaba esta cómoda que solamente guardaba lo importante y lo duradero. Austera, sólida, algo ruda, la cómoda tenía la dignidad de lo escaso, lo viejo, lo único. Un bolso tenía la yaya, no treinta como su hija. Un bolso, un pañuelo, un abanico…
En este periodo no poseo cajones en una casa propia. Es una de las cosas que más me inquietan de este deambular que inicié hace años y he llevado al extremo. Ocupo la casa de Asturias y estos días he de desarmarla para acoger a sus propietarios, nuestros padres. Aunque mamá no reconocerá esta casa como suya y papá a ratos se despistará…
Estos días preferiría volver a ser la niña, o mejor intentar ser, por primera vez en mi vida, la que se concentra en ordenar sus cajones. He desarmado demasiadas casas y aún me quedan. Habré de tomar fuerzas. Y sí, Flor dejaste aquel blog demasiado pronto, dejabas cada artículo demasiado pronto; pero a veces lo hacemos bien… y ahora las cobardes, agazapadas que fuimos nos miran desde el mundo, que era aquel baúl inmenso que yo recuerdo en la habitación de los abuelos. Aunque igual me inventé la existencia de ese mueble grande a los pies de la cama. ¿Pero entonces esa palabra sin objeto porque me lleva a ese cuarto? Otro recuerdo que interroga el presente.
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