El paso del tiempo

Flor:

Eva, estos días de junio me pesa especialmente el paso del tiempo. Este es un mes de cierre en el mundo estudiantil y Deva ya da carpetazo a una etapa en la que he participado a veces como apoyo anímico y otras veces echándole una mano con las asignaturas de letras. Concluye ahora ese ciclo que comenzó hace quince años en un cole maravilloso y que continuó en nuestro querido IES Benlliure, donde ha culminado el bachillerato. Ahora le llega el tiempo de elegir por sí misma, de separarse de la seguridad de ese círculo de amistades que la acompañan desde los tres años y de lanzarse a la vida universitaria.

Cuando tienes hijas la percepción del paso del tiempo es mucho mas nítida. Llevas permanentemente un reloj cosido a tu vida que pone fecha a cada momento que recuerdas. Es imposible obviar el suceder de los años.

Este curso me emocioné un día mientras Deva y yo leíamos juntas y en voz alta La plaça del Diamant. Ella lo hacía para preparar un examen de valenciano. Yo para disfrutar de la escritura de Mercè Rodoreda y de esos momentos de lectura compartidos. Supe en aquel instante que ese tiempo se acababa, que los campos de estudio que podían unirnos a las dos se esfumarían con el bachillerato… Sé que sus alas han crecido y que está preparada para volar. Soy feliz por ello pero siento cierta nostalgia por este tiempo irrepetible. Hoy, para cerrar este ciclo, retomo aquel fragmento que entonces hizo temblar mi voz.

«Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colorea a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y te hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día». Mercè Rodoreda. La plaza del Diamante.

Eva:

Ay Flor, me has mandado el fragmento del texto por foto y no lo podía leer bien. Me he puesto a buscarlo en internet y al copiar trozos, de repente, más que leerlo, lo estaba descifrando y me iba emocionando yo. ¡Qué barbaridad la Mercè Rodoreda!, ¡qué barbaridad de fragmento! incluso en castellano.

Yo comparto habitación con Deva cuando voy a vuestra casa y una mañana estábamos las dos hablando de vender los libros obligatorios de la EBAU y me dice: «Este libro, no. A Mercè, no». Ahora comprendo. De hecho, os imagino leyendo ese texto juntas, mi vida, y se me llenan los ojos de agua, como una fuente. He aprendido a dejarme llorar de amor y el que siento por vosotras es infinito. Sabes que Laia y yo os hemos estado siguiendo en estas semanas: la EBAU, las notazas de Deva —que yo las siento inevitables—, la ceremonia de la graduación que fuimos viviendo Laia y yo aquí, en diferido, como no vivimos gala alguna… ¡Qué emoción! Laia quiso ir; pero luego vimos que no cabíamos. A las otras, sí fuimos.

Sois nuestras hermanas mayores y con vuestro pasar, pasamos. Lo bueno de ir detrás es que vas más protegida. Desde esa seguridad te digo que no veo por qué tenéis que dejar de leer juntas, ni nada parecido. Yo una vez le leí a papá El sur . Se me ocurrió para despistarle de una piedra en el riñón que lo fundió en la cama y juraría que ya estaba en la universidad. No olvido ese momento ni ese libro. Leer en voz alta a otra persona es precioso. Gracias por recordármelo. Y gracias por haber criado a Deva de esa forma que a Laia y a mí nos ha enseñado solo cosas importantes. Es verdad que lo que sabemos es que el tiempo, «poco a poco, nos va haciendo como seremos el último día».

Hasta ese día os voy a querer. No me importa nada más.

Pie de foto: Fiestas de cierre de ciclo en la guardería, primaria y bachillerato de Deva.


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