Los cielos de mamá

Eva:

Nos criamos en un noveno piso en los lindes de una ciudad, rodeadas de huertas por delante y a las espaldas un barrio obrero. Nunca comprendí por qué mamá fregaba tanto los balcones. Los adoraba, ahora lo sé. Y tú y yo estudiamos todo el rato apostadas a las ventanas mirando el horizonte. Amo el cielo porque es completamente democrático, da igual en el sitio feo en que vivas, si puedes ver el cielo, accedes a milagros. Y el cielo no lo pueden privatizar. En lo que llevamos de vida, en Orriols donde había huertas construyeron un barrio entero. La línea del mar que veíamos desde casa nos la fueron restando, pero da igual el cielo es más alto. Todo cambia, todo pasa. Un verso de Lope de Vega escribe: Me sucedo a mí mismo. Pues eso, sucedemos.

Ahora te escribo desde el cielo replicado entre la ría del Nalón y el mar. Aquí el cielo y el agua fabrican una cáscara infinita a mí alrededor, apenas interrumpida a mi espalda por el edificio que me acoge y la montaña donde cuelga este pueblo. Montañas de tierra como olas en marejada interrumpen el agua y el aire. Ir con el sol me da paz. Para mí es sagrado ver amanecer y he observado que las gaviotas también suelen estar más cantarinas en esos momentos de variabilidad lumínica intensa. Me gusta apreciar que esos instantes confortan a cualquiera. Me da paz imaginar que todo el mundo, cuando necesite, puede encontrar sosiego en un amanecer, en una nube esponjosa, en un ocaso…

Flor:

Leía hace unos días que Cortázar y su madre miraban el cielo e inventaban historias con la forma de las nubes. Mamá no ha sido una gran creadora de relatos pero se ha dejado seducir toda su vida por la belleza del horizonte. Todavía ahora, pese a su deterioro mental y visual, sigue llevándome cada dos por tres al balcón para mirar hacia arriba.

Si hubiéramos tenido otra madre dudo que nos fascinara tanto esa bóveda que nos envuelve. A ratos pienso que el mundo podría dividirse entre personas que contemplan el cielo y las que lo ignoran. Estoy en un grupo de whatsapp en el que es nítida la división entre quienes disfrutamos contemplando fotos de nubarrones y lunas y aquellos que jamás han reparado en ellos. Y no se trata de ñoñez o cursilería sino de tomarle dimensión a la naturaleza o pasar de largo. Mamá sin ser meteoróloga, ni astrofísica, ha observado con pasión, desde que tengo recuerdos, esa belleza celestial. Y esa obsesión nos la ha transmitido hasta el punto de que son muchas las mañanas en las que tú y yo, cada una desde un punto de España, compartimos esa efímera grandiosidad como masaje matinal para nuestra imaginación. Me fascina pensar en la cantidad de borreguitos y cielos de algodón contemplados. Todo ese poso me convence de que pasarán los nubarrones de Mordor que ahora nos acechan y volverá la calma azul a nuestro horizonte.

Pies de foto (de izquierda a derecha, de arriba abajo). Mi madre en 1985. Foto de un arcoíris desde nuestra casa de infancia y adolescencia, antes de que se construyeran el parque de Orriols y las decenas de residenciales que acabaron con todas esas huertas. Algunas de las fotos de cielos compartidos entre Eva y Flor.


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