Orgullo de abuelo

Flor:

Eva, hoy te hablaré de esta imagen en la que las dos posamos con nuestro yayo, el padre de mamá, que murió repentinamente cuando yo acababa de cumplir 20 años. He vuelto a él porque el sábado pasado, treinta y cinco años después, volví a llorar por el hombre de la foto que mientras estaba en prisión soñó una fábrica de hielo. Y lloré caminando entre los muros que lo encarcelaron por aquella historia que descubrimos cuando él llevaba más de veinte años muerto. Todo esto sucedió en el «Homenaje desobediente» celebrado el pasado fin de semana en el antiguo penal de San Miguel de los Reyes. Me emociona pensar que él estaría orgulloso de verme allí poniéndole rostro a aquellas luchadoras, escuchando sus historias y sus canciones.

Miro esta foto en la que él rinde sus ojos ante la cámara. Tú le coges con orgullo. Y mientras yo, chepada por la cifosis, parezco arrastrar la vergüenza de ser la nieta del anarquista silenciado que siempre lucía lamparones en la camisa.

Hoy me alegro de que un aparato corrigiera mi columna y de que una libreta escrita en la cárcel me devolviera el orgullo por ese abuelo que generó tanta abundancia(1). 

Eva:

Por lo encantada que llevo el medallón de oro de la virgen y las gafas diría que en esa foto yo tengo diez años y tu trece. A mí outfit de recién hecha «la comunión» se suma para las dos la misma falda de raso que nos hizo la tía Esme —que seguro nos fotografió—. Ella nos ponía a posar cuando le daba la gana. Y, Flor, tu camiseta de tirantes ¡cómo me gustaba! La mía no la recuerdo, fíjate; pero la tuya parece que la toco, como agarro el antebrazo del yayo, su piel de bebé. ¡Cómo mola la piel de los viejos, de verdad, es una maravilla! Al yayo me gustaba cogerle fuerte y acariciarle suave. El te instaba a dar la mano con energía, no como una meliflua, aunque es un recuerdo no muy corroborado por el resto, yo lo tengo. Estoy segura de que él me aconsejó que a la gente, cuando te pregunta cómo estás, hay que decirles que bien. Y que la mano hay que darla con vigor. Era una mala bestia, una energía insoslayable, una fuerza de la naturaleza.

Las dos hemos vuelto a nuestra relación con José y Josefa, nuestros yayos. Cuanto hemos podido nos hemos dedicado a investigar su historia. Por ahora traigo a este texto cómo se nos tenía que romper la cabeza al pasar de las monjas —modo comecocos durante siete horas de cole—, a quedar luego bajo la tutela, todas las tardes en nuestra casa, de ese par de seres de inquebrantable dignidad atea. Estamos desenterrando las palabras, detectando las huellas que nos imprimió su comportamiento, ese comer sin vergüenza lo que pillaba directamente de la olla. ¡Papá, mamá, la tía, le reñían (jajaja) a él! Así salió la tía de mandona… A ella le obedeció algunas y furiosas veces, ¡inolvidables! Y vuelvo al pan. Todo se lo comía con pan, el plátano también. Luego la energía la quemaba porque no paraba quieto entre las cientos de cosas que tenía que hacer todo el rato. Por ejemplo, arreglar las maderitas que protegían los setos del parque público que el ayuntamiento mal puso en mitad de nuestra calle en Orriols.

Lo amaba tanto que, puede ser que casi toda mi vida adulta me la haya pasado empeñada en que otra gente encontrara potencia en el yayo: en su fuerza de mula, sus lamparones y su anarquismo medular. Lo descubrí tarde, pero a José Martínez Calduch, Franco le pilló pasada la edad de Cristo y calculo que justo a mi edad, o a la tuya en esa foto, él ya comenzó a acercarse al Sindicato de Campesinos Sociedad Obrera La Espiga. Allí aprendió a vivir con una plenitud que yo calificaría de un panteísmo vitalista. ¡Vamos que se pasó veinte años de comuna y autogestión y eso, tú y yo lo sabemos, no admite derrota!

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(1) Entre las páginas 19 y 25 de este libro recogimos diferentes escritos sobre la historia de nuestro abuelo. En este post y en éste también escribí sobre él.


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