
Flor:
Eva, ya sabes que conocí a Natalia gracias a ti porque te había escuchado hablar de su libro Sola y a pie, que llegó en las vacaciones de verano a Asturias para que se lo revisaras. Unos meses después nos encontramos en “La Tetera” y hace unas semanas me envió su novela corta Últimas conversaciones con la tía Flor, ganadora del premio de Novela Corta ‘José Luis Castillo-Puche’.
Conforme lo leía sentía tantas resonancias con mamá y conmigo: desde esa trayectoria de telegrafista de la tía Flor hasta ese final de luchadora y peleona que no se dejaba ir. Me ha fascinado la sencillez y la ternura con la que están narrados los últimos encuentros entre Natalia y la tía Flor; la ternura que destilan esas conversaciones que casi son un susurro; cómo abordaron la desolación de la ceguera, el amor mal correspondido y la dificultad de las relaciones materno-filiales. Pero quizá lo que más me ha gustado es la siempre necesaria reflexión sobre la muerte y la aceptación de ese tránsito final como un aprendizaje necesario para vivir mejor.
Alabo la valentía de Natalia para escribir un libro tan íntimo y estoy segura de que esa escritura le ha ayudado a sobrellevar la pérdida. De hecho leyendo su novela pensé que si cada vez que perdemos a un ser querido escribiéramos sobre ese dolor aunque fuera para guardarlo en un cajón, los duelos serían menos difíciles. Además dejaríamos testimonio escrito de la huella que dejaron sobre nosotros quienes ya marcharon, de cómo fueron, de sus enfermedades, de sus dolores…Supongo que a veces me da miedo que lleguen los trituradores de recuerdos y pienso que la escritura es la salvación.
Eva:
Este va a ser el primer post que escribimos de un día para otro. Nos hemos prometido sostenerlo por años y nos animaba que paradójicamente la duración nos regale frescura al escribir. También ir consiguiendo que la escritura nos acompañe. Vivir y escribir juntas todas las semanas nos parece un plan maravilloso. En Sola y a pie, Natalia quiso andar y escribir. Y salió de su casa con su mochila y una libreta. Prodigioso porque aunque iba sola llevaba la compañía de las muchas personas que la leen por mail desde hace años. Y solo a ellas les iba contando sus aventuras (y desventuras) de cada día. Yo agradezco tanto a Gerardo que me trajera a Natalia. Me advirtió de cuánto resonábamos viniendo de mundos lejanos.
Me maravilla el poder de la escritura para romper el hielo entre las personas. Para darnos calor, hogar, fuego, lograr incluso » escuchar la voz que ya no se expresa» como hizo Natalia con su Flor. Pues sí, Flor, amo la resonancia de vuestros nombres. Con lo del oficio ahora dudo si no era de las primeras telefonistas y no, telegrafista. Aunque al principio esos oficios ¿iban todos por cable, no? Las chicas del cable… jajaja. Las conectoras de emisiones y recepciones.
Conjurar lo desafiante de la vida con la escritura es de los usos más precisos que podemos darle. Un uso: conjurar a los trituradores de recuerdos, acompañar el tránsito hacia ese límite al entendimiento que es la muerte. La tía Flor tiene esos capítulos de una frase austera que me maravillan: «Lleva una semana sin comer ni beber absolutamente nada. Con los ojos abiertos todo el tiempo. Yo creo que aguanta por amor».
Decía Néstor Sánchez eso de que «Si usted tiene una vivencia profunda, que la conmocionó mucho y tiene que contarla, o escribirla, la vivencia siempre superará a la palabra. El lenguaje castiga, no es fácil encontrar palabras para algo que la ha excedido, a mí en mi poética me excede la vida. Como sentido, como misterio, y evidentísimamente, la muerte, como problemática irresoluble. Esa es mi poética. Frente a esas dos palabras siempre fue una especie de mendicidad». Bendita mendicidad añado y aprovecho para enlazar también al blog de Hugo, que de él también hablaremos algún día. Enlazamos preciosidades a quienes nos leen. Es una manera de agradecer la compañía que nos ofrecen. ¡Seguimos mi vida!
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