
Eva:
Mi vida, anoche hablé con papá. Lo estuve posponiendo porque imaginaba. Después de todas tus gestiones no le gusta el centro de día. Que si les hicieron cortar mariposas de papel, que si él está perfecto, que si no diría que todo estaba mal porque eso era de mala educación pero que estaba mal… y que si no se había separado de mamá, no solo desde su ictus hace catorce años, sino desde que la conoció. Un mes de prueba -me dijo- ¡ya lo veremos!
Me pasa que siento envidia de otras familias que tienen sus grupos de whastapp con sus padres, que son autónomos completamente hasta muy mayores… Luego recuerdo: ahora mismo vives en la casa que compraron ellos, tienes sus manos, sus dolores de espalda, no puedes despreciarles porque eres él y sus parches contra el deterioro que no tiene. Y así en bucle.
A las madres-hijas parece tocarnos ya no acompañar, sino responsabilizarnos de las vidas de las demás. Parece que podríamos hacer otras cosas porque ni tan siquiera está valorado que cuidar ocupa un tiempo inmenso. Hay que estar muy atentas a no restar autonomía por no hacer un duelo a tiempo. Me he acostumbrado a estar plenamente disponible para el crecimiento de los demás: y quiero revisarlo. Una vida no está habilitada para vivir otra. Papá es responsable de su vida: quiero quererle «no matter what»; también odiarle y entristecerme pero respetar sus decisiones incluso las que parecen incapacitadas. ¡Que haga lo que quiera con el centro de día! ¡Lo hemos intentado!
Flor:
En mi caso cuidar es también quedarte tranquila con haberlo intentado todo y, aún así, saber que me reprocharé no haber llegado un poco más allá. Cuidar es ofrecer tu fuerza a quien cuidas y a la vez ser capaz de no perderla toda para seguir cuidando. ¡Qué bonito ese documental de Miguel Angel Muñoz titulado «100 días con la tata» y qué bien reflejado está ese intercambio de energía!
Yo también siento envidia de esas otras familias con padres y madres que todavía se defienden solos, pero hace tantos años que lo perdimos que hasta se me olvida. De hecho no sabría fechar cuando comencé a identificar la fragilidad de los papas. Sí que recuerdo sentir una tristeza infinita en una ocasión en la que percibí que mamá ya no era la mujer fuerte y animosa que yo tenía en mi cabeza. Fue un instante. Recuerdo la esquina. Dábamos un paseo y ella tropezó con un escalón insignificante. Tras el tropiezo se recompuso y nos despedimos. La vi marchar con paso vacilante, llevándose a la madre fuerte que tuve. He trabajado esa tristeza de la primera vez y desde aquel día han transcurrido momentos fantásticos, pero los papeles han ido invirtiéndose progresivamente.
Pese a todo, y ahora que han pasado unos días, estoy contenta porque papá está cumpliendo su promesa de ir al centro de día. Es cierto que debemos respetar su voluntad pero resulta complicado porque en muchos casos ya no sabemos si es su voluntad o la de sus deterioros. Ahhh y añádale lo «fácil» que pone este sistema el acompañamiento de estos procesos. En fin…
Descubre más desde
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Debe estar conectado para enviar un comentario.