Modelos de madre

Flor:

¡Qué difícil es ser madre! Hoy lo pensaba a cuenta de esta foto de mamá y de esos periodos en los que la maternidad y la «hijidad» se hacen muy pesadas. Son esos momentos de los que nadie te habla y, en cambio, sí te muestran idílicas estampas familiares que venden carritos de bebe y mochilas para pasear por el campo. Nadie te cuenta lo que pesa el futuro de otra persona sobre tus espaldas.

Hoy quería pensar contigo en la falta de modelos que tenemos como madres, las pocas historias que se escriben y las pocas películas que se basan en las relaciones madres-hijas. Lo habitual es que nuestro único referente para la maternidad sea nuestra progenitora. Y ahí nos vemos, casi sin darnos cuenta, repitiendo esa manera de cuidar y criar como si fuera la única. Yo soy la primera que me encuentro a menudo repitiendo la frase que escuché mil veces de mamá: «no vayas descalza que cogerás frío», «abrígate», «recoge tu habitación»…

Estos días he visto la serie «The dreamers» que recrea el periodo vital en el que la escritora danesa Isak Dinesen comienza a publicar tras volver arruinada de su estancia en África. Me pareció precioso el momento en el que durante el entierro de su madre la escritora recuerda: «cuando tenía 14 años, una noche nos despertó un fuerte griterío. Nuestra habitación se inundó de una luz roja parpadeante y a través de las ventanas vimos a nuestra madre corriendo hacia las llamas del establo para rescatar a los animales. Todo se quemó, pero la imagen de mi madre quedó grabada a fuego en mi mente. Una madre que se arrojó al infierno para rescatar a los vivos. Esa es la madre que una y otra vez me rescató del infierno en el que me había metido… No te debo una vida, sino muchas».

Todas las hijas debemos muchas vidas a nuestras madres. La vida que nos dieron y todas las que a ellas les quedaron vetadas. Y sobre todo, las vidas que ellas arrastraban y que nos traspasaron. Mi madre se empapó del miedo y el silencio casi sin saberlo. Nosotras seguimos luchando contra ellos.

Eva:

Ando emocionada leyéndonos, a ti y a mí. Es una forma verbal rara, lo sé; la gente se escribe poco y entonces, ¿cómo podrían leerse? Nosotras estamos ordenadamente abandonando “a las agazapadas”. Yo soy impúdica en el habla, fue mi modo de reventar el miedo y el silencio impuesto. Pero publicar me ha ido costando más, porque solo quiero escribir de lo que necesito y cuesta discernir. 

Y escribiendo, he aprendido que el miedo a ellas les nació no tanto del franquismo y su voz de palo; sino sobre todo de la osadía de la experiencia anarquista de sus padres José y Josefa y su propia crianza, esa que replicamos y me congratulo. 

Mira la foto. Percibo esa osadía en su gesto: la ceja alta, la boca que podría regalar una sonrisa, pero no lo hace y una mirada de vengo de lejos y voy muy lejos también; y no ha sido fácil, pero tengo unas ganas de vivir de la hostia. 

Siento orgullo, Flor, de ella y de su hermana Esmeralda que seguro le había comprado la camisa y la hizo posar haciendo el juego con el espejo sobre la cómoda para sacarle esa foto triunfal. 

Las amo, a las dos: la fotografiada y la fotógrafa. Amo sus ganicas de comer, su gordura lozana, y ese rincón de su habitación de matrimonio donde mamá cada mañana celebra el sol.  Es uno de los lugares santuario del piso. A la que te descuidas, escapa del salón y se sienta allí arrastrando la silla ancha donde suele colgar su ropa. Y es oírte llegar y ya te está pidiendo que asegures con ella: ¡tenemos una casa maravillosa! Lo sé: la represión no ganó a la potencia, ni a su acierto para sobrevivir todas sus vidas y saber que el mérito es vivir.


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