Me quiere, no me quiere

Flor:

Hoy te hablaré de mamá y de cómo la acariciaba hace unos días cuando pensé que eran sus últimos momentos. Sentía paz al verla tranquila, pensando que se marchaba sumida en una completa calma. Al mismo tiempo, lloraba junto a la camilla del hospital, cogida de su mano, pidiéndole que no se fuera. Durante la espera en el box de urgencias y con mamá completamente inconsciente también me vino a la cabeza la descarga del peso de los cuidados de estos años, pero no conseguí que me pareciera un alivio.

Esa noche mi obsesión estaba en que su pecho siguiera subiendo y bajando. Me llamaba la atención que no hubiera en ella atisbo de dolor pero tampoco de conciencia. Durante largo rato la única manera de comunicarme con ella fue pidiéndole que me apretara la mano si me oía. Inicialmente funcionó pero luego dejó de hacerlo. Esa noche volví a reparar en la potencia de esas manos que tanto nos ayudan a vivir y a marchar.

Casi de madrugada y tras varias pruebas médicas mamá volvió a reaccionar a estímulos, a hablar, a mover lentamente las manos y los pies y, aunque al principio no conseguí entender sus palabras, poco a poco se le aclaró la voz  y volvió a ser la de siempre. Reapareció la persona que es capaz de preguntarme la misma cosa diez veces seguidas en cinco minutos… pero también lo que nos queda de esa mami que en la foto te besaba mientras vestíamos nuestras mejores galas.

Eva:

Me quiere, no me quiere: la margarita deshojada como pregunta frecuente; y tonta. Pero ¿cómo me la quito de encima? Mamá sobrevivió a un ictus hemodinámico -así lo llamó el médico-. La tarde siguiente a la que no se murió, tras no dormir en toda la noche y coger un avión con Laia en la madrugada, perdí la paciencia en el hospital: ¿te la sopla que llevemos sin dormir 24 horas, verdad? ¡Mamá, por última vez, estás sondada, no necesitas ir al baño! Y ella arrebatada, quitándose la ropa de la cama estilo torero y tendiendo a incorporarse como una boa. ¡Que me voy al baño yo sola, que me lleves, que voy, que me hagas caso! 

¿Nos quiere una madre cuando desborda completamente nuestra capacidad de cuidado y no le basta? ¿La quiero yo a ella cuando no garantizo mi presencia a su lado en un fin que con frecuencia parece inminente? Una vez una trabajadora doméstica le dijo a Sonia que veía peor dejar que otro cuidara de su madre que hacerse puta. Pero aquí, lo de delegar el cuidado de los mayores es la norma: están las residencias, las trabajadoras del hogar, la farmacopea.

Nosotras hemos cuidado tal número de viejos que nos da para un master, aún así la margarita sigue llamando a ser deshojada; como si no cupiera asegurar que has querido lo bastante a una madre o ella a ti. Como si nunca el amor filial pudiera conformarse y parte de saber cómo seguir amando a una madre tuviera que, eternamente, seguir siendo requerido. Yo de niña me pregunté bastante si mamá me quería. Es una pregunta que quiero abandonar. Para empezar no debería pensar el querer como un mérito. Lo de poder querer a los demás es también un privilegio. Un privilegio que ella, en parte, ha perdido entre tanta demencia.

Mamá esta vez no se murió. Y a saber cuándo muere. Su pulsión de cuidarnos está en ella intacta, pero a menudo ya no puede. Mamá, el modo elefante de retirarse para no enloquecer a la manada, ya lo perdió como oportunidad. A ratos pienso que igual se nos ha ido de las manos eso de alargar vidas absolutamente dependientes. Atiendo también a sospechar de la bondad de una sociedad que alarga solo las vidas que pueden pagárselo; sin embargo, mataría a la gente que descuida a sus viejitas por muy decrépitas que anden… ¡Y no, no salgo del bucle!


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